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Fronteras de conflicto


Tuvo mucha razón el especialista ibérico Ramón David Ortiz, cuando en la Revista Española de Defensa, edición de 1998, aseveró que la región andina sudamericana se ha convertido en un arco de crisis que puede emitir ondas de inestabilidad perjudiciales a toda América Latina.
Entre los principales factores que este experto señaló, se encuentran altos niveles de violencia política, alimentados por el accionar de grupos extremistas y el poder financiero y militar que acumula el narcotráfico.
Lamentablemente, el tiempo se ha encargado de comprobar esta triste realidad. Nadie puede dudar de los efectos que ocasiona la convulsión colombiana, alentada por el sucio dinero de las drogas, que va adueñándose de aquel desventurado país y que pretende expandirse, a las naciones vecinas, para luego contaminar al resto del continente.
Por sus extendidas ramificaciones, el conflicto colombiano dejó de ser interno y tiene indudable repercusión, en Venezuela, Panamá, Brasil, Ecuador, Perú y Bolivia, a causa de la estrecha y nefasta alianza del narcotráfico con la guerrilla. Los países centroamericanos y caribeños, también se hallan en riesgo, debido a sus características geopolíticas, la infiltración de indeseables elementos y la invasión de substancias estupefacientes y psicotrópicas, para el consumo interno o en tránsito hacia los grandes mercados.
La protección de las fronteras para neutralizar la acometida de la narcosubversión es un deber de elemental patriotismo no solo en los países que colindan con la afligida República de Colombia. Junto a los narcos llegan toneladas de dinero turbio que distorsionan la economía y fomentan la corrupción, la virulencia armada, el declive de los valores que elevan a la sociedad, las matanzas, secuestros, asaltos y más atropellos a la dignidad humana, así como el contrabando de armas, municiones, precursores químicos, expansión de cultivos, laboratorios y campamentos ilícitos.
Se vuelve necesaria la recíproca colaboración de los gobiernos para evitar la proliferación del narcotráfico y de sus crímenes conexos, sobre todo en la zona andina. Se trata de fronteras de enorme riesgo que requieren un tratamiento especial y solidario, en vista de que los anotados males son transnacionales y activamente corrosivos. La ayuda de los países desarrollados debe ser constante, en vista de los escuálidos recursos de las naciones tercer mundistas y del colosal poder que entrañan los tentáculos de la ruin industria de las drogas.

101 años de Panamá América

 
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