¡Fue peor la mecha que el candil!
TAMBIÉN PUDE, recordando las sentencias de la abuela, haber titulado este artículo: "La misma jeringa; sólo que con diferente pitongo". Y ni más ni menos en eso terminó el famoso concurso público para seleccionar a los sucesores de los dos magistrados que completan sus términos el 31 de diciembre, próximo.
Estoy seguro de que los afectados por los comentarios negativos y hasta denigrantes que se atrevieron a escribir en su supuesta evaluación los integrantes de la flamante comisión evaluadora, no se quedarán impasibles ante semejante atropello, ejecutado con alevosía, por cuanto sus jueces, atribuyéndose infalibilidad, los condenaron de manera inapelable y sin derecho a defenderse. Pero aparte de destacar la injusticia del hecho, no diré nada más, pues no me corresponde asumir la defensa oficiosa de ninguna persona en particular. Sin embargo, el revuelo que todo este asunto ha generado amerita dejar plasmados algunos comentarios, para reclamar que no se vuelva a caer en los mismos errores y desafueros.
Todo este berenjenal comenzó motivado por, así debemos asumirlo, buenas intenciones, pero terminó en un tiro por la culata. Nada se corrigió y nada se mejoró, en cuanto al método de selección de los jueces del máximo tribunal de justicia. Y, al final, resultará lo que desde un comienzo anunciamos que ocurriría: el presidente instalará en la Corte a quienes siempre tuvo pensado designar, pero parapetándose tras el mecanismo que le sirvieron todos aquellos que, con intención o por ingenuidad, de una manera o de otra, se prestaron al juego.
Cuando se anunció que se abriría una ventanilla para que todo aquel que estuviera interesado sometiera su candidatura, la invitación, inicialmente, despertó muy poco entusiasmo y más bien escepticismo. Pero cuando se acercaba el cierre del plazo, los candidatos proliferaron como los hongos después de la lluvia. Algunos, por si las moscas; otros, presumo, porque alguien les sopló que sólo serían tomados en cuenta aquellos que hubieran acudido a la ventanilla.
Como decía en un artículo previo, estoy seguro que muchos distinguidos profesionales del derecho, que hubieran sido muy buenos candidatos para la Corte, voluntariamente se marginaron por estar en desacuerdo con el sistema de reclutamiento por ventanilla. También comenté algunas opiniones que sostenían que el presidente no estaba obligado a circunscribirse a escoger entre quienes hubieran aplicado, porque, en ejercicio de sus facultades constitucionales, bien podía escoger a personas que no hubieran participado en el concurso. Al respecto, dije, y los desarrollos posteriores así lo han confirmado, que ello no ocurriría. Mi presunción era que no lo haría, porque era innecesario. Y dije más: que no era necesario, porque entre los aplicantes ya estaban quienes debían estar. Y a los pocos días vino la confirmación: el presidente escogería, exclusivamente, entre quienes habían aplicado.
Lo que siguió después fue como una mala película de misterio de aquellas en que el desenlace, desde el mismísimo comienzo, lo descubren hasta los niños. La "comisión evaluadora", en un despliegue de acuciosidad "depuró" la lista de los 70 candidatos y la redujo como le vino en ganas, recomendando sólo a 7. Como era previsible se armó la que se armó. Muchos pusieron verdes a los evaluadores y sus indignados comentarios resonaron en todos los medios de comunicación.
Y como corolario a todo este entuerto, un nuevo anuncio: el presidente se reunirá con los candidatos a magistrados, pero no con todos sino con unos cuantos. Los medios mencionan varios nombres. Algunos están entre los siete y otros no. En otras palabras, como venía decantado desde el principio, siempre hubo una lista "cortísima" y de ella saldrán los escogidos, hayan sido éstos "detectados o no" por los flamantes evaluadores.
