Fronteras, identidades, la patria del fin de milenio
La caída del muro de Berlín, que sorprendió a la inteligencia militar occidental, ha tenido interpretaciones más allá de la simbólica y odiosa estructura que dividió a las "dos alemanias" por obra y gracia de la Guerra Fría, "aboliendo fronteras", inaugurando una nueva era y maravillando al mundo con inéditos fuegos artificiales de paz. Ese día Francis Fukuyama le puso punto final a la Historia, otros santones prendieron un millón de velas frente al altar del mercado, como en un dominó nos mostraron la futura caída de las fronteras, el universo de las finanzas electrónicas universales asestaron un golpe preciso a la estabilidad y economía real y el mundo se achicó como una pelota de ping pong, donde el mundo en vías de desarrollo pasó a ser el pong.
Década alada, de asombro en asombro, acelerada en su propia aceleración, vertiginosa hasta el vértigo, montada en la espiral de su propia incertidumbre, huérfana de solidaridad, pandora de su propia caja de resonancia sin la música, ni la melodía del belle encanto de tiempos que ya no volveremos a disfrutar.
Los ´90, ni benditos, ni malditos, innovadores, desbocados e implacables, casi sin madres ni padres que den la cara por sus actos, dueños absolutos de un escenario dado vuelta de campana-"patas p´arriba"-fundacionales de un nuevo pavor y de un mundo que juega a la escondida con el futuro envuelto en una bola de cristal de intereses cada vez más mezquinos.
El escenario construido sobre el andamio de la caída del muro de Berlín y de la sombra de la Guerra Fría, ni mejor, ni peor, quizás igualmente incierto, pero sobre sus aparentes cenizas, se construye otra plataforma y modos de vida universal, cambio civilizatorio profundo a no dudarlo.
América Latina y Panamá se miran y buscan en este espejo con imagen de chicle, que se alarga y encoge de acuerdo con las circunstancias, y el istmo que nunca tuvo fronteras, porque fue puente, dos mares, comunicación per se, eslabón, tránsito, destino, pareciera el más adelantado de su época de fin de fronteras.
Sorprende el escenario de fin de milenio a la Nación en plena consolidación de su soberanía truncada desde su origen, en un pacto con su identidad, que es partida de nacimiento, búsqueda constante del ser nacional y un legítimo derecho de disponer de todos los recursos y de su territorio. Incorpora el país al concluir el milenio, su mayor ventaja comparativa, la codiciada ruta que une los océanos y continentes, el mayor compromiso de su historia y un pilar indiscutido en la feroz competitividad global del siglo XXI. El istmo, abierto a todas las fronteras, recupera su corazón, en las entrañas de la cosmopolita ciudad de Panamá.
La filosofía del nuevo milenio no da marcha atrás en el istmo, porque mientras se construye en el mundo una economía global, electrónica, instantánea, doblemente veloz y migratoria, la Nación va en búsqueda de su propio destino y siente el obligado ejercicio de la unidad nacional como recurso de la "verdadera salvación" en tiempos marcados por un poder supremo, sin rostro, establecido allende las fronteras de las pequeñas naciones.
El 3 de noviembre, que viste de patria tricolor, es caudal de lluvia tropical que no se detiene, más bien toca los sentimientos y la identidad nacional con el viejo pasaporte de la tierra fértil, amplia, generosa, donde sólo el horizonte nos habla de linderos.
Los días patrios son los de mayor reflexión y reafirmación, minutos plenos de emociones y convicciones, de autenticidad, diálogo, convivencia y búsqueda de derroteros comunes.
Fecha que nunca se agota en sí misma, se renueva en su propio perfil e invoca responsabilidades, compromisos, acciones concertadas, promesas para ser cumplidas y juramentos tácitos sin la fanfarria y menos impostura.
La agenda del siglo XX panameño concluye con su mayor desafío: asumir la plena soberanía en la llamada zonal del canal e incorporar a la economía la vía interoceánica.
Tarea que ha consumido esfuerzos extraordinarios a todas las generaciones desde 1903,- fecha de la separación de Colombia y de la firma del Tratado Hay-Bunau Varilla-, y que de ahora en adelante, se invertirán en construir una nación más próspera, maximizando los recursos de su posición geográfica y creando estabilidad y seguridad para producir el mayor bien posible: bienestar común.
Es la hora de la competitividad de las Naciones, de la maximización del conocimiento y del recurso humano, de afrontar con responsabilidad los temas esenciales del hombre del siglo XXI y de todos los tiempos: la salud, trabajo, educación, vivienda y medio ambiente.
