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¿Fin del auge económico?


No hay tal, se trata más bien de un aterrizaje suave, "en piloto automático", que habíamos previsto y que dijimos que era incluso deseable para frenar en algo la espiral inflacionaria. No obstante, las cifras muestran en lo que va del año un decrecimiento económico de 7%, exacto al que preveíamos, frente a un 10% que anticipaban los expertos.

Y no solamente son los fríos números, son los hechos. Acaba de anunciarse que al menos cuatro de los rascacielos de más de 40 de pisos previamente anunciados y parcialmente vendidos en planos, no serán construidos. La razón es sencilla: No hay quien los compre. La exuberancia de precios altos está llegando a su fin. Pero hablamos de exuberancia, de excesos, los mismos que fueron advertidos por el genio de Allan Greespan dos años antes que ocurrieran. No hablamos de fin del auge. Éste continuará, porque no está sustentado en la mera especulación, ni depende de capitales golondrinas huyendo de Miami, sino en una demanda real, cimentada sobre sólidas ventajas comparativas con que cuenta Panamá.

El fin de la exuberancia viene marcado por la crisis inmobiliaria y financiera de Estados Unidos, producida por el exceso de hipotecas y ventas de casas a gente que no podía pagar, la cual ha nivelado los precios con sus similares en Panamá. El flujo de capitales que buscaban una alternativa a Miami está disminuyendo.

Pero Panamá tiene sus vacunas al día, no para que no le dé fiebre, sino para no enfermar. No habrá derrumbe, sino un mero ajuste en uno o dos años. Tenemos buenas vacunas: la ampliación del Canal, la riqueza ecológica, la relativa seguridad, el dólar, el centro bancario, portuario y aéreo; la Zona Libre, etc. Todo lo cual hará que el auge siga fuerte en el interior (playas, islas, Sorá, Pedasí, Bahía Honda, Boquete, Bocas y Volcán). De allí que concluyamos que dentro del marco de relatividad que impone un mundo globalizado, Panamá es hoy más independiente de lo que nunca soñó.

101 años de Panamá América

 
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