Generación del 58, el Canal y los ideales
¿Es posible hablar de generaciones? Por supuesto que sí. Si me baso en el libro del profesor Ricardo Arturo Ríos Torres y Luis Felipe Ríos Torres, Los Rostros del Tiempo, editado por el Círculo de Lectura de la USMA, las generaciones pueden determinarse por acontecimientos políticos. Y la generación del 58, una generación de jóvenes que tuvo la valentía de plantar banderas panameñas en la antigua Zona del Canal el 2 de mayo de 1958, pasará a la historia como una de las generaciones más idealistas de nuestra República. Ideales e idealismo no han faltado en el país. Otros intelectuales y políticos, que han sido intérpretes de sus respectivas generaciones y del país, como Diógenes de la Rosa, Harmodio Arias, Octavio Méndez Pereira, Demetrio Porras, Guillermo Andreve, y otros ilustres panameños, han enarbolado lo panameño con sus aciertos y desaciertos. Puede decirse que esta generación del 58, el ímpetu de su aparición en la escena política, significó la necesidad de replantear para el país el fenómeno de lo político, tanto con los poderes públicos nacionales, como con la presencia norteamericana.
En el ensayo La Generación del 58 y el Movimiento Estudiantil, Ricardo Arturo Ríos Torres, partícipe beligerante de esta generación, está claro que el idealismo de estos jóvenes fue un motor que movilizó energías, poniendo sus vidas a la disposición de sus ideales nacionales, un canal para los panameños, y lograron estampar con su genio y su valentía la necesidad de levantarnos como nación.
Como escritor que soy, es decir, como panameño que me especializo en el mundo de la creación literaria, sé lo importante que significa para un país, y para el individuo mismo, asumir retos ideales. Un individuo sin ideales, una nación sin ideal que la oriente, una colectividad que esté desprovista de una razón ideal, es como caminar sin luz en medio de la oscuridad. Vivir una vida sin ideales es una existencia pobre, rutinaria y aburrida. Ideales hay muchos. Y cada quien sabrá cuál es el mejor para su persona y el país. Una gran característica de la nación panameña ha sido el ideal de la recuperación de la Zona del Canal. Por supuesto, en el fondo de este ideal, está el sueño de hacer una patria, un país que sea libre, democrático, soberano y que le dé oportunidades a todos sus hijos para mejorar su futuro social y económico.
Me atrevería a afirmar que la nación panameña es resultado de un sueño como lo ha sido todo el continente americano. Alfonso Reyes, el filósofo mexicano, en uno de sus ensayos ha demostrado cómo esta América, la América hispana, francesa, e inglesa, es una recreación mitológica que se viene gestando desde la antigüedad griega. Y la nación, el constructo nación, es una invención de la modernidad, en la época en que Europa necesitaba la figura del estado - nación para darle cabida al desarrollo de sus fuerzas culturales, económicas y políticas.
Pero, aunque Europa hoy día ya se cuestiona la forma y la función del estado-nación, no deja de ser cierto que, en nuestro país, llegamos a la modernidad con muchos años de retraso: la soberanía del estado-nación panameño se realizará el 31 de diciembre de 1999. Este retraso con respecto a la modernidad del estado-nación no significa que se abandone el ideal con que tantas generaciones de panameños han soñado y sueñan. Al contrario. Justamente ese atraso le da la validez a ese sueño, una aspiración postergada, que para la generación del 58 era insoportable.