Ninguna inversión llegará a feliz término si no se combate la lacra de este y otros tiempos, universal por su naturaleza, como lo es la corrupción, ese diablillo que se apodera de los Estados y la empresa privada, no reconoce fronteras, ni apellidos, razas, credos, ni colores, y empobrece hasta la misma dignidad de las Naciones. Es difícil lanzar la primera piedra en este túnel de la corrupción, porque las cristalerías están a la orden del día. Los más corruptos, dice Transparencia Internacional, en su más reciente encuesta, están en Africa y América latina. Mérito doblemente pobre de la pobreza y que debiera motivarnos a una reflexión de fin de milenio, para ser más responsables con el prójimo en el siglo XXI.
Década alada, de asombro en asombro, acelerada en su propia aceleración, vertiginosa hasta el vértigo, montada en la espiral de su propia incertidumbre, huérfana de solidaridad, pandora de su propia caja de resonancia sin la música, ni la melodía del belle encanto de tiempos que ya no volveremos a disfrutar.
Los ´90, ni benditos, ni malditos, innovadores, desbocados e implacables, casi sin madres ni padres que den la cara por sus actos, dueños absolutos de un escenario dado vuelta de campana-"patas p´arriba"-fundacionales de un nuevo pavor y de un mundo que juega a la escondida con el futuro envuelto en una bola de cristal de intereses cada vez más mezquinos.
El escenario construido sobre el andamio de la caída del muro de Berlín y de la sombra de la Guerra Fría, ni mejor, ni peor, quizás igualmente incierto, pero sobre sus aparentes cenizas, se construye otra plataforma y modos de vida universal, cambio civilizatorio profundo a no dudarlo.
América Latina y Panamá se miran y buscan en este espejo con imagen de chicle, que se alarga y encoge de acuerdo con las circunstancias, y el istmo que nunca tuvo fronteras, porque fue puente, dos mares, comunicación per se, eslabón, tránsito, destino, pareciera el más adelantado de su época de fin de fronteras.
Sorprende el escenario de fin de milenio a la Nación en plena consolidación de su soberanía truncada desde su origen, en un pacto con su identidad, que es partida de nacimiento, búsqueda constante del ser nacional y un legítimo derecho de disponer de todos los recursos y de su territorio. Incorpora el país al concluir el milenio, su mayor ventaja comparativa, la codiciada ruta que une los océanos y continentes, el mayor compromiso de su historia y un pilar indiscutido en la feroz competitividad global del siglo XXI. El istmo, abierto a todas las fronteras, recupera su corazón, en las entrañas de la cosmopolita ciudad de Panamá.
La filosofía del nuevo milenio no da marcha atrás en el istmo, porque mientras se construye en el mundo una economía global, electrónica, instantánea, doblemente veloz y migratoria, la Nación va en búsqueda de su propio destino y siente el obligado ejercicio de la unidad nacional como recurso de la "verdadera salvación" en tiempos marcados por un poder supremo, sin rostro, establecido allende las fronteras de las pequeñas naciones.
El 3 de noviembre, que viste de patria tricolor, es caudal de lluvia tropical que no se detiene, más bien toca los sentimientos y la identidad nacional con el viejo pasaporte de la tierra fértil, amplia, generosa, donde sólo el horizonte nos habla de linderos.
Los días patrios son los de mayor reflexión y reafirmación, minutos plenos de emociones y convicciones, de autenticidad, diálogo, convivencia y búsqueda de derroteros comunes.
Fecha que nunca se agota en sí misma, se renueva en su propio perfil e invoca responsabilidades, compromisos, acciones concertadas, promesas para ser cumplidas y juramentos tácitos sin la fanfarria y menos impostura.
La agenda del siglo XX panameño concluye con su mayor desafío: asumir la plena soberanía en la llamada zonal del canal e incorporar a la economía la vía interoceánica.
Tarea que ha consumido esfuerzos extraordinarios a todas las generaciones desde 1903,- fecha de la separación de Colombia y de la firma del Tratado Hay-Bunau Varilla-, y que de ahora en adelante, se invertirán en construir una nación más próspera, maximizando los recursos de su posición geográfica y creando estabilidad y seguridad para producir el mayor bien posible: bienestar común.
Es la hora de la competitividad de las Naciones, de la maximización del conocimiento y del recurso humano, de afrontar con responsabilidad los temas esenciales del hombre del siglo XXI y de todos los tiempos: la salud, trabajo, educación, vivienda y medio ambiente.
Ninguna inversión llegará a feliz término si no se combate la lacra de este y otros tiempos, universal por su naturaleza, como lo es la corrupción, ese diablillo que se apodera de los Estados y la empresa privada, no reconoce fronteras, ni apellidos, razas, credos, ni colores, y empobrece hasta la misma dignidad de las Naciones. Es difícil lanzar la primera piedra en este túnel de la corrupción, porque las cristalerías están a la orden del día. Los más corruptos, dice Transparencia Internacional, en su más reciente encuesta, están en Africa y América latina. Mérito doblemente pobre de la pobreza y que debiera motivarnos a una reflexión de fin de milenio, para ser más responsables con el prójimo en el siglo XXI.