Globalización y Responsabilidad: 1. Hacia una ética mundial
A partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín, se manifestó innegablemente, bajo el nombre de globalización, el fenómeno de la unidad de la humanidad en virtud de las tecnologías de la comunicación y de las realidades sobre todo económicas. Se vivió al inicio de la década una euforia, al augurarse el triunfo sin sombras ni tragedias de la economía de mercado y de la democracia representativa, en una versión ingenua y exageradamente neoliberal. Fue la época en que Fukuyama veía esas dos instituciones como marcando "el fin de la historia".
Una década más tarde, conscientes del claroscuro de la globalización -de sus costos y beneficios-, la humanidad busca un nuevo equilibrio. Se ha caído en la cuenta que la globalización necesita "mundializarse", como dice el mexicano Carlos Castillo Peraza, es decir humanizarse en términos de historia, de política y en definitiva de ética. Por ello vale la pena tomar en serio la advertencia que desde el año de 1990 formuló con voz profética el teólogo Hans Küng, en su libro Project Weltethos, traducido al inglés bajo el título: "Global Responsibility, in Search of New World Ethic".
Su tesis fundamental es que el mundo único en el que vivimos sólo puede sobrevivir si no está sujeto a éticas contrapuestas. Este mundo único "no necesita una religión y una ideología unitarias, pero sí necesita normas, valores, ideales y metas que lo reúnan y que le sean obligantes". Küng lleva la exigencia de una ética mundial a su nivel más profundo, el de la interacción entre las religiones humanas, donde la globalización se mundializa plenamente, puesto que allí el globo terráqueo, superando su unidad meramente técnico-económica, llega a ser "este mundo" de seres humanos que desemboca en ese "otro mundo" de seres humanos encontrándose en y con Dios.
Vale la pena, en este fin de siglo y comienzo de un nuevo milenio, que tomemos conciencia de la necesidad de una ética mundial de la responsabilidad global.
Desde 1918 cuando colapsó la sociedad burguesa y el mundo eurocéntrico, estamos, piensa Küng, al comienzo de un cambio de paradigma, de la modernidad a la postmodernidad. Desde ese entonces experimentamos procesos reaccionarios, tales el fascismo y el comunismo. Sentimos el impacto del socialismo de estado y del neocapitalismo, éste último motivado por la auto-gratificación y confiando en la auto-regulación del mercado, que ni conduce necesariamente al equilibrio ni puede suplantar la moralidad.
Los pueblos de Africa y Asia están decepcionados con los factores de la modernidad: la ciencia, sin sabiduría para evitar su abuso; la tecnología, sin energía espiritual para controlar sus consecuencias; la industria, sin un modo de limitar su crecimiento para salvaguardar la ecología; la democracia, sin moralidad para contrarrestar el egoísmo masivo de los poderosos. Se demistifican las ideologías del progreso que pretendían ofrecer explicaciones científicas totales y cuasi-religiosas. La humanidad busca una forma post-comunista y post-capitalista de economía social de mercado y democracia social.
Necesitamos una ética preventiva que nos guíe en las muy peligrosas experiencias de límites tecnológicos que marcan nuestra época, por ejemplo en el uso de la energía atómica, en el desarrollo de las comunicaciones, la polarización socioeconómica Norte-Sur, etc....
La postmodernidad conduce a una sociedad post-industrial. En ella predominan los servicios, una nueva tecnología intelectual y las estructuras de la sociedad del conocimiento y la información con sus nuevas elites tecnológicas. Esta transición puede acarrear una catástrofe ecológica, pero hay signos esperanzadores, como la conversión de la industria de armamentos, la eco-tecnología que recicla el desperdicio, las nuevas fuentes de energía y la fusión en vez de la fisión nuclear, etc. ... Estos signos se conjugan con " la Gran Revolución Europea de 1989", que hizo surgir la esperanza de un mundo no sólo sin guerra, sino pacífico y cooperativo.
Se vislumbra entonces "un nuevo macroparadigma, una nueva y englobante constelación postmoderna". Geopolíticamente es post-eurocéntrica, con una configuración policéntrica de diferentes regiones y una sociedad mundial post-colonial y post-imperialista; económicamente se trata de una economía eco-social de mercado; socialmente, se trata de una sociedad donde predominan los servicios y las comunicaciones, donde se da la igualdad sexual y la relación entre hombres y mujeres se torna asociativa; culturalmente es post-ideológica y orientada hacia el pluralismo y hacia un ecumenismo multi-confesional gracias al diálogo entre las religiones.
