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Función educativa


A través de los años como estudiante, luego como docente y en algunos que otros momentos a lado y lado de la balanza en forma simultánea, pude convivir en escenarios donde expectativas y crudas realidades gestan un fenómeno que resulta casi incomprensible para aquellos que viven al otro extremo de un sistema educativo que hoy se debate entre la búsqueda de la excelencia y las sendas del modernismo, trasladando a un segundo plano el aspecto humano, a expensas de promover un esquema de valores cuantitativo que deforma el individuo desde sus albores académicos; pues lo evoca a una desmesurada y vertiginosa carrera por alcanzar méritos basados en índices y no la entereza.

Estas circunstancias me llevaron a un análisis reflexivo de hechos, como por ejemplo: la superioridad en los niveles de afianzamiento académico y cultural alcanzados por nuestros antecesores en medio de las limitantes tecnológicas propias de la época, sus carencias socioeconómicas e incluso, el manifiesto déficit de mecanismos para el intercambio de la información; todo ello apunta a una diferencia marcada por la aptitud, el espíritu emprendedor y en muchos casos autodidacta que éstas personas asumieron frente al reto de alcanzar la cima.

Entonces, ¿sobre quién debe recaer la responsabilidad de la desmitificación de la educación nacional? Para muchos y en defensa del sitial que en el momento ocupan, la culpa es del Estado y el Sistema; para otros menos, la etiología del mal radica en erráticas políticas administrativas implementadas, las cuales no han hallado asidero en un recurso humano (docente) capaz de estimular el aprendizaje de sus Estudiantes. El hecho es que no sólo equivocamos la implementación de los correctivos para solventar esta crisis latente, nuestro máxime desatino fue haber atribuido el móvil del perjuicio a la cabeza del sistema, y no reconocer que se trataba de una calamidad focalizada en la interioridad de los sujetos de la educación: Los estudiantes y nuestros hogares.

Por qué entonces sumergirnos en un mar de de disyuntivas y entretejidas contradicciones acerca de la efectividad o no de los “cambios vanguardistas” introducidos en materia didáctica, pedagógica o andragógica, como por ejemplo: la apoteósica “Transformación y Modernización Curricular”, la controversial “Integración”, la difusión masiva de las afamadas TIC (Técnicas de la Informática y la Comunicación); en fin, un paquete importado de “Reformas educativas”, de cuya etiqueta del país de origen sólo alcanzo a leer la expresión: (¿Made in…?), pues carecen de un linaje definido; es decir, fueron diseñadas para una realidad construida de impredecibles ficciones y que, como docente o estudiante, toca seguir buscando con paciencia el propósito oculto de sus gestores y defensores.

Sólo cuando nuestros hogares se conviertan nuevamente en santuarios educativos de primer orden y en esta medida reasuman su rol formador de rasgos culturales y morales; entonces como sociedad estaremos abriendo paso a la concepción de un individuo perspicaz, diáfano y artífice de su propio destino. Estaremos en la dirección inequívoca hacia un sistema educativo perceptible, creador de valores, equilibrado y que gravite en función de las necesidades presentes y futuras del país.

101 años de Panamá América

 
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