Para esta generación era imprescindible exorcizar la insoportable mutilación de nuestro ser nacional con esa acción tremendamente idealista de plantar banderas en la Zona del Canal el 2 de mayo de 1958. Sólo es necesario ver las fotos que aparecen en el libro Rostros del Tiempo para darse cuenta que, con sembrar banderas, hay algo mucho más profundo que está en juego. No se trata de una identificación con el estado-nación. Tampoco una interiorización de un ideal. Es una simbiosis prácticamente trágica, griega, de esos jóvenes con la nación, es un ideal plato-socrático que entra hasta las médulas de los huesos, y que levanta la nación como un ente eterno, universal y único. Es la puesta en acción de toda una tradición filosófica basada en nuestra cultura greco-romana. Y es en función de esta tradición, que conforma la base cultural de los ideales, que la generación del 58, con todo el ímpetu que la caracterizaba, ofrece hijos que están dispuestos hasta dar sus vidas para cumplir con sus ideales. Por todas estas razones, no es casual, entonces, que esta generación de jóvenes idealistas y beligerantes hayan ofrecido tantos jóvenes que perdieron en circunstancias diferentes sus vidas en el ajetreo de la política nacional, como José Manuel Araúz, Polidoro Pinzón, Ezequiel González Meneses, Ascanio Arosemena, los hermanos Santos Blanco y Floyd Britton, entre otros.
Mientras escribo este artículo, me doy cuenta, a través de las fotos que ilustran el ensayo del profesor Ricardo Ríos Torres, que lo que caracteriza además a esa generación es un detalle que es muy poco tomado en cuenta: ¡ellos tienen un buen sentido de ser elegantes! No me refiero a la plasticidad de verse bien y ser bonitos, sino de algo mucho más profundo, es decir, tenían valores que les daba un aspecto digno, serio y soñador, que se proyectaba incluso hasta en la formalidad con que se vestían hasta para sus reuniones de estudiantes. Es un verdadero placer verlos en las fotos, llenos de vida e ideales, donde reconozco la melancolía en el rostro de Polidoro Pinzón, la picardía y la brillantez en los ojos de Floyd Britton, el ensueñamiento en Andrés Cantillo, la gravedad y seriedad de Carlos Arellano Lennox, y las agradables sonrisas en Virginia Ramírez, Carlos Núñez y Humberto Brugiatti.
Y si bien no me identifico con el hecho de que la vida hay que sacrificarla a los ideales, pues estoy convencido que el ideal más alto que uno puede tener es conservar, respetar y cuidar la vida sobre todos los ideales, ideologías e intereses, no puedo dejar de pensar que esa generación del 58, que supo dar de sus mejores hijos para desarrollar esas energías de idealismo, debe ser honrada con un monumento en la ex zona del Canal, pero no necesariamente con un monumento de bronce o cualquier otro material, sino con el verdadero monumento que recoja sus sueños: la soberanía del Canal de Panamá para todo el pueblo panameño. No es importante que sea nacionalista para afirmar esto, porque no me considero nacionalista bajo ninguna circunstancia, pero sí me considero un ciudadano de este país, un escritor que a su manera sueña con plantar banderas en la ex zona del Canal.
En el ensayo La Generación del 58 y el Movimiento Estudiantil, Ricardo Arturo Ríos Torres, partícipe beligerante de esta generación, está claro que el idealismo de estos jóvenes fue un motor que movilizó energías, poniendo sus vidas a la disposición de sus ideales nacionales, un canal para los panameños, y lograron estampar con su genio y su valentía la necesidad de levantarnos como nación.
Como escritor que soy, es decir, como panameño que me especializo en el mundo de la creación literaria, sé lo importante que significa para un país, y para el individuo mismo, asumir retos ideales. Un individuo sin ideales, una nación sin ideal que la oriente, una colectividad que esté desprovista de una razón ideal, es como caminar sin luz en medio de la oscuridad. Vivir una vida sin ideales es una existencia pobre, rutinaria y aburrida. Ideales hay muchos. Y cada quien sabrá cuál es el mejor para su persona y el país. Una gran característica de la nación panameña ha sido el ideal de la recuperación de la Zona del Canal. Por supuesto, en el fondo de este ideal, está el sueño de hacer una patria, un país que sea libre, democrático, soberano y que le dé oportunidades a todos sus hijos para mejorar su futuro social y económico.
