Frustración
En el lenguaje técnico de algunas disciplinas se habla de coeficientes. Coeficiente, la cantidad constante antes de la incógnita (bx). En Psicología, coeficiente intelectual, cociente entre la edad mental y la edad física. En Física, expresión numérica de una propiedad o característica de un cuerpo que generalmente se presenta como una relación entre dos magnitudes. También he oído hablar, no recuerdo dónde, de coeficiente como algo límite que nos advierte que, superado ese límite, puede suceder algo desagradable.
Hoy, ante ciertos hechos que hacen nuestra historia de lo que entendemos por democracia, asumo que existe el coeficiente de frustración como un límite de recepción de tantas frustraciones que pueda entonces causar otras situaciones adversas.
La ciudadanía panameña que día a día amanece esperanzada de oír noticias positivas, escucha lo contrario y ve que se repiten los mismos esquemas, las mismas actitudes y, aunque mejoramos en los famosos "booms" de esto y lo otro, en otros aspectos más bien retrocedemos.
Escuchamos, por ejemplo, que la Asamblea Nacional acaba de aprobar en el Código Penal un artículo por el que se minimizan las sanciones sobre los delitos contra el patrimonio del Estado, modificando el artículo 385. Lo cual dentro de este vocabulario ya tan llevado y traído de la anticorrupción, decepciona por completo. Es decir, se está animando a seguir fomentando algo que nos tiene varados en el Tercer Mundo, y es la maldita corrupción.
El Coeficiente de Frustración viene dado por la doble magnitud, primero de la ya antigua y cansada expectación popular de que lo que dicen los políticos lo van a cumplir; lo dicen de tal manera que dócilmente los escogemos como los más indicados para defender los intereses de la mayoría; y por otro lado, el cotidiano repetir y comprobar lo contrario, creando una desconfianza y apatía en la clase política. Y como anillo al dedo en esta Cuaresma, en el jueves de la segunda semana de Cuaresma nos predica recordándonos el Profesta Jeremías en su famoso capítulo 17:
"Así habla Yavé: "Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal y que parta su corazón de Yavé. Se parece a una mata de cardo en la estepa, no sentirá cuando llegue la dicha, pues echó sus raíces en lugares ardientes del desierto, en un solar desplobado. Bendito el que confía en Yavé, y que en El pone su esperanza, se asemeja a un árbol plantado a la orilla del agua, y que alarga sus raíces hacia la corriente, no tiene miedo de que llegue el calor, su follaje se mantendrá verde, en año de sequía no se inquieta, ni deja de producir sus frutos. El corazón es más complicado que cualquier cosa, y más aún, es perverso. ¿Quién puede conocerlo? Yo Yavé, que escudriño el corazón y "sondeo sus entrañas, para recompensar a cada uno según se porte y según el fruto de sus obras. Así como la perdiz se echa sobre los huevos que no ha puesto, así el que amontona riquezas injustamente, tendrá que dejarlas, en la mitad de su vida y al final no será más que un imbécil... Esperanza de Israel, Yavé, todos los que te han traicionado serán avergonzados, y todos los que se han apartado de ti, serán borrados de este país, porque abandonaron a Yavé, el manantial de agua viva...".
Nos previene el texto sobre la excesiva confianza en lo que puede el ser humano. La base de la relación humana, y del quehacer cívico y político, se funda en la confianza y la fe entre los seres humanos. Lo que llamamos credibilidad. Cuando esa se resquebraja, entonces viene la frustración.
La frustración engendra apatía, es decir, indiferencia en la que usted se preocupa de lo suyo y no le importa con lo que ocurre alrededor, y lo expresamos con un gesto despectivo diciendo: "Me vale un bledo". Con lo cual optamos por la alternativa más fácil para no alterar reacciones hiperfunciones o hipofunciones endocrinas. Lo cual es lo más cómodo, hasta que perdamos colectivamente la obvia fe y la confianza en el mínimum de sinceridad y de bondad que todo ser humano necesita para la convivencia; ya que ella está basada, como muchas otras actividades del diario quehacer, en la confianza que nos debemos unos a otros.
Así, por ejemplo, cuando usted lleva su hijo a una escuela o colegio, en el fondo usted está plenamente convencido de que no sólo la estructura física del plantel es segura, confía en que el director tiene lo créditos básicos, y el personaje, hombre o mujer, que le toca como maestro o maestra, o profesor o profesora, es una persona de buenas costumbres, sana mentalmente y que no sólo tiene título, no falsificado, ni injustamente adquirido, sino laboriosamente y vocacionalmente adquirido, que, además, es una persona civilizada y sabe la materia o conoce algo de pedagogía y sicología infantil, juvenil o adolescente. Caso contrario, usted se arriesgó en creer demasiado, y se frustra y de eso no se trata.
