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Fin de fiesta


El gobierno actual recoge las maletas, sacude el confeti de las solapas y apura las últimas copas antes de que la música termine para hacer mutis de la escena. Queda atrás una pálida gestión de gobierno con más sombras que luces, con más yerros que aciertos. La administración pública creció con 50 mil nuevos funcionarios y Panamá pasó a administrarse mediante clanes y tribus que clavaron su aguijón en la gruesa y gorda vaca del Estado. Ahítos de sangre, rebosantes, esperan con intranquila zozobra a los nuevos convidados a la otra fiesta que está por empezar.
¿Qué hace que algo tan complejo como el manejo de la cosa pública sea una parranda? Esa es la pregunta del millón de dólares. En primer lugar, la vaca del Estado es atractiva. Los salarios a niveles intermedios y jerárquicos, superan con creces a los que paga la empresa privada.
La falta de preparación académica la suple el servilismo. Por último, los manteles de la fiesta están servidos cuando el panameño relega su condición de ciudadano y adquiere la condición de gobernado.
El verdadero ciudadano nace de las libertades municipales. Esto significa que el residente de un municipio tenga inherencia en la calidad de la educación que se imparte en las escuelas, en la cobertura de los servicios médicos y en la elección de las autoridades policiales que le brindan este servicio. Implica que el ciudadano participe activamente en todas las decisiones que afectan su diario quehacer. Las libertades municipales en Panamá son una utopía.
La decapitación de Balboa (alcalde de Santa María la Antigua del Darién, electo en cabildo abierto) por Pedrarias Dávila (gobernador nombrado por la Corona) liquidó las nacientes libertades municipales e inició nuestro largo periplo de siglos por el centralismo.
Tres variables permiten que la fiesta suba de tono: la lejanía ciudadana con relación al poder, la ausencia de libertades municipales y la pobreza moral de nuestra sociedad.
En este orden de cosas, la anulación de las elecciones en Darién es sólo la punta del iceberg. Desde que se eliminaron las partidas circuitales, algunos legisladores de gobierno se apalancaron profusamente en el Fondo de Inversión Social (FIS) para buscar su reelección a través de los proyectos comunitarios.
La distancia entre el centro de poder y el ciudadano se amplía, ya que las necesidades municipales son direccionadas para el mezquino fin del botín político y no para el noble propósito del bienestar común.
En el siglo XIX, un perspicaz aristócrata francés, Alexis de Tocqueville, recorrió la naciente Norteamérica y señaló dos condiciones básicas de su prosperidad: las libertades que integraban el ciudadano a su municipalidad y las leyes de sucesión ( herencia) que obligaban a repartir el patrimonio a partes iguales entre los hijos; de manera tal que al cabo de dos generaciones, la herencia se hubiese difuminado. Esto obligaba a los herederos a trabajar, evitando así una clase social parasitaria, los plutócratas, que viviesen de sus bienes heredados.
El rescate de las libertades municipales en Panamá es una labor para todos.
En Latinoamérica, donde Panamá no es la excepción, existe el culto al hombre providencial. Ese caudillo que, de un golpe de timón, enrumbe al país por mejores derroteros. Esa es la base del populismo. La realidad ha demostrado ser otra. Nuestros gobernantes salen de un sistema político viciado, no tanto en sus instituciones como en sus hombres.
Así tenemos el debate bizantino sobre las reformas a la Constitución como piedra fundacional para un nuevo Estado. No hay tal cosa. Las costumbres se hacen leyes y no a la inversa. Tenemos la inveterada costumbre de tolerar la corrupción. Cambiar ese hábito es nuestra responsabilidad y de nadie más. Así de simple y así de difícil.
Panamá ha cambiado en sus usos y costumbres. En cien años pasó de misérrima provincia colombiana a un Estado Nacional consolidado. El acceso a la educación superior va definiendo claramente está transformación.
La proliferación de universidades, las posibilidades casi ilimitadas de la educación informática (virtual), la abundancia de jóvenes estudiando leyes, van iniciando lentamente el camino hacia el estado de derecho que todos queremos.
La cultura nacional cambia lentamente. Es nuestra obligación acelerar, en lo posible, esa tasa de variación.
El nuevo gobierno iniciará la nueva fiesta. Es imposible, aunque se quiera, que sea de otra forma, pues el sistema está viciado y su oxigenación es labor de todos. El nuevo presidente puede definir el tono de la fiesta. En elecciones sucesivas debemos definir la duración de la fiesta. El nuevo presidente puede gobernar con el ejemplo, ya que eso está a su alcance: austeridad y probidad. Los ciudadanos no debemos agradecerle nada. Para eso se le paga. Ellos son los sirvientes y no nosotros.

101 años de Panamá América

 
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