Fobia a la globalización
Asunción (AIPE)- El comunismo se levanta de sus cenizas como un curioso movimiento contrario a la globalización. Primero fue Londres y luego Seattle. Hace poco, en Praga, los activistas, vestidos con insólitos atuendos, protagonizaron violentos disturbios al grito de "matar al capitalismo". Reclaman detener la globalización y clausurar al Banco Mundial (BM) y al Fondo Monetario Internacional (FMI), símbolos del "imperialismo que empobrece a los pueblos".
Y tienen razón en cuanto a la necesidad de abolir el BM y el FMI. La burocracia internacional de estas agencias multilaterales ha eternizado la pobreza en el Tercer Mundo. Sus préstamos y programas sólo sirven para sostener a gobiernos corruptos, crear dependencia, fomentar el estatismo y postergar las reformas que precisan los países para salir de la miseria. Pero se equivocan al suponer que la fuerza detrás de la globalización está en los organismos multinacionales como el BM, FMI y la Organización Mundial del Comercio. La integración comercial avanza, no mediante la acción de los burócratas, sino a pesar de ellos.
La globalización floreció gracias a las reformas que iniciaron Thatcher y Reagan, a la apertura comercial, la privatización y desregulación de las economías, el colapso del socialismo en 1989 y el auge de la tecnología de la información. Globalización es sinónimo de apertura comercial. Y esta no surge de arriba hacia abajo, sino por el anhelo popular. Si de la burocracia dependiera, no habría globalización. La integración tampoco nace del interés del capital financiero en los países ricos. Estos países, con sus agendas ecologistas y de proteccionismo laboral más bien han frenado la globalización e impedido a los países pobres salir del atraso exportando sus productos primarios.
Pero el error más grave de los nuevos comunistas está en declarar que la globalización perjudica a los países pobres aumentando las desigualdades. Ello es falso, pues la globalización eleva el ingreso de los más pobres. Son pocas las cuestiones en las que los economistas están de acuerdo y una de ellas es en que el libre comercio impulsa el progreso de los pueblos, como explicó el fundador de la economía, Adam Smith, en su "Riqueza de las Naciones", publicado en 1776. Las oportunidades que ofrecen los mercados globales para el crecimiento son enormes.
La globalización es el libre flujo de bienes, servicios, capitales y tecnología. Para los países pobres que liberalizaron y abrieron sus economías, la globalización es la diferencia entre el progreso y la miseria, dado que atrae inversiones, crea empleos y mejora los salarios. Los pobres avanzarían mucho más si Europa y Estados Unidos eliminaran sus subsidios agrícolas, el proteccionismo ecológico y laboral, en perjuicio de los pueblos agrícolas y de bajos costos laborales. Y, a diferencia de lo que asegura la izquierda privilegiada y elitista, el crecimiento no origina desigualdades, sino que tiende a aminorarlas, beneficiando a todos, ricos y pobres.
La globalización obliga a los países a privatizar sus mercados, proteger la propiedad, bajar la inflación y reducir el gasto,
adoptar tecnologías más competitivas y fortalecer sus democracias, medidas que favorecen en mayor proporción a los sectores
más pobres. Los países de mayor libertad económica, sin excepción, son los de más alto nivel de vida. Por ejemplo, el poder
adquisitivo de los chilenos es 7,5 veces el de los cubanos. Frenar la globalización, como pretenden las elites de izquierda de
los países ricos, es inmoral, pues implica no sólo un daño incalculable para los pobres del mundo sino un atropello a su
libertad de progresar. Los pobres también tienen derecho al desarrollo.
(c)www.aipenet.com
Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.
Y tienen razón en cuanto a la necesidad de abolir el BM y el FMI. La burocracia internacional de estas agencias multilaterales ha eternizado la pobreza en el Tercer Mundo. Sus préstamos y programas sólo sirven para sostener a gobiernos corruptos, crear dependencia, fomentar el estatismo y postergar las reformas que precisan los países para salir de la miseria. Pero se equivocan al suponer que la fuerza detrás de la globalización está en los organismos multinacionales como el BM, FMI y la Organización Mundial del Comercio. La integración comercial avanza, no mediante la acción de los burócratas, sino a pesar de ellos.
La globalización floreció gracias a las reformas que iniciaron Thatcher y Reagan, a la apertura comercial, la privatización y desregulación de las economías, el colapso del socialismo en 1989 y el auge de la tecnología de la información. Globalización es sinónimo de apertura comercial. Y esta no surge de arriba hacia abajo, sino por el anhelo popular. Si de la burocracia dependiera, no habría globalización. La integración tampoco nace del interés del capital financiero en los países ricos. Estos países, con sus agendas ecologistas y de proteccionismo laboral más bien han frenado la globalización e impedido a los países pobres salir del atraso exportando sus productos primarios.
Pero el error más grave de los nuevos comunistas está en declarar que la globalización perjudica a los países pobres aumentando las desigualdades. Ello es falso, pues la globalización eleva el ingreso de los más pobres. Son pocas las cuestiones en las que los economistas están de acuerdo y una de ellas es en que el libre comercio impulsa el progreso de los pueblos, como explicó el fundador de la economía, Adam Smith, en su "Riqueza de las Naciones", publicado en 1776. Las oportunidades que ofrecen los mercados globales para el crecimiento son enormes.
La globalización es el libre flujo de bienes, servicios, capitales y tecnología. Para los países pobres que liberalizaron y abrieron sus economías, la globalización es la diferencia entre el progreso y la miseria, dado que atrae inversiones, crea empleos y mejora los salarios. Los pobres avanzarían mucho más si Europa y Estados Unidos eliminaran sus subsidios agrícolas, el proteccionismo ecológico y laboral, en perjuicio de los pueblos agrícolas y de bajos costos laborales. Y, a diferencia de lo que asegura la izquierda privilegiada y elitista, el crecimiento no origina desigualdades, sino que tiende a aminorarlas, beneficiando a todos, ricos y pobres.
La globalización obliga a los países a privatizar sus mercados, proteger la propiedad, bajar la inflación y reducir el gasto,
adoptar tecnologías más competitivas y fortalecer sus democracias, medidas que favorecen en mayor proporción a los sectores
más pobres. Los países de mayor libertad económica, sin excepción, son los de más alto nivel de vida. Por ejemplo, el poder
adquisitivo de los chilenos es 7,5 veces el de los cubanos. Frenar la globalización, como pretenden las elites de izquierda de
los países ricos, es inmoral, pues implica no sólo un daño incalculable para los pobres del mundo sino un atropello a su
libertad de progresar. Los pobres también tienen derecho al desarrollo.
(c)www.aipenet.com
Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.