En uno de los dos artículos que he escrito anteriormente sobre la designación de los magistrados adelanté que mi lista corta y decía que me conformaría con acertar con uno, por lo menos, con el anuncio que hará (o que ya ha hecho) el presidente de sus escogidos. Como están las cosas, y después de todo lo visto y oído, no me extrañaría haber profetizado por partida doble.
Estoy seguro de que los afectados por los comentarios negativos y hasta denigrantes que se atrevieron a escribir en su supuesta evaluación los integrantes de la flamante comisión evaluadora, no se quedarán impasibles ante semejante atropello, ejecutado con alevosía, por cuanto sus jueces, atribuyéndose infalibilidad, los condenaron de manera inapelable y sin derecho a defenderse. Pero aparte de destacar la injusticia del hecho, no diré nada más, pues no me corresponde asumir la defensa oficiosa de ninguna persona en particular. Sin embargo, el revuelo que todo este asunto ha generado amerita dejar plasmados algunos comentarios, para reclamar que no se vuelva a caer en los mismos errores y desafueros.
Todo este berenjenal comenzó motivado por, así debemos asumirlo, buenas intenciones, pero terminó en un tiro por la culata. Nada se corrigió y nada se mejoró, en cuanto al método de selección de los jueces del máximo tribunal de justicia. Y, al final, resultará lo que desde un comienzo anunciamos que ocurriría: el presidente instalará en la Corte a quienes siempre tuvo pensado designar, pero parapetándose tras el mecanismo que le sirvieron todos aquellos que, con intención o por ingenuidad, de una manera o de otra, se prestaron al juego.
Cuando se anunció que se abriría una ventanilla para que todo aquel que estuviera interesado sometiera su candidatura, la invitación, inicialmente, despertó muy poco entusiasmo y más bien escepticismo. Pero cuando se acercaba el cierre del plazo, los candidatos proliferaron como los hongos después de la lluvia. Algunos, por si las moscas; otros, presumo, porque alguien les sopló que sólo serían tomados en cuenta aquellos que hubieran acudido a la ventanilla.
Como decía en un artículo previo, estoy seguro que muchos distinguidos profesionales del derecho, que hubieran sido muy buenos candidatos para la Corte, voluntariamente se marginaron por estar en desacuerdo con el sistema de reclutamiento por ventanilla. También comenté algunas opiniones que sostenían que el presidente no estaba obligado a circunscribirse a escoger entre quienes hubieran aplicado, porque, en ejercicio de sus facultades constitucionales, bien podía escoger a personas que no hubieran participado en el concurso. Al respecto, dije, y los desarrollos posteriores así lo han confirmado, que ello no ocurriría. Mi presunción era que no lo haría, porque era innecesario. Y dije más: que no era necesario, porque entre los aplicantes ya estaban quienes debían estar. Y a los pocos días vino la confirmación: el presidente escogería, exclusivamente, entre quienes habían aplicado.
Lo que siguió después fue como una mala película de misterio de aquellas en que el desenlace, desde el mismísimo comienzo, lo descubren hasta los niños. La "comisión evaluadora", en un despliegue de acuciosidad "depuró" la lista de los 70 candidatos y la redujo como le vino en ganas, recomendando sólo a 7. Como era previsible se armó la que se armó. Muchos pusieron verdes a los evaluadores y sus indignados comentarios resonaron en todos los medios de comunicación.
Y como corolario a todo este entuerto, un nuevo anuncio: el presidente se reunirá con los candidatos a magistrados, pero no con todos sino con unos cuantos. Los medios mencionan varios nombres. Algunos están entre los siete y otros no. En otras palabras, como venía decantado desde el principio, siempre hubo una lista "cortísima" y de ella saldrán los escogidos, hayan sido éstos "detectados o no" por los flamantes evaluadores.
En uno de los dos artículos que he escrito anteriormente sobre la designación de los magistrados adelanté que mi lista corta y decía que me conformaría con acertar con uno, por lo menos, con el anuncio que hará (o que ya ha hecho) el presidente de sus escogidos. Como están las cosas, y después de todo lo visto y oído, no me extrañaría haber profetizado por partida doble.