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Fuerzas visitantes: sí o no


Hemos tenido la fortuna de vivir en un período de la historia, acaso el más importante después de nuestra independencia para el encausamiento definitivo de nuestro país. La trascendencia de esta hora no la constituye, precisamente, la caída de una dictadura ni el advenimiento de un nuevo siglo, sino la culminación exitosa de una lucha generacional. La significación de este momento estriba en el despertar de la conciencia individual.
Por primera vez en nuestra historia como país independiente, hemos podido examinarnos interiormente en un justo afán de revalorizaciones y de concienciación, hemos degustado del placer que se siente al ser ciudadanos de un estado soberano, ya que jamás habíamos podido transitar libremente por todo nuestro territorio sin que se nos limitara por leyes ajenas a nuestra nación.
Perfeccionada nuestra soberanía, hemos pasado de simples espectadores a protagonistas en cuyas manos está una parte del presente y del futuro del país; y sería traicionar nuestras esperanzas de mejoramiento si en esta nueva etapa no aceptamos como gobierno responsable estudiar la conveniencia de un convenio de fuerzas visitantes con los Estados Unidos. Ya hemos vivido un año de experiencias sin los gringos. Las consecuencias las estamos palpando en las contingencias políticas del momento: en el aumento de la inseguridad y del narcotráfico; la podemos medir en el desconsolador estado económico de nuestro pueblo; la estamos sintiendo decepcionante y amarga en la inutilidad de nuestros esfuerzos por lograr salir de listas negras que atentan contra nuestra economía y dignidad como nación.
Estamos ante la desoladora realidad de un país cuyo pueblo, en su gran mayoría carente de pan y de trabajo, inutilizado por la ignorancia, implora a su nuevo gobierno que no sacrifique ante mezquinos intereses políticos o ante los reaccionarios de siempre una oportunidad que brinda soluciones a una mayoría. Es necesario que participemos todos en este accionar por la patria, que estrenemos una nueva política de cooperación, si queremos evitar los caminos que nos han agotado y nos han llevado de fracaso en fracaso. Si nuestro destino es mantener una presencia americana en nuestro territorio, somos los más capacitados para lograrlo con la mayor cantidad de beneficios para nuestro pueblo y al menor costo en base a la experiencia que nos brindan 150 años de vida en común.
Si los americanos persisten en su deseo de hacernos socios de la seguridad hemisférica, hay que explicarlo con toda honestidad y sin temor, brindándole a todo el pueblo la oportunidad de decidir y así sabremos quiénes son los que luchan por obtener para el soberano los derechos que se le han negado siempre y quiénes son los interesados en la persistencia de prácticas que lo mantengan, como hasta ahora, incapacitados para toda acción de mejoramiento económico y social.

101 años de Panamá América

 
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