Final del capitalismo salvaje
Aplastado quizás por su propio peso, víctima del mismo dogmatismo que hizo presa al comunismo soviético, el capitalismo occidental, que fuera gestado en Inglaterra en el siglo XVIII y que tuviera a Adam Smith como uno de sus más insignes doctrinarios, parece estar tocando a su fin tras más de 200 años de vigencia, bajo cuyas ideas florecieron grandes imperios, riquezas y avances, nunca antes vistos, todos cimentadas sobre el concepto de la libertad e iniciativa individual como motor del progreso y creatividad humanas. Hay que ser miope para negar los grandes logros conseguidos bajo este sistema, que permeó las ciencias, los valores personales y las artes, rindiendo siempre culto a la libertad del espíritu y el pensamiento.
La Providencia nos ha dado el privilegio de asistir, sea como testigos o como protagonistas, al cambio de siglo. Y quienes creyeron que no se notaría diferencia alguna, se equivocaron. En los diez años previos y en los inmediatamente siguientes, hemos visto derrumbarse el Muro de Berlín, marcando el fin del comunismo soviético. El profesor Francis Fukuyama se atrevió a anunciar entonces el "fin de la Historia", cuando con lógica impecable concluyó que con la ruptura de la dialéctica generadora de la evolución y los cambios, se detendría el reloj de la historia bajo el imperio de una única potencia mundial y una sola doctrina económica vigente.
Y aunque el derribo de las Torres Gemelas contribuyó a delimitar el salto al nuevo siglo, simbolizando un desafío para el nuevo sistema único, con su "choque de civilizaciones", es ahora, con el derrumbe de todo el sistema financiero del planeta, cuando se cierra definitivamente la puerta hacia la nueva era, con el final del capitalismo liberal, abriendo espacio a un nuevo capitalismo que se caracterizará por un robusto dirigismo e intervencionismo estatal en el mercado, compartiendo espacio con la iniciativa privada.