Futuro incierto cuando baje el petróleo
Caracas (AIPE) - Quien viva en Venezuela puede sospechar, a veces, que una gigantesca máquina del tiempo nos ha retrotraído de pronto a un pasado difícil de olvidar. Los precios del petróleo están por las nubes, alentados por restricciones de los productores de la OPEP, pero el gobierno, con la avalancha de dinero que recibe, no logra hacer que esa riqueza se convierta en una reactivación de la economía y en bienestar para la población. Como en 1974, en 1980 o en 1990, los déficit fiscales se evaporan gracias a la continua inyección de petrodólares, pero una economía estancada parece incapaz de absorber productivamente esos ingresos y despertar de la profunda recesión en que se encuentra.
Hay, por supuesto, algunas obvias diferencias con lo ocurrido en años anteriores, pero hay también otra similitud crucial que llama profundamente la atención: la política económica que hoy se sigue en el país es prácticamente la misma que se ejecutaba en los años dorados del "crecimiento hacia adentro", del cepalismo y del "estado promotor del desarrollo". Se imponen restricciones cuantitativas y licencias de importación, se elevan los aranceles y se dificulta por diversas vías el comercio internacional, se presentan gigantescos planes de desarrollo, se acumulan grandes reservas en divisa para mantener el valor de la moneda, se expone sin recato un discurso populista que promueve falsas expectativas y promesas a una población que -aquí sí hay una diferencia importante- se halla sumida en un proceso de empobrecimiento que no tiene parangón casi en el mundo.
La inversión privada, ya sea interna o externa, grande o pequeña, está reducida casi al mínimo concebible. Nadie arriesga sus capitales en un país donde el estado se reserva para sí lo mejor de la economía, donde tiene la facultad de intervenir cuando quiere y como quiere, donde el discurso político exaltado del presidente crea continuamente un clima de aguda confrontación y nos promete navegar por el mismo "mar de felicidad" que recorre el pueblo cubano. No es de extrañar entonces que, habiendo escasa confianza en la gestión del país y soportando la presencia de un estado tan extendido como ineficiente, la economía no despegue y el desempleo continúe en aumento.
Tan mala es la situación económica que soportamos -con un descenso en el PIB del 7,2%, un desempleo superior al 15% y una inflación del 20%- que hasta la enorme popularidad del presidente Chávez ha comenzado a mermar. Se están produciendo serias fracturas en el movimiento político que lo apoya, hay malestar en el ámbito sindical y la gente empieza a cambiar gradualmente de opinión acerca de su gestión como gobernante. Es frecuente escuchar ahora que el gobierno "no hace nada", que la inseguridad nos agobia y que hay evidentes casos de corrupción entre los más connotados personeros del chavismo.
El presidente goza todavía de un amplio respaldo que, aunque cada vez menos entusiasta, podría asegurarle lo que se llama su "relegitimación" en las próximas elecciones de mayo. Pero su electorado, aunque leal, no puede dejar de sentir la deprimente realidad de estancamiento que se vive: tarde o temprano habrá de exigirle que cumpla sus promesas, que pase de las palabras a los hechos.
Cuando los precios del petróleo bajen, y habrán de bajar, ineluctablemente, según la lógica del mercado, Chávez se encontrará políticamente desamparado. La situación económica, ya mala, empeorará aún más y se verá obligado a gobernar con recursos mucho menores que los actuales, enfrentando la necesidad de realizar las reformas que el país viene postergando desde hace ya demasiado tiempo. ¿Tendrá la valentía de realizarlas y del dar el amplio viraje que reclamará la hora? De las dudas que hay sobre la respuesta a esta pregunta, en vista de su poca capacidad para entender los problemas de la economía, surge la incertidumbre sobre el futuro de un país que espera ansioso la superación de su profundo estancamiento. Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.
Hay, por supuesto, algunas obvias diferencias con lo ocurrido en años anteriores, pero hay también otra similitud crucial que llama profundamente la atención: la política económica que hoy se sigue en el país es prácticamente la misma que se ejecutaba en los años dorados del "crecimiento hacia adentro", del cepalismo y del "estado promotor del desarrollo". Se imponen restricciones cuantitativas y licencias de importación, se elevan los aranceles y se dificulta por diversas vías el comercio internacional, se presentan gigantescos planes de desarrollo, se acumulan grandes reservas en divisa para mantener el valor de la moneda, se expone sin recato un discurso populista que promueve falsas expectativas y promesas a una población que -aquí sí hay una diferencia importante- se halla sumida en un proceso de empobrecimiento que no tiene parangón casi en el mundo.
La inversión privada, ya sea interna o externa, grande o pequeña, está reducida casi al mínimo concebible. Nadie arriesga sus capitales en un país donde el estado se reserva para sí lo mejor de la economía, donde tiene la facultad de intervenir cuando quiere y como quiere, donde el discurso político exaltado del presidente crea continuamente un clima de aguda confrontación y nos promete navegar por el mismo "mar de felicidad" que recorre el pueblo cubano. No es de extrañar entonces que, habiendo escasa confianza en la gestión del país y soportando la presencia de un estado tan extendido como ineficiente, la economía no despegue y el desempleo continúe en aumento.
Tan mala es la situación económica que soportamos -con un descenso en el PIB del 7,2%, un desempleo superior al 15% y una inflación del 20%- que hasta la enorme popularidad del presidente Chávez ha comenzado a mermar. Se están produciendo serias fracturas en el movimiento político que lo apoya, hay malestar en el ámbito sindical y la gente empieza a cambiar gradualmente de opinión acerca de su gestión como gobernante. Es frecuente escuchar ahora que el gobierno "no hace nada", que la inseguridad nos agobia y que hay evidentes casos de corrupción entre los más connotados personeros del chavismo.
El presidente goza todavía de un amplio respaldo que, aunque cada vez menos entusiasta, podría asegurarle lo que se llama su "relegitimación" en las próximas elecciones de mayo. Pero su electorado, aunque leal, no puede dejar de sentir la deprimente realidad de estancamiento que se vive: tarde o temprano habrá de exigirle que cumpla sus promesas, que pase de las palabras a los hechos.
Cuando los precios del petróleo bajen, y habrán de bajar, ineluctablemente, según la lógica del mercado, Chávez se encontrará políticamente desamparado. La situación económica, ya mala, empeorará aún más y se verá obligado a gobernar con recursos mucho menores que los actuales, enfrentando la necesidad de realizar las reformas que el país viene postergando desde hace ya demasiado tiempo. ¿Tendrá la valentía de realizarlas y del dar el amplio viraje que reclamará la hora? De las dudas que hay sobre la respuesta a esta pregunta, en vista de su poca capacidad para entender los problemas de la economía, surge la incertidumbre sobre el futuro de un país que espera ansioso la superación de su profundo estancamiento. Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.