Frente a hechos apocalípticos
Los comentados hechos, sufridos o conocidos por la inmensa mayoría de la humanidad, son, sin embargo, solamente el efecto de una vida mundial que marcha a la deriva, sin encontrar su sentido. Miles de personas están sufriendo en nuestro país problemas infrahumanos. Y reconozcamos que esa situación afecta también a aquellos que no los sufren directamente, porque nadie puede escapar al clima de deterioro que crean los males del entorno. Mas sin embargo, si no miramos hacia otro lado, ¿cómo no asumir la conciencia de que todo ese sufrimiento, la falta de trabajo, la crisis económica, las carencias educativas, la ceguera para encontrar el sentido de la vida, se originan en una colectividad cuyos integrantes no son reconocidos como personas sino como piezas de una máquina monstruosa de consumo?
Las denuncias de corrupción, los índices alarmantes de desocupados y las informaciones constantes sobre asaltos y crímenes salen a nuestro encuentro durante toda la jornada. Todo ello conduce al crecimiento de lo que se denomina "riesgo país", que es otra de las formas en que reducimos lo humano a lo meramente económico. Entretanto, se multiplican los marginales, los mendigos, los niños desamparados, los fracasados escolares, los excluidos que en gran parte representan a los más necesitados. Hemos escuchado frecuentemente la frase "no hay salida", la cual revela también la impotencia de individuos que han sido despojados del fundamental motor de la vida humana: la esperanza.
En verdad siempre hay salida si nos impulsa la comprensión y el amor. La discriminación, la especulación, la mezquindad que lleva a este tremendo vaciamiento son signos de una sociedad que está manejada por la instintividad de la codicia bajo el disfraz de la ideología. Ello no es un mal que inaugure nuestro tiempo. Al contrario, es la representación de un período en lo que es novedad es la pérdida de relación con el sentido trascendente de la vida.
La continua referencia a los males no tiene ninguna perspectiva de afrontarlos con éxito si parte siempre de enfoques parciales y sin tener en cuenta el sentido trascendente de la vida. Nadie puede considerarse exento de responsabilidad en lo que está ocurriendo, porque todos participamos de la realidad del país. No miremos demasiado la paja en el ojo ajeno. Empecemos por lo próximo.
Las denuncias de corrupción, los índices alarmantes de desocupados y las informaciones constantes sobre asaltos y crímenes salen a nuestro encuentro durante toda la jornada. Todo ello conduce al crecimiento de lo que se denomina "riesgo país", que es otra de las formas en que reducimos lo humano a lo meramente económico. Entretanto, se multiplican los marginales, los mendigos, los niños desamparados, los fracasados escolares, los excluidos que en gran parte representan a los más necesitados. Hemos escuchado frecuentemente la frase "no hay salida", la cual revela también la impotencia de individuos que han sido despojados del fundamental motor de la vida humana: la esperanza.
En verdad siempre hay salida si nos impulsa la comprensión y el amor. La discriminación, la especulación, la mezquindad que lleva a este tremendo vaciamiento son signos de una sociedad que está manejada por la instintividad de la codicia bajo el disfraz de la ideología. Ello no es un mal que inaugure nuestro tiempo. Al contrario, es la representación de un período en lo que es novedad es la pérdida de relación con el sentido trascendente de la vida.
La continua referencia a los males no tiene ninguna perspectiva de afrontarlos con éxito si parte siempre de enfoques parciales y sin tener en cuenta el sentido trascendente de la vida. Nadie puede considerarse exento de responsabilidad en lo que está ocurriendo, porque todos participamos de la realidad del país. No miremos demasiado la paja en el ojo ajeno. Empecemos por lo próximo.