Funcionarios, ¿sirven al público o a sus jefes?
Cuando Ricardo Martinelli fue director del Seguro Social, trató de cambiar la noción del asegurado, por la de "cliente" y "dueño". Se dio cuenta que la raíz del pésimo trato que dispensaba la institución a los pacientes y al público que asistía a diario en busca de servicios de salud y otros, era que médicos, enfermeras, auxiliares y funcionarios estaban y siguen convencidos que hacen un favor a los asegurados y beneficiarios. No duró mucho en el cargo.
Con esa errónea concepción metida entre ceja y ceja, los funcionarios tratan a las patadas a cuanto cristiano acuda a una cita o tenga la desgracia de caer enfermo u hospitalizado. La grosería es la norma y el maltrato la regla. Todos son unos ignorantes. No tienen idea que el asegurado es su jefe, quien paga sus salarios y a quien deben su existencia.
El mismo problema se extiende al resto del aparato estatal. Cada funcionario ubicado tras un escritorio o ventanilla, tiene la idea equivocada que quienes hacen fila o aguardan turno frente a él son un rebaño, presto a ser errado. ¡Se equivoca! Cada uno de ellos es su jefe en persona, el soberano que lo mantiene en su puesto y permite que lleve a casa su pan diariamente y, más que eso, el que puso al mismísimo presidente de la República y a sus ministros y jefes en el encumbrado cargo que ocupan.
"Del otro lado de la calle", como diría la magistrada Graciela Dixon, está el público, quien permite -por ignorancia también- el maltrato. Más que nunca tiene que ejercer sus derechos con autoridad de jefe que es, aunque con respeto por el servidor público, pero jamás con sumisión; porque lo que él requiere cada vez que acude a un despacho público es un derecho que paga y le cuesta. Mire cada quien su ficha de seguros o talonario de planilla, el número de cuotas, el acumulado y su descuento de impuesto sobre la renta; y la próxima vez, saque cada uno el pecho y exija con autoridad su derecho al funcionario, que no es una gracia, limosna o favor.
Con esa errónea concepción metida entre ceja y ceja, los funcionarios tratan a las patadas a cuanto cristiano acuda a una cita o tenga la desgracia de caer enfermo u hospitalizado. La grosería es la norma y el maltrato la regla. Todos son unos ignorantes. No tienen idea que el asegurado es su jefe, quien paga sus salarios y a quien deben su existencia.
El mismo problema se extiende al resto del aparato estatal. Cada funcionario ubicado tras un escritorio o ventanilla, tiene la idea equivocada que quienes hacen fila o aguardan turno frente a él son un rebaño, presto a ser errado. ¡Se equivoca! Cada uno de ellos es su jefe en persona, el soberano que lo mantiene en su puesto y permite que lleve a casa su pan diariamente y, más que eso, el que puso al mismísimo presidente de la República y a sus ministros y jefes en el encumbrado cargo que ocupan.
"Del otro lado de la calle", como diría la magistrada Graciela Dixon, está el público, quien permite -por ignorancia también- el maltrato. Más que nunca tiene que ejercer sus derechos con autoridad de jefe que es, aunque con respeto por el servidor público, pero jamás con sumisión; porque lo que él requiere cada vez que acude a un despacho público es un derecho que paga y le cuesta. Mire cada quien su ficha de seguros o talonario de planilla, el número de cuotas, el acumulado y su descuento de impuesto sobre la renta; y la próxima vez, saque cada uno el pecho y exija con autoridad su derecho al funcionario, que no es una gracia, limosna o favor.