Fujimorismo sin Fujimori
El viaje intempestivo de Fujimori a Washington forma parte de una maniobra para inscribir una nueva dicotomía en su discurso político: Fujimori es el bueno, el demócrata, el amigo de los pobres; Montesinos es el malo, el totalitario, el responsable de las violaciones de los derechos humanos. Por tanto, Fujimori debe continuar en la presidencia, porque garantiza la imparcialidad en las nuevas elecciones, mientras que Montesinos debe permanecer fuera del Perú porque es un peligro para la salida democrática.
El análisis del proceso político de Fujimori demuestra que el discurso político washingtoniano está montado sobre un sofisma. El principal responsable de todos los descaecimientos peruanos, desde 1990 a la fecha, es Alberto Fujimori. Montesinos fue pieza importante del engranaje del régimen, desde cuya cúspide el servicio de inteligencia nacional controló los poderes públicos civiles y las fuerzas armadas. Pero el beneficiario individual del sistema totalitario fue y sigue siendo Fujimori. El se está aprovechando de la campaña internacional contra su eminencia gris para desmarcarse del sombrío pasivo del régimen y tomar un nuevo aire como garante del período de transición. Nada menos.
Fujimori viajó a Washington para convencer a la Secretaria de Estado Madeleine Albright y al Secretario General de la OEA, César Gaviria, de su súbita metamorfosis de golpista en golpeado, de totalitario a demócrata. No sé cómo tomó la versión de Fujimori la señora Albright, que no es ninguna ingenua y conoció desde niña en su Checoeslovaquia natal los malabares del totalitarismo. Gaviria, por su lado, lució más preocupado por proteger a su amigo Fujimori que en crear las condiciones reales del futuro democrático del pueblo peruano. Gaviria olvida el Informe de la Misión OEA presidida por el ex canciller Eduardo Stein, que en la víspera de las elecciones de abril, reveló la maquinaria fraudulenta estructurada para que Fujimori manipulara la tercera reelección.
¿En qué se basa Gaviria para proponer que nuevamente Fujimori presida las nuevas elecciones? ¿Se basa en el Informe de la Misión Stein o en las promesas desacreditadas del golpista? ¿Olvidó Gaviria que, en 1992, Fujimori prometió borrar la mancha espesa del autogolpe y revitalizar la democracia peruana, para acabar perpetuándose en el poder con las más viles artimañas? ¿ Se puede extenderle certificado de buena conducta a un golpista contumaz que ahora se siente amenazado por otro golpe militar? ¿Cómo confiar en la versión de un político al que debe evaluarse por sus hechos antes que por sus promesas de reconversión democrática?
Existe una responsabilidad política que Fujimori no puede escamotear porque alentó, protegió y dio manos libres a Montesinos. Stalin, y no Yagoda o Beria, verdugos canjeables, es el responsable histórico de las purgas de la vieja guardia bolchevique, y el asesinato de Trotsky en México. Similarmente, Fujimori deberá rendir cuentas por los "escuadrones de la muerte" que ejecutaron los asesinatos de los estudiantes de la Universidad de la Cantuta y de la pobre gente masacrada en los Barrios Altos; por el descuartizamiento de las agentes de inteligencia Mariela Barreto y las torturas de Leonor La Rosa; por todo lo abominable, indecente e ilegal que se cometió con su conocimiento en cada uno de los días del régimen. Lo más suave que se podría decir de Fujimori es que consintió lo que se hizo y que, como jefe de Estado dotado de autoridad y jurisdicción, no movió un dedo para impedir o sancionar a posteriori los crímenes, las prevaricaciones de los jueces, la destitución de los magistrados del tribunal constitucional que se opusieron a su tercera presidencia, el despojo de los empresarios de TV Genaro Delgado Parker y Baruch Ivcher, las elecciones apócrifas, el acoso y en ocasiones la tortura de periodistas independientes, el destierro de oficiales de las fuerzas armadas, etc. etc. ¿Montesinos actuó por su propia iniciativa o cumplió órdenes?
En la última semana surgieron algunas voces defendiendo al gobierno de Fujimori por el mejoramiento de la economía peruana y la disolución del terrorismo, como argumento para atenuar sus excesos en materia de derechos humanos. Con silogismos análogos, en el pasado hubo quienes justificaban a Pinochet con las ventajas de la economía libre que implantó, después del golpe contra el gobierno de Salvador Allende.
