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Formar ciudadanos para la democracia


La verdad es que hoy, con la parsimoniosa actitud que caracteriza el talante de las máximas autoridades del Ministerio de Educación, no se vislumbra ninguna señal de reactivación del proceso de reforma, ni siquiera de un proceso de renovación de la Educación Nacional. Todo parece indicar que el Estado ha ido cediendo sus responsabilidades y perdiendo el rol de director, de planificador y de promotor del proceso educativo del país. Por eso es necesario (diríamos urgente), que el actual gobierno dé muestras reales de reasumir sus responsabilidades respecto a la educación.
La educación es un proceso que, por cierto, no se agota en lo que es la acción del Estado. La educación es un proceso del cual la familia es el centro mismo, el eje en el cual se genera, y que, permanentemente, se desarrolla a lo largo del tiempo. Pero el Estado tiene en él grandes responsabilidades, impuestas por la Constitución Nacional, que son cada día más grandes, en la medida que el proceso de la ciencia y de la técnica avanzada y más nos exige, a todos, de nosotros mismos.
En razón de los vaivenes políticos, desgraciadamente, el país ha vivido en los últimos años la deformación de una educación que se olvidó del único de los compromisos políticos que no podía olvidar, que es el de formar ciudadanos para la democracia. El Estado panameño (no este gobierno: el Estado panameño, este gobierno y los gobiernos que le sucedan) puede trazar una política que inscriba el Programa Educativo dentro de los planes generales.
Debemos salir de este clima de politización que de hecho ha ido ocurriendo en todos los organismos de la enseñanza. Debemos salir, además, de la rutina a la cual se ha llegado y que es uno de los dramas mayores de nuestra educación, la que, sumada a la politiquería imperante, por eso se ha estancando, y por eso ha retrocedido. Porque los males de nuestra educación y de nuestra enseñanza, no son sólo los de politización, son también los del estancamiento pedagógico, los del estancamiento educativo. Y eso lo debemos decir, sin agravio para nadie, pero señalando las responsabilidades que tuvieron en su momento los gobiernos anteriores (y el actual), y sobre los cuales el Estado muy poco pudo hacer.
Los fines de la enseñanza deben ser renovados y afirmados en su sustancia. Urge que vayamos a una enseñanza que afirme la igualdad: una enseñanza que afirme la laicidad; una enseñanza que mantenga la conciencia democrática activa (nociones de cívica desde la enseñanza básica general hasta la Universidad); una enseñanza que inserte los planes educativos en los planes generales del país; una enseñanza que, sin desprecio para lo que son las tradiciones humanísticas del país, realce el concepto del trabajo, y haga en él, la adecuada revalorización técnica que el mundo actual nos impone; una educación que, en definitiva, forme a los ciudadanos para que se cumpla el ideal de nuestro Justo Arosemena, que dice: "A la democracia por la cultura". Ese debe ser el sentido y el norte de nuestra educación. Ese es el auténtico compromiso que la educación debe asumir.
El sistema educativo panameño, de gran extensión en el conjunto de la sociedad como consecuencia de una larga acción pedagógica, requiere hoy la revisión a fondo que surge como un reclamo del solo análisis de su panorama. Es preciso compensar los déficit sociales para aumentar el rendimiento del sistema educativo. Los establecimientos públicos de enseñanza, hoy debilitados y en retroceso, deben florecer como antaño, con fecunda competencia con los particulares o privados. El trabajo y la producción deberán ser nuevamente fines cardinales de la educación, que debe constantemente realzarlos. La enseñanza técnico-profesional no debe ser un callejón sin salida sino un gran instrumento para la formación de los ciudadanos que construirán el desarrollo nacional.
El mundo marcha hacia una prolongación generalizada de la edad obligatoria de los estudios, hacia la entronización de la educación permanente por la posibilidad de adquirir durante una época de la vida conocimientos definitivos: hacia el aprendizaje y reentrenamiento profesional permanente, hacia la articulación indisoluble entre los servicios de enseñanza y los almacenamientos de información; hacia una transformación total de la función de enseñar, que no podrá agotarse en la clase dictada por el profesor frente a sus alumnos; hacia el uso de los medios de comunicación colectivos. Y Panamá llegará a esos objetivos en más o menos años, pero llegará. Ello sólo será posible si desde hoy nos organizamos para adecuar nuestro instrumental cultural, en una cruzada permanente por la educación.

101 años de Panamá América

 
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