George Bernard Shaw 1856 – 1950
De este famoso escritor inglés hay muchas anécdotas. Hace dos años nos referimos a él y hoy volvemos con otra.
En una ocasión, mientras escribía en su casa de campo, necesitó de cierto libro que no tenía allí para verificar un dato, pero confiado en que un vecino que era muy dado a la lectura podría tenerlo, con su jardinero le envíó una nota rogándole que se lo prestara si lo tenía. Al rato, el hombre regresó con una nota para él que decía así: ” Me satisface poder prestar un servicio al ilustre escritor G.B. Shaw. Sin embargo, he tenido siempre por norma no dejar salir ningún libro de mi biblioteca. Créame que me sentiré honradísimo si acude usted a mi casa a tomar cuantas notas desee de todos los libros que en ella tengo a su disposición.”
Shaw se tragó la amarga píldora y se abstuvo de acceder a la invitación. Varios meses después recibió a un emisario del vecino quien le explicó que aquel se disponía a regar su jardín pero que no podía hacerlo porque su regadera se le había rajado. Shaw lo invitó a entrar y le solicitó que esperara un momento. Luego se dirigió a su estudio y al rato regresó con una nota para el vecino, la cual decía: “ Me satisface poder ser útil a mi señor vecino. Sin embargo, mi norma rigurosa es no dejar salir ninguna regadera de mi jardín. Y crea, señor vecino, que veré con mucho gusto que venga usted a mi jardín a regar cuanto le apetezca con mis regaderas que pongo todas a su disposición.”
La salida fue ingeniosa, pero desgraciadamente fue un acto de venganza, sentimiento que no enaltece a nadie que lo anide.