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Fujimori y la batalla del 2000


AIPEGanarle a un candidato como Fujimori, quien ha derrotado anteriormente a dos peruanos ilustres como Mario Vargas Llosa y Javier Pérez de Cuéllar, no es tarea sencilla. En primer lugar, porque Fujimori exhibe una serie de innegables logros que cierto sector de la ciudadanía se los va a agradecer eternamente: contuvo la violencia terrorista, le torció el pescuezo a la hiperinflación, reinsertó al Perú en el sistema financiero internacional, firmó la paz con Ecuador y acaba de finiquitar algunos temas pendientes con Chile, entre los principales.
En segundo término, porque Fujimori (y esto no es ninguna virtud) es absolutamente inescrupuloso y maquiavélico en la consecución de sus objetivos. Para allanar el camino de su tercera e inconstitucional postulación ha apelado a recursos nada santos. "Interpretó" la Constitución para dejar la vía libre de su candidatura en las elecciones generales del 2000; destituyó a tres magistrados del Tribunal Constitucional que se oponían a su reelección tartamuda; ha debilitado la institucionalidad política del país a extremos preocupantes; le otorgó enormes poderes a los servicios de inteligencia del Estado, los cuales husmean y espían las conversaciones telefónicas de periodistas y políticos con absoluta impunidad; ha sometido y domesticado a la mayoría de medios de comunicación; y posee todos los recursos del Estado, los que utiliza sin empacho para sus fines reelectorales.
Las principales consecuencias de lo anterior han sido la restricción de las libertades políticas y de prensa para embarcarse en una arriesgada y peligrosa aventura personal sin pestañear en el intento. Tercero, Fujimori, a diferencia de las elecciones anteriores en las que le ganó a nuestro eximio novelista y al prestigioso ex Secretario General de la ONU, ahora tiene frente a sí a dos candidatos de peso liviano: el actual alcalde de

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