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Fiscales y jueces sin sentido común


No quiero mencionar su nombre. Se trata de un ciudadano más de este país. Hace algunos meses él fue agredido por varios sujetos que lo dejaron, prácticamente, examine. El se defendió como pudo y con lo que pudo. Con permiso para aportar armas, hizo uso de la que tenía y que, posteriormente le fue decomisada. Como hirió a uno de sus agresores, le han instruido un expediente penal por tentativa de homicidio y, cosas veredes, siendo él la víctima, la fiscalía lo tiene por victimario y consiguiente acusado. Le han tenido que leer el rosario de sus derechos constitucionales y legales: “Que puede guardar silencio, que tiene derecho a designar un abogado, que puede comunicarse con un familiar”, etcétera, etcétera y más etcéteras.

Este señor, que padece además de severos problemas cardiacos y de una diabetes que lo atosiga, solamente se repite, como censura en lontananza: “Pero si el atacado fui yo, no entiendo”. Y seguirás sin entenderlo, nunca podrás entenderlo, le advertimos por nuestra parte.

¿Qué está pasado con no pocos personeros y fiscales, pero también jueces, que no entienden el drama humano de quien es víctima de crímenes perpetrados por seres que hacen amigos, aliados, concubinos de la delincuencia, y que encuentran acomodo en el claustro de la justicia y de este modo tener el calor y favor de la impunidad?

Decía el Dr. César A. Quintero que: “El sentido común es el menos común de los sentidos”. Con ello rememoraba la frase que mucho antes había pronunciado Voltaire cuando advertía: “El sentido común no es nada común”, y que se le atribuye a H. Greele. Lo cierto de todo es que, en todos los planos de la existencia humana, es indispensable dejar un pequeño espacio para que el sentido común se acomode y se desarrolle. Pugna en contra de ese sentido común la vanidad, la soberbia, el falso orgullo, la pedantería, la ingenuidad, la aceptación y la entrega irracional a los pensamientos de otros; en fin.

El sentido común suele mesurar las pasiones; dirigir el genio hacia lo correcto; introduce a la razón elementos de cordura; equipara las condiciones y las circunstancias para producir buenos resultados; no es soberbio ni es orgulloso: admite la crítica y advierte en la censura una posibilidad de reflexionar las cosas para adoptar mejores derroteros.

El sentido común, en efecto, el menos común de los sentidos, se hace indispensable en la psiquis de los jueces y los fiscales. No se trata tanto de la experiencia y del conocimiento tan solamente. Desde luego que válidas para tener más competencia; sino de la capacidad, propia del entendimiento humano, para poder advertir que lo blanco es blanco; lo negro, negro y que las nubes son eso: “nubes”.

Qué problema cuando las nubes de la soberbia, la vanidad y la pedantearía obnubilan la capacidad de razonar bien las cosas. Las consecuencias de dejar a un lado el “sentido común”, resultan ser terribles, altamente dañinas.

101 años de Panamá América

 
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