Déjenme decirles que, en su primer período, Fujimori relanzó la economía, controló la inflación y atrajo inversionistas foráneos. Sin embargo, el balance de los diez años de Fujimori deja como saldo estadístico más de un tercio de la población en la pobreza, la tasa de desocupación más alta del siglo, el recrudecimiento de la tuberculosis por la desnutrición, la quiebra de la industria, el comercio, y una banca a punto de la bancarrota. El Perú es un país en venta. El gobierno privatizó bancos, minas, industrias, gas, teléfonos, energía, puertos, etc. Contra lo que piensan los apologistas, la privatización generó desempleo, ineficiencia y sustituyó monopolios públicos por monopolios privados, indiferentes al clamor de los usuarios.
Por otro lado, la captura de Abimael Guzmán fue obra de un pequeño y hostilizado grupo de detectives, al mando del Coronel Benedicto Jiménez, creado en el gobierno anterior. El comando policial bajo Fujimori los satirizaba llamándoles "buscafantasmas" y los privó de recursos. Gracias al apoyo económico de Estados Unidos, los detectives del coronel Jiménez perseveraron en su paciente y desdeñado trabajo hasta detener al líder de Sendero Luminoso. Fujimori y Montesinos fueron sorprendidos por la captura de Guzmán, pero se precipitaron a reclamar los laureles de una falsa victoria.
El operativo de rescate de la embajada de Japón fue planificado y ejecutado por el general Nicolás Hermoza como comandante general del Ejército, y, probándolo, publicó el libro "Operación Chavín de Huántar", que montó en cólera al egocéntrico Fujimori, y más tarde se deshizo del general que le armó el golpe del 92, reduciendo la troika a binomio con Montesinos.
Fujimori está preparando el "fujimorismo sin Fujimori", como reveló su hija Keiko el domingo por televisión, y apoyará desde la presidencia al candidato que le prometa o garantice la impunidad cuando concluya su gobierno. Otra vez, desde la presidencia de la república, podrá digitalizar a los miembros del tribunal electoral, podrá controlar a los jueces, maquinará a la fuerza armada, deshaciéndose de los generales de la promoción de Montesinos, para que gane el candidato que le cubra las espaldas.
Pongamos las cosas en perspectiva. Montesinos es el árbol. Fujimori el bosque. No permitamos que se embosque los electores peruanos con los juegos de la mitomanía fujimorista. El "fujimorismo sin Fujimori" está en marcha. "Guerra avisada no mata gente", como dicen en Perú.
El análisis del proceso político de Fujimori demuestra que el discurso político washingtoniano está montado sobre un sofisma. El principal responsable de todos los descaecimientos peruanos, desde 1990 a la fecha, es Alberto Fujimori. Montesinos fue pieza importante del engranaje del régimen, desde cuya cúspide el servicio de inteligencia nacional controló los poderes públicos civiles y las fuerzas armadas. Pero el beneficiario individual del sistema totalitario fue y sigue siendo Fujimori. El se está aprovechando de la campaña internacional contra su eminencia gris para desmarcarse del sombrío pasivo del régimen y tomar un nuevo aire como garante del período de transición. Nada menos.
Fujimori viajó a Washington para convencer a la Secretaria de Estado Madeleine Albright y al Secretario General de la OEA, César Gaviria, de su súbita metamorfosis de golpista en golpeado, de totalitario a demócrata. No sé cómo tomó la versión de Fujimori la señora Albright, que no es ninguna ingenua y conoció desde niña en su Checoeslovaquia natal los malabares del totalitarismo. Gaviria, por su lado, lució más preocupado por proteger a su amigo Fujimori que en crear las condiciones reales del futuro democrático del pueblo peruano. Gaviria olvida el Informe de la Misión OEA presidida por el ex canciller Eduardo Stein, que en la víspera de las elecciones de abril, reveló la maquinaria fraudulenta estructurada para que Fujimori manipulara la tercera reelección.
¿En qué se basa Gaviria para proponer que nuevamente Fujimori presida las nuevas elecciones? ¿Se basa en el Informe de la Misión Stein o en las promesas desacreditadas del golpista? ¿Olvidó Gaviria que, en 1992, Fujimori prometió borrar la mancha espesa del autogolpe y revitalizar la democracia peruana, para acabar perpetuándose en el poder con las más viles artimañas? ¿ Se puede extenderle certificado de buena conducta a un golpista contumaz que ahora se siente amenazado por otro golpe militar? ¿Cómo confiar en la versión de un político al que debe evaluarse por sus hechos antes que por sus promesas de reconversión democrática?
