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Fugas, libertad y angustia


Las constantes fugas de nuestras cárceles de sujetos peligrosos, casi siempre con suficiente capacidad económica para sobornar jugosamente a sus custodios, mueven a unas cuantas reflexiones.

Después de la vida y la salud, lo más preciado para el ser humano, y hasta para los animales, es la libertad. La historia está colmada de ejemplos de sacrificios y heroísmo en su defensa desde los más remotos tiempos de la humanidad. De allí que, aún los reos que aceptan por sí mismos que están purgando pena justamente impuesta, aspiren a evadirse de la cárcel.

Desventuradamente para ellos, cuando escapan no habrán logrado mucho con ello. Sencillamente, cambiaron de un fatídico encierro para caer en una vorágine de angustia permanente y sobresaltos. Aunque hayan variado su apariencia y cambiado de nombre y apellido, vivirán una vida nómada en búsqueda de nuevos refugios, pero continuarán siendo prisioneros, sí, prisioneros de un torturante estado anímico implacable y sin reposo, de poco sueño y hasta de un total desvelo.

Por bueno que sea el escondite en que alberguen, los asediarán las 24 horas del día el temor de que al fin y al cabo los alcance el brazo de la justicia; los estarán buscando asidua y permanentemente tanto en el país de la evasión como casi en el resto del mundo por medio de la policía internacional.

Una libertad lograda mediante fuga no puede ser más triste y amarga.

101 años de Panamá América

 
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