Fin de la era de Arafat
El presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat está muy enfermo. Médicos franceses se afanan en ganarle algunos días, quizás meses. No importa el tiempo. Lo principal es que todo indica que la era del legendario caudillo, sobreviviente de mil batallas, llega a su fin por signo natural, no de las balas, bombas y atentados de los que fue muchas veces sujeto, de los que escapó ileso de algunos y maltrecho de otros.
Pasó sus primeros años de joven y adulto como guerrillero de a pie, disputando fusil en mano el territorio palestino - que es todo - a Israel. Luego se hizo líder del mítico movimiento Al Fatah (El Fantasma), que recurrió a sangrientos atentados terroristas como método de lucha. Fue perseguido por todos los servicios secretos de Occidente, sin éxito. Participó en la guerra civil en Líbano. Y en una ocasión, la marina de guerra israelí lo acorraló y lo tuvo a tiro de muerte. Pero presiones internacionales permitieron que escapara. Otra vez, su avión fue derribado por un atentado. Sobrevivió milagrosamente.
En sus últimos años, dedicó sus esfuerzos a la gestión política, en su empeño por lograr un estado para la nación palestina, en parte, paria en su propia tierra ocupada, y en parte viviendo como refugiada en otros países. Y se anotó varios triunfos diplomáticos, de mucho más peso que las que tuvo en el campo de batalla. Las Naciones Unidas reconocieron los derechos del pueblo palestino al igual que Estados Unidos, lo cual era impensable décadas atrás.
Le quedó pendiente, sin embargo, concretar el derecho sobre el terreno. Y allí su radicalismo pudo más que su indudable inteligencia. Durante los últimos meses de la administración Clinton, estuvo muy cerca de firmar un acuerdo. Pero lo echó a perder por asumir una postura de "todo o nada". El mismo ex presidente norteamericano lo aclaró en varias conferencias dictadas en Europa, luego de cesar en el cargo. Y eso fue más que un decir, porque, en verdad, lo perdió todo, hasta casi la vida.
Los últimos momentos, antes que fuera trasladado de urgencia a Francia, aquejado por un mal sanguíneo, entre otros muchos achaques, lo sorprendieron débil y aislado en su demolido edificio, rodeado por las tropas israelíes, que lo tienen desde hace años bajo virtual sitio o arresto domiciliario, del que nadie sale ni nadie ingresa sin su permiso. Su pobre nación sufre cada día el asesinato y la represión inhumana de Israel; y amplios sectores de su territorio es aislado por una ominosa cerca de concreto.
Su muerte creará más problemas que oportunidades de paz.
Muchos otros caudillos radicales están aguardando pacientemente su desaparición para sucederlo y optar por la guerra a muerte, siguiendo el paso de su enemigo el premier israelí Ariel Sharon, bajo el principio "o son ellos o nosotros" (los muertos). Cierto que Arafat nunca pudo o no quiso detener a los extremistas palestinos; pero al menos los mantuvo bajo cierto control. Ya no.
Pasó sus primeros años de joven y adulto como guerrillero de a pie, disputando fusil en mano el territorio palestino - que es todo - a Israel. Luego se hizo líder del mítico movimiento Al Fatah (El Fantasma), que recurrió a sangrientos atentados terroristas como método de lucha. Fue perseguido por todos los servicios secretos de Occidente, sin éxito. Participó en la guerra civil en Líbano. Y en una ocasión, la marina de guerra israelí lo acorraló y lo tuvo a tiro de muerte. Pero presiones internacionales permitieron que escapara. Otra vez, su avión fue derribado por un atentado. Sobrevivió milagrosamente.
En sus últimos años, dedicó sus esfuerzos a la gestión política, en su empeño por lograr un estado para la nación palestina, en parte, paria en su propia tierra ocupada, y en parte viviendo como refugiada en otros países. Y se anotó varios triunfos diplomáticos, de mucho más peso que las que tuvo en el campo de batalla. Las Naciones Unidas reconocieron los derechos del pueblo palestino al igual que Estados Unidos, lo cual era impensable décadas atrás.
Le quedó pendiente, sin embargo, concretar el derecho sobre el terreno. Y allí su radicalismo pudo más que su indudable inteligencia. Durante los últimos meses de la administración Clinton, estuvo muy cerca de firmar un acuerdo. Pero lo echó a perder por asumir una postura de "todo o nada". El mismo ex presidente norteamericano lo aclaró en varias conferencias dictadas en Europa, luego de cesar en el cargo. Y eso fue más que un decir, porque, en verdad, lo perdió todo, hasta casi la vida.
Los últimos momentos, antes que fuera trasladado de urgencia a Francia, aquejado por un mal sanguíneo, entre otros muchos achaques, lo sorprendieron débil y aislado en su demolido edificio, rodeado por las tropas israelíes, que lo tienen desde hace años bajo virtual sitio o arresto domiciliario, del que nadie sale ni nadie ingresa sin su permiso. Su pobre nación sufre cada día el asesinato y la represión inhumana de Israel; y amplios sectores de su territorio es aislado por una ominosa cerca de concreto.
Su muerte creará más problemas que oportunidades de paz.
Muchos otros caudillos radicales están aguardando pacientemente su desaparición para sucederlo y optar por la guerra a muerte, siguiendo el paso de su enemigo el premier israelí Ariel Sharon, bajo el principio "o son ellos o nosotros" (los muertos). Cierto que Arafat nunca pudo o no quiso detener a los extremistas palestinos; pero al menos los mantuvo bajo cierto control. Ya no.