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Galeano y el opio de los pueblos


UNA NOCHE de 1974 llegó rodando hasta Panamá Eduardo Galeano. No recuerdo a qué vino ni cómo me cité con él en el Hotel Panamá, donde platicamos sobre tantos temas, especialmente de nuestros objetivos en las negociaciones con Estados Unidos.
Ya Galeano era Galeano, el de Las Venas Abiertas de América Latina. Yo sólo era funcionario de la carrera diplomática nombrado como Asesor de Política Exterior por invitación de Omar Torrijos.
Al final, intercambiamos libros: yo salí ganando porque Eduardo me autografió un ejemplar de Las Venas Abiertas y porque, además, añadió el dibujo de un puerquito junto a su firma. Yo le autografié un ejemplar de, El Canal de Panamá, Calvario de un Pueblo, que era justamente la vena más abierta que tenía entonces América Latina.
No lo vi más hasta cuando viajé a Porto Alegre, Brasil, en enero de 2003, para participar en el Tercer Foro Social Mundial.
Durante una marcha multitudinaria, alguien me susurró, "van a presentar esta noche un libro pero no pasés la voz". Pensé, "no voy" porque había potencialmente más de cien mil asistentes. Sin embargo fui, mejor dicho, fuimos, porque el licenciado Vicente Archibold, coordinador de Serpaj-Panamá, me acompañó.
Llegamos temprano para asegurar asientos y, ¡sorpresa!, fuimos los primeros en llegar, de modo que echamos un vistazo al libro que hacía su debut. Su autor, Gianni Minà. Co-autores: Manuel Vásquez Montalbán, Adolfo Pérez Esquivel, Danielle Miterrand, Ignacio Ramonet, Baltasar Garzón, Mario Soares, Frei Betto, Lula da Silva, Noam Chomsky, Rigoberta Menchú y otros. Su título, Un Mundo Mejor es Posible. Su presentador, Eduardo Galeano.
El primer ejemplar lo compré yo, y allí estamparon sus autografías Ignacio Ramonet, Frei Betto y Gianni Minà. La presentación que hizo Eduardo Galeano, desarrollada con deliciosa improvisación, es una de las piezas más exquisitas que he disfrutado.
Al terminar lo envolvió un torbellino. "¡Hola Julio!", me dijo. "Aún tengo tu libro, El Calvario, sobre mi escritorio.."Te fue mejor que a mí", le repuse. "El tuyo alguien me lo pidió prestado con todo y chanchito, y no me lo ha devuelto".
Cuento esto como pretexto para cederle el resto del espacio a Galeano, quien ha escrito, ¿El Opio de los Pueblos? (www.rodelu.net), que reproduzco a continuación:
"¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.
"En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan". Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencia sobre el tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en que la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del "78.
"El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.
"En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.
"Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.
"Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió "este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre.".
Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, Segunda Edición, Siglo Veintiuno Editores, México, 1995.

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