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Globalización y fuerzas sociales


La globalización impone un nuevo orden transnacional que supedita la soberanía de los estados y sus leyes internas al interés común de la comunidad global. Se trata de un fenómeno universal porque abarca todos los órdenes del ser social e individual.
Así, Pinochet es juzgado con base a leyes y valores que trascienden su fuero patrio. Y la comunidad internacional reconoció el valor de la nueva regla, incluso Chile, su país de origen. Ahora es México quien a petición de España acata la orden de detención contra un supuesto criminal de derechos humanos argentino. La doctrina de la transnacionalización se extiende a América.
Internet es un vasto instrumento de comunicación universal, que igual supera las barreras y regulaciones legales, políticas e ideológicas, en el que nunca el ser humano fue tan libre hasta la anarquía suprema.
Los delitos se han transnacionalizado igual, exigiendo nuevas respuestas de índole colectiva. Las grandes potencias económicas se unen para defender sus intereses e imponer las reglas. Un derecho supranacional cobra fuerza y de allí a la creación de tribunales de ese tipo es cuestión de pocos años.
Los partidos políticos y las ideologías se debilitan, los gobiernos igual, bajo el peso del nuevo dogma de la libertad de un mercado que exige la ausencia de reglas y la absoluta libertad de comercio. Ninguna fuerza llena el vacío, salvo la propia gente en forma de masas populares. La caída de Milosevic en Yugoeslavia fue causada directamente por el pueblo. Son las mismas masas que siguen todas las conferencias del Banco Mundial y demás instituciones financieras internacionales, paralizando las ciudades que les sirven de sede, exigiendo a gritos más sensibilidad social con los pobres. La Organización Mundial de Comercio es el árbitro supremo.
Frente a fuerzas tan aplastantes, se yergue un nuevo movimiento oscilante de las masas de pueblos en cada nación al que ya no mueven las ideologías ni las banderas partidistas, sino los propios intereses y el deseo de supervivencia, aglutinado por una sensación de desamparo ante fuerzas inmensas de las que ni su propio Estado las protege. A fin de cuentas, fueron masas de indígenas las que paralizaron Quito y echaron de la presidencia a Jamil Mahuad, un discípulo de las inflexibles reglas de la globalización, sacado a patadas.
En Panamá ocurre igual pero de modo imperceptible. Los tranques de calles, de gente exigiendo soluciones, es sintomático. Son fuerzas espontáneas que surgen del seno del pueblo, sin abanderamiento partidario ni el llamado de líderes ideológicos.
Frente al nuevo fenómeno de las fuerzas sociales en ebullición, exigiendo sus propios cambios y soluciones, la actitud más inteligente es su canalización y aprovechamiento constructivo. El diálogo es el instrumento más valioso para tratar con él. Un gobernante inteligente le tomará la temperatura por medio de consultas y encuestas. En los años venideros seremos testigos de movimientos populares similares en cada rincón del planeta. Algunos serán reprimidos otros propiciarán cambios. Pero con toda seguridad, después del desorden, ellos contribuirán a darle un rostro más humano a un mundo tan cambiante.


101 años de Panamá América

 
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