Y si esto lo orientamos al campo de la realidad de la actividad socio-política-económica, deberíamos decir lo que dice la misma Biblia en la carta de San Pedro: "Sé en quién me he confiado, sé en manos de quién me he abandonado...". "Scio cui credidi" (II Pedro).
Hoy, ante ciertos hechos que hacen nuestra historia de lo que entendemos por democracia, asumo que existe el coeficiente de frustración como un límite de recepción de tantas frustraciones que pueda entonces causar otras situaciones adversas.
La ciudadanía panameña que día a día amanece esperanzada de oír noticias positivas, escucha lo contrario y ve que se repiten los mismos esquemas, las mismas actitudes y, aunque mejoramos en los famosos "booms" de esto y lo otro, en otros aspectos más bien retrocedemos.
Escuchamos, por ejemplo, que la Asamblea Nacional acaba de aprobar en el Código Penal un artículo por el que se minimizan las sanciones sobre los delitos contra el patrimonio del Estado, modificando el artículo 385. Lo cual dentro de este vocabulario ya tan llevado y traído de la anticorrupción, decepciona por completo. Es decir, se está animando a seguir fomentando algo que nos tiene varados en el Tercer Mundo, y es la maldita corrupción.
El Coeficiente de Frustración viene dado por la doble magnitud, primero de la ya antigua y cansada expectación popular de que lo que dicen los políticos lo van a cumplir; lo dicen de tal manera que dócilmente los escogemos como los más indicados para defender los intereses de la mayoría; y por otro lado, el cotidiano repetir y comprobar lo contrario, creando una desconfianza y apatía en la clase política. Y como anillo al dedo en esta Cuaresma, en el jueves de la segunda semana de Cuaresma nos predica recordándonos el Profesta Jeremías en su famoso capítulo 17:
"Así habla Yavé: "Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal y que parta su corazón de Yavé. Se parece a una mata de cardo en la estepa, no sentirá cuando llegue la dicha, pues echó sus raíces en lugares ardientes del desierto, en un solar desplobado. Bendito el que confía en Yavé, y que en El pone su esperanza, se asemeja a un árbol plantado a la orilla del agua, y que alarga sus raíces hacia la corriente, no tiene miedo de que llegue el calor, su follaje se mantendrá verde, en año de sequía no se inquieta, ni deja de producir sus frutos. El corazón es más complicado que cualquier cosa, y más aún, es perverso. ¿Quién puede conocerlo? Yo Yavé, que escudriño el corazón y "sondeo sus entrañas, para recompensar a cada uno según se porte y según el fruto de sus obras. Así como la perdiz se echa sobre los huevos que no ha puesto, así el que amontona riquezas injustamente, tendrá que dejarlas, en la mitad de su vida y al final no será más que un imbécil... Esperanza de Israel, Yavé, todos los que te han traicionado serán avergonzados, y todos los que se han apartado de ti, serán borrados de este país, porque abandonaron a Yavé, el manantial de agua viva...".
Nos previene el texto sobre la excesiva confianza en lo que puede el ser humano. La base de la relación humana, y del quehacer cívico y político, se funda en la confianza y la fe entre los seres humanos. Lo que llamamos credibilidad. Cuando esa se resquebraja, entonces viene la frustración.
La frustración engendra apatía, es decir, indiferencia en la que usted se preocupa de lo suyo y no le importa con lo que ocurre alrededor, y lo expresamos con un gesto despectivo diciendo: "Me vale un bledo". Con lo cual optamos por la alternativa más fácil para no alterar reacciones hiperfunciones o hipofunciones endocrinas. Lo cual es lo más cómodo, hasta que perdamos colectivamente la obvia fe y la confianza en el mínimum de sinceridad y de bondad que todo ser humano necesita para la convivencia; ya que ella está basada, como muchas otras actividades del diario quehacer, en la confianza que nos debemos unos a otros.
Así, por ejemplo, cuando usted lleva su hijo a una escuela o colegio, en el fondo usted está plenamente convencido de que no sólo la estructura física del plantel es segura, confía en que el director tiene lo créditos básicos, y el personaje, hombre o mujer, que le toca como maestro o maestra, o profesor o profesora, es una persona de buenas costumbres, sana mentalmente y que no sólo tiene título, no falsificado, ni injustamente adquirido, sino laboriosamente y vocacionalmente adquirido, que, además, es una persona civilizada y sabe la materia o conoce algo de pedagogía y sicología infantil, juvenil o adolescente. Caso contrario, usted se arriesgó en creer demasiado, y se frustra y de eso no se trata.
Y si esto lo orientamos al campo de la realidad de la actividad socio-política-económica, deberíamos decir lo que dice la misma Biblia en la carta de San Pedro: "Sé en quién me he confiado, sé en manos de quién me he abandonado...". "Scio cui credidi" (II Pedro).