Este cambio implica no la destrucción, sino la transformación de valores, hacia una sociedad éticamente responsable, con tecnología al servicio del ser humano, una industria que satisfaga las necesidades humanas de acuerdo con la naturaleza y una forma de democracia que reconcilie la libertad y la justicia. Se tendría una perspectiva de conjunto que equilibre las tendencias racionales y las emocionales de la humanidad y que integre corrientes homogeneizadoras y corrientes heterogeneizadoras en la sociedad. En la postmodernidad se buscaría afirmar lo que tiene de humanista la modernidad, negar sus limitaciones inhumanas y transcenderla en una síntesis con una pluralidad de opciones de vida que no excluya un consenso valorativo integrado.
Esta sociedad postmoderna tiene que recuperar la ética, que la modernidad fue sustituyendo por la ciencia y la tecnología. Se nos replantean las preguntas éticas fundamentales: ¿por qué no hacer el mal? ¿por qué hacer el bien?
El dilema fundamental de cualquiera democracia es cómo acoger un muy amplio pluralismo de visiones del mundo, sin sacrificar un consenso básico de valores que si bien no coinciden estrictamente, se traslapan. Se necesita un consenso mínimo sobre la resolución pacífica de conflictos sociales, el orden económico y legal que hemos de acatar y las instituciones a las que hemos de asentir. Debemos compartir una dirección de vida que sea transnacional y transcultural, basada no en una ética del éxito, en la cual el fin justifica los medios, ni una ética de la disposición, en la cual la motivación se desentiende de las consecuencias, sino una ética de la responsabilidad que conjugue la motivación con las consecuencias. Necesitamos una dirección de vida basada en una responsabilidad global que responda a la pregunta ¿ en qué condiciones podemos sobrevivir como seres humanos, en una tierra habitable, dándole forma humana a nuestra vida individual y social?
Así, como seres humanos tenemos que emplear al máximo nuestro potencial de maneras inéditas para producir la más humana de las sociedades posibles en el más intacto de los medios ambientes posibles. Nuestro sentido de responsabilidad desemboca en una utopía de la esperanza, con la identidad humana entrelazándose con la solidaridad humana. Y la ética así concebida debe sobrepasar el ámbito de lo privado y convertirse en preocupación pública. No sería algo que se añade las decisiones del mercado o al cálculo de costos y beneficios sociales y ecológicos, sino algo que enmarca la acción humana tanto individual como social.
Una década más tarde, conscientes del claroscuro de la globalización -de sus costos y beneficios-, la humanidad busca un nuevo equilibrio. Se ha caído en la cuenta que la globalización necesita "mundializarse", como dice el mexicano Carlos Castillo Peraza, es decir humanizarse en términos de historia, de política y en definitiva de ética. Por ello vale la pena tomar en serio la advertencia que desde el año de 1990 formuló con voz profética el teólogo Hans Küng, en su libro Project Weltethos, traducido al inglés bajo el título: "Global Responsibility, in Search of New World Ethic".
Su tesis fundamental es que el mundo único en el que vivimos sólo puede sobrevivir si no está sujeto a éticas contrapuestas. Este mundo único "no necesita una religión y una ideología unitarias, pero sí necesita normas, valores, ideales y metas que lo reúnan y que le sean obligantes". Küng lleva la exigencia de una ética mundial a su nivel más profundo, el de la interacción entre las religiones humanas, donde la globalización se mundializa plenamente, puesto que allí el globo terráqueo, superando su unidad meramente técnico-económica, llega a ser "este mundo" de seres humanos que desemboca en ese "otro mundo" de seres humanos encontrándose en y con Dios.
Vale la pena, en este fin de siglo y comienzo de un nuevo milenio, que tomemos conciencia de la necesidad de una ética mundial de la responsabilidad global.
Desde 1918 cuando colapsó la sociedad burguesa y el mundo eurocéntrico, estamos, piensa Küng, al comienzo de un cambio de paradigma, de la modernidad a la postmodernidad. Desde ese entonces experimentamos procesos reaccionarios, tales el fascismo y el comunismo. Sentimos el impacto del socialismo de estado y del neocapitalismo, éste último motivado por la auto-gratificación y confiando en la auto-regulación del mercado, que ni conduce necesariamente al equilibrio ni puede suplantar la moralidad.
