Giuseppe Verdi (1813–1901)
Este famoso compositor italiano era muy admirado y popular. Con frecuencia quienes lo reconocían se apresuraban a saludarlo. Se le detuvo tanto en una calle por donde paseaba un día, que llegó a fastidiarse porque le estropeaban el paseo. Se le acercó una señora y le preguntó si él era el maestro Verdi. Y de mal tono respondió:
-Sí, ¿qué quiere?
-Sólo quiero advertirle que lleva el sombrero muy sucio.
Verdi se quitó el sombrero que estaba limpio y mientras lo examinada la dama le dijo: -¡Por fin! No crea que ser el autor de Rigoletto, Il Trovatore, La Traviata y Aida lo autoriza a no descubrirse cuando una dama le habla.
Verdi cayó en cuenta de su error, le sonrió amablemente, y le ofreció el brazo, lo cual ella aceptó y continuaron el paseo juntos.
Como todos sabemos, los músicos, escritores, poetas y pintores, suelen tenerle ojeriza a los críticos por la severidad con que en muchos casos los han tratado y hasta ridiculizándolos.
Verdi, cuando faltaban ya pocos días para el estreno de su ópera "Il Trovatore", entró a una casa de música donde se hallaba un crítico que, refiriéndose a ella, le dijo que le agradecería que le tocara algunos trozos. Accedió gustoso a la solicitud y le tocó uno al piano. Al terminar, el crítico le dijo que no le acababa de gustar. Tocó otro trozo y recibió la misma opinión. Tocó uno más y el resultado fue el mismo. Verdí se levantó y lo abrazó diciéndole: -¡Gracias, amigo mío!
El crítico, sorprendido le preguntó: -¿Gracias? ¿Por qué?
-Porque he escrito una obra que le gustara al público, no a los críticos. Ahora, después de sus opiniones, estoy seguro de que su estreno será un éxito.
Y lo fue.