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Género y tercera edad


Una sociedad incapaz de integrar en armonía a todos sus miembros, es una sociedad con lacras. Pero cuando ni siquiera es capaz de integrar de un modo justo, razonable y natural a las distintas generaciones, el problema es mucho más serio, porque implica la ruptura del ser humano con su pasado. La longevidad, es decir, el envejecimiento de la persona es, sin duda, uno de los grandes logros del siglo XX, pues la población mundial agregó 20 años a la vida promedio. Pero constituye un aspecto que también está produciendo retos sin precedentes a la humanidad y a los responsables de la elaboración de políticas públicas, respecto al mantenimiento de la seguridad económica y social de las personas de la tercera edad. Esta transición demográfica, según los estudios, ha elevado la proporción de las personas mayores (60 años y más), en unas pocas generaciones de aproximadamente una 1 por 14 a 1 por 4. Además, en países muy desarrollados se espera que para el año 2030 esta proporción haya alcanzado una tasa de una persona por tres. En ese período, la edad media de la población mundial habrá saltado de 23.4 años en 1950 a 31.1 años en el 2050, es decir, en cerca de ocho años. El programa de Naciones Unidas sobre envejecimiento (en asocio con los gobiernos, agencias especializadas como la OMS y la OIT y otras), trata de encontrar alternativas sobre cómo esta transición demográfica puede ser manejada cuidadosamente para que asegure los derechos y la seguridad de las personas de la tercera edad.
El envejecimiento de la población mundial se inició hace ya algún tiempo y está avanzando a tasas variables; sin embargo, la edad cronológica difiere de la edad funcional, pues algunas personas trabajan productivamente hasta la edad de 70 u 80 años, mientras que otras se retiran más temprano. A pesar de que las tasas más altas de las poblaciones mayores (de 500 millones en 1990 a cerca de 1,500 millones en el 2050), se da en los países desarrollados y aquéllos con economías en transición, será en los países en desarrollo, especialmente en Asia, en los que tendrá mayor crecimiento (en el 2025, unos 858 millones, -72% de las personas de la tercera edad del mundo,- estarán viviendo en los países en desarrollo y hacia el 2030, se proyecta que más de tres cuartos de la población mundial vivirá en regiones industriales, de los cuales más de la mitad estarán en Asia y sólo en China, más de un cuarto de millón).
Hoy, la población de 60 años y más, se estima en una persona por cada 10 en el mundo, con una tasa de género de 302 millones de mujeres contra 247 millones de hombres. Según un estudio del Banco Mundial, una persona de la tercera edad de cada 4, tiene más de 75 años, y dos terceras partes de esa categoría son mujeres. De las mujeres del mundo con 80 años, el 61% vive en regiones desarrolladas; 44% de las mujeres de la tercera edad vive en Asia, 6% en África, y 7% en Latinoamérica y el 43% restante en las regiones desarrolladas. Sin embargo, se estima que hacia el año 2025, la mayoría vivirá en las regiones en desarrollo. En razón de que la transición demográfica está avanzando con mayor rapidez en las regiones en desarrollo, los países deben enfrentar de manera particular, las políticas de desarrollo que aseguren ingreso, vivienda y cuidados de salud a la población que envejece, así como a la participación y a la independencia de estas personas.
Estadísticamente está demostrado que en el mundo entero, la mujer vive más tiempo que el hombre. Las grandes diferencias se encuentran en Europa del Este, en los países Bálticos y en el Asia central. En Rusia, la diferencia a favor de la mujer es de 12 años; en las regiones desarrolladas y el Asia central, la esperanza de vida femenina al nacer es superior a la del hombre entre seis y ocho años. Sin embargo, en muchas regiones en desarrollo las diferencias son menores: la mujer le lleva tres años de vida al hombre en África y tiene la misma esperanza de vida que el hombre en Asia del sur. La proporción de la mujer mayor crece constantemente. Por ejemplo, en las regiones desarrolladas en 1995, el número estimado de las mujeres de 60 años y más representó más del 20% de la población total de las mujeres, mientras que la proporción correspondiente en los hombres fue de 15%. Hacia el 2025, esta proporción en las regiones desarrolladas alcanzará el 27% de la población femenina y los hombres acumularán el 22%.
Los estudios revelan que las mujeres tienden a ser más pobres en la edad avanzada, en comparación con los hombres, por diversas razones: entre ellas, por la desigualdad en las labores del hogar y en el cuidado de los niños/as; por la interrupción de sus carreras debido a las responsabilidades familiares; por la menor inversión en su capacitación y educación; por la discriminación en la fuerza de trabajo y bajos salarios, así como la alta proporción de mujeres viudas, especialmente en los países en desarrollo, que pierden ingresos y beneficios de pensión.
Los gobiernos asignan muy pocos recursos para asistir a las mujeres que, cuando llegan a una cierta edad, ya no pueden encontrar una actividad en una sociedad que sólo tiene espacio para la gente joven. ¿Qué sucede con estas mujeres que envejecen sin profesión? ¿Cuál es su lugar en la sociedad actual? ¿Qué ocurre cuando sus hijos se independizan? Estas son interrogantes a las que los países deberán dar respuestas inmediatas, dado el mayor envejecimiento de la población; de allí que garantizar la seguridad económica es esencial para las mujeres de todas las edades; sin embargo, es fundamental para las de mayor edad por las razones antes señaladas.
En 1990, la ONU estableció en su calendario el 1º. de octubre como el "Día Internacional de las Personas de la Tercera Edad", así como los "Principios de Naciones Unidas sobre las personas de la tercera edad", alentando a los gobiernos a su incorporación lo antes posible, en las políticas y en los programas nacionales.
Estos principios son entre otros: la independencia (acceso a servicios básicos); la participación, el cuidado, la autosuficiencia (acceso a diversas fuentes para el desarrollo personal, cultural, educacional, espiritual y recreaciones); y la dignidad y la seguridad. Estos principios se fundamentan en que: "Las sociedades incluyentes respetan los derechos humanos y las libertades fundamentales, la diversidad cultural y religiosa, la justicia social, la participación democrática y la vigencia de la ley.
Las generaciones más jóvenes y más viejas están habilitadas para dedicarse la una a la otra y compartir los frutos de esa dedicación, guiadas por los principios de reciprocidad y equidad".

101 años de Panamá América

 
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