Me atrevería a afirmar que la nación panameña es resultado de un sueño como lo ha sido todo el continente americano. Alfonso Reyes, el filósofo mexicano, en uno de sus ensayos ha demostrado cómo esta América, la América hispana, francesa, e inglesa, es una recreación mitológica que se viene gestando desde la antigüedad griega. Y la nación, el constructo nación, es una invención de la modernidad, en la época en que Europa necesitaba la figura del estado - nación para darle cabida al desarrollo de sus fuerzas culturales, económicas y políticas.
Pero, aunque Europa hoy día ya se cuestiona la forma y la función del estado-nación, no deja de ser cierto que, en nuestro país, llegamos a la modernidad con muchos años de retraso: la soberanía del estado-nación panameño se realizará el 31 de diciembre de 1999. Este retraso con respecto a la modernidad del estado-nación no significa que se abandone el ideal con que tantas generaciones de panameños han soñado y sueñan. Al contrario. Justamente ese atraso le da la validez a ese sueño, una aspiración postergada, que para la generación del 58 era insoportable.
Para esta generación era imprescindible exorcizar la insoportable mutilación de nuestro ser nacional con esa acción tremendamente idealista de plantar banderas en la Zona del Canal el 2 de mayo de 1958. Sólo es necesario ver las fotos que aparecen en el libro Rostros del Tiempo para darse cuenta que, con sembrar banderas, hay algo mucho más profundo que está en juego. No se trata de una identificación con el estado-nación. Tampoco una interiorización de un ideal. Es una simbiosis prácticamente trágica, griega, de esos jóvenes con la nación, es un ideal plato-socrático que entra hasta las médulas de los huesos, y que levanta la nación como un ente eterno, universal y único. Es la puesta en acción de toda una tradición filosófica basada en nuestra cultura greco-romana. Y es en función de esta tradición, que conforma la base cultural de los ideales, que la generación del 58, con todo el ímpetu que la caracterizaba, ofrece hijos que están dispuestos hasta dar sus vidas para cumplir con sus ideales. Por todas estas razones, no es casual, entonces, que esta generación de jóvenes idealistas y beligerantes hayan ofrecido tantos jóvenes que perdieron en circunstancias diferentes sus vidas en el ajetreo de la política nacional, como José Manuel Araúz, Polidoro Pinzón, Ezequiel González Meneses, Ascanio Arosemena, los hermanos Santos Blanco y Floyd Britton, entre otros.
Mientras escribo este artículo, me doy cuenta, a través de las fotos que ilustran el ensayo del profesor Ricardo Ríos Torres, que lo que caracteriza además a esa generación es un detalle que es muy poco tomado en cuenta: ¡ellos tienen un buen sentido de ser elegantes! No me refiero a la plasticidad de verse bien y ser bonitos, sino de algo mucho más profundo, es decir, tenían valores que les daba un aspecto digno, serio y soñador, que se proyectaba incluso hasta en la formalidad con que se vestían hasta para sus reuniones de estudiantes. Es un verdadero placer verlos en las fotos, llenos de vida e ideales, donde reconozco la melancolía en el rostro de Polidoro Pinzón, la picardía y la brillantez en los ojos de Floyd Britton, el ensueñamiento en Andrés Cantillo, la gravedad y seriedad de Carlos Arellano Lennox, y las agradables sonrisas en Virginia Ramírez, Carlos Núñez y Humberto Brugiatti.
Y si bien no me identifico con el hecho de que la vida hay que sacrificarla a los ideales, pues estoy convencido que el ideal más alto que uno puede tener es conservar, respetar y cuidar la vida sobre todos los ideales, ideologías e intereses, no puedo dejar de pensar que esa generación del 58, que supo dar de sus mejores hijos para desarrollar esas energías de idealismo, debe ser honrada con un monumento en la ex zona del Canal, pero no necesariamente con un monumento de bronce o cualquier otro material, sino con el verdadero monumento que recoja sus sueños: la soberanía del Canal de Panamá para todo el pueblo panameño. No es importante que sea nacionalista para afirmar esto, porque no me considero nacionalista bajo ninguna circunstancia, pero sí me considero un ciudadano de este país, un escritor que a su manera sueña con plantar banderas en la ex zona del Canal.