Existe una responsabilidad política que Fujimori no puede escamotear porque alentó, protegió y dio manos libres a Montesinos. Stalin, y no Yagoda o Beria, verdugos canjeables, es el responsable histórico de las purgas de la vieja guardia bolchevique, y el asesinato de Trotsky en México. Similarmente, Fujimori deberá rendir cuentas por los "escuadrones de la muerte" que ejecutaron los asesinatos de los estudiantes de la Universidad de la Cantuta y de la pobre gente masacrada en los Barrios Altos; por el descuartizamiento de las agentes de inteligencia Mariela Barreto y las torturas de Leonor La Rosa; por todo lo abominable, indecente e ilegal que se cometió con su conocimiento en cada uno de los días del régimen. Lo más suave que se podría decir de Fujimori es que consintió lo que se hizo y que, como jefe de Estado dotado de autoridad y jurisdicción, no movió un dedo para impedir o sancionar a posteriori los crímenes, las prevaricaciones de los jueces, la destitución de los magistrados del tribunal constitucional que se opusieron a su tercera presidencia, el despojo de los empresarios de TV Genaro Delgado Parker y Baruch Ivcher, las elecciones apócrifas, el acoso y en ocasiones la tortura de periodistas independientes, el destierro de oficiales de las fuerzas armadas, etc. etc. ¿Montesinos actuó por su propia iniciativa o cumplió órdenes?
En la última semana surgieron algunas voces defendiendo al gobierno de Fujimori por el mejoramiento de la economía peruana y la disolución del terrorismo, como argumento para atenuar sus excesos en materia de derechos humanos. Con silogismos análogos, en el pasado hubo quienes justificaban a Pinochet con las ventajas de la economía libre que implantó, después del golpe contra el gobierno de Salvador Allende.
Déjenme decirles que, en su primer período, Fujimori relanzó la economía, controló la inflación y atrajo inversionistas foráneos. Sin embargo, el balance de los diez años de Fujimori deja como saldo estadístico más de un tercio de la población en la pobreza, la tasa de desocupación más alta del siglo, el recrudecimiento de la tuberculosis por la desnutrición, la quiebra de la industria, el comercio, y una banca a punto de la bancarrota. El Perú es un país en venta. El gobierno privatizó bancos, minas, industrias, gas, teléfonos, energía, puertos, etc. Contra lo que piensan los apologistas, la privatización generó desempleo, ineficiencia y sustituyó monopolios públicos por monopolios privados, indiferentes al clamor de los usuarios.
Por otro lado, la captura de Abimael Guzmán fue obra de un pequeño y hostilizado grupo de detectives, al mando del Coronel Benedicto Jiménez, creado en el gobierno anterior. El comando policial bajo Fujimori los satirizaba llamándoles "buscafantasmas" y los privó de recursos. Gracias al apoyo económico de Estados Unidos, los detectives del coronel Jiménez perseveraron en su paciente y desdeñado trabajo hasta detener al líder de Sendero Luminoso. Fujimori y Montesinos fueron sorprendidos por la captura de Guzmán, pero se precipitaron a reclamar los laureles de una falsa victoria.
El operativo de rescate de la embajada de Japón fue planificado y ejecutado por el general Nicolás Hermoza como comandante general del Ejército, y, probándolo, publicó el libro "Operación Chavín de Huántar", que montó en cólera al egocéntrico Fujimori, y más tarde se deshizo del general que le armó el golpe del 92, reduciendo la troika a binomio con Montesinos.
Fujimori está preparando el "fujimorismo sin Fujimori", como reveló su hija Keiko el domingo por televisión, y apoyará desde la presidencia al candidato que le prometa o garantice la impunidad cuando concluya su gobierno. Otra vez, desde la presidencia de la república, podrá digitalizar a los miembros del tribunal electoral, podrá controlar a los jueces, maquinará a la fuerza armada, deshaciéndose de los generales de la promoción de Montesinos, para que gane el candidato que le cubra las espaldas.
Pongamos las cosas en perspectiva. Montesinos es el árbol. Fujimori el bosque. No permitamos que se embosque los electores peruanos con los juegos de la mitomanía fujimorista. El "fujimorismo sin Fujimori" está en marcha. "Guerra avisada no mata gente", como dicen en Perú.