Los pueblos de Africa y Asia están decepcionados con los factores de la modernidad: la ciencia, sin sabiduría para evitar su abuso; la tecnología, sin energía espiritual para controlar sus consecuencias; la industria, sin un modo de limitar su crecimiento para salvaguardar la ecología; la democracia, sin moralidad para contrarrestar el egoísmo masivo de los poderosos. Se demistifican las ideologías del progreso que pretendían ofrecer explicaciones científicas totales y cuasi-religiosas. La humanidad busca una forma post-comunista y post-capitalista de economía social de mercado y democracia social.
Necesitamos una ética preventiva que nos guíe en las muy peligrosas experiencias de límites tecnológicos que marcan nuestra época, por ejemplo en el uso de la energía atómica, en el desarrollo de las comunicaciones, la polarización socioeconómica Norte-Sur, etc....
La postmodernidad conduce a una sociedad post-industrial. En ella predominan los servicios, una nueva tecnología intelectual y las estructuras de la sociedad del conocimiento y la información con sus nuevas elites tecnológicas. Esta transición puede acarrear una catástrofe ecológica, pero hay signos esperanzadores, como la conversión de la industria de armamentos, la eco-tecnología que recicla el desperdicio, las nuevas fuentes de energía y la fusión en vez de la fisión nuclear, etc. ... Estos signos se conjugan con " la Gran Revolución Europea de 1989", que hizo surgir la esperanza de un mundo no sólo sin guerra, sino pacífico y cooperativo.
Se vislumbra entonces "un nuevo macroparadigma, una nueva y englobante constelación postmoderna". Geopolíticamente es post-eurocéntrica, con una configuración policéntrica de diferentes regiones y una sociedad mundial post-colonial y post-imperialista; económicamente se trata de una economía eco-social de mercado; socialmente, se trata de una sociedad donde predominan los servicios y las comunicaciones, donde se da la igualdad sexual y la relación entre hombres y mujeres se torna asociativa; culturalmente es post-ideológica y orientada hacia el pluralismo y hacia un ecumenismo multi-confesional gracias al diálogo entre las religiones.
Este cambio implica no la destrucción, sino la transformación de valores, hacia una sociedad éticamente responsable, con tecnología al servicio del ser humano, una industria que satisfaga las necesidades humanas de acuerdo con la naturaleza y una forma de democracia que reconcilie la libertad y la justicia. Se tendría una perspectiva de conjunto que equilibre las tendencias racionales y las emocionales de la humanidad y que integre corrientes homogeneizadoras y corrientes heterogeneizadoras en la sociedad. En la postmodernidad se buscaría afirmar lo que tiene de humanista la modernidad, negar sus limitaciones inhumanas y transcenderla en una síntesis con una pluralidad de opciones de vida que no excluya un consenso valorativo integrado.
Esta sociedad postmoderna tiene que recuperar la ética, que la modernidad fue sustituyendo por la ciencia y la tecnología. Se nos replantean las preguntas éticas fundamentales: ¿por qué no hacer el mal? ¿por qué hacer el bien?
El dilema fundamental de cualquiera democracia es cómo acoger un muy amplio pluralismo de visiones del mundo, sin sacrificar un consenso básico de valores que si bien no coinciden estrictamente, se traslapan. Se necesita un consenso mínimo sobre la resolución pacífica de conflictos sociales, el orden económico y legal que hemos de acatar y las instituciones a las que hemos de asentir. Debemos compartir una dirección de vida que sea transnacional y transcultural, basada no en una ética del éxito, en la cual el fin justifica los medios, ni una ética de la disposición, en la cual la motivación se desentiende de las consecuencias, sino una ética de la responsabilidad que conjugue la motivación con las consecuencias. Necesitamos una dirección de vida basada en una responsabilidad global que responda a la pregunta ¿ en qué condiciones podemos sobrevivir como seres humanos, en una tierra habitable, dándole forma humana a nuestra vida individual y social?
Así, como seres humanos tenemos que emplear al máximo nuestro potencial de maneras inéditas para producir la más humana de las sociedades posibles en el más intacto de los medios ambientes posibles. Nuestro sentido de responsabilidad desemboca en una utopía de la esperanza, con la identidad humana entrelazándose con la solidaridad humana. Y la ética así concebida debe sobrepasar el ámbito de lo privado y convertirse en preocupación pública. No sería algo que se añade las decisiones del mercado o al cálculo de costos y beneficios sociales y ecológicos, sino algo que enmarca la acción humana tanto individual como social.