default

Globalización y Responsabilidad: 2. Aporte de la religiones


De acuerdo con Hans Küng, la globalización implica la transición de un paradigma cultural moderno hacia uno postmoderno. Exige una ética mundial, que nos proporcione el consenso valorativo mínimo indispensable sin el cual se produciría un desastre ecológico o social.
Se dan diversas razones a favor de una ética sin religión, según Küng. No cabe la menor duda, en efecto, que hay gente que de buena fe puede vivir y de hecho vive una moralidad basada solamente en la dignidad humana, comprendida como incluyente de la racionalidad y la responsabilidad. Se entiende así que la libertad para la religión se acompañe también de la libertad con respecto a la religión.
Pero caemos en la cuenta que la racionalidad de la modernidad, a fuerza de radical, se torna fácilmente irracional. La ciencia y la tecnología producen males que no pueden ser superados simplemente por más ciencia y tecnología. Por ello se hace difícil proporcionar exclusivamente sobre la base de la razón y la filosofía la fundamentación de una ética que sea practicable por la mayor parte de la población y también incondicional y universalmente obligante.
Si bien es verdad la religión puede ser una mera proyección psicológica, no es menos verdad que también puede ser el fundamento de una identidad psicológica, de una madurez humana y de una saludable auto-consciencia. Más hondamente todavía, el carácter absoluto y universal de la ética, no puede justificarse sobre la base de la condicionalidad de la realidad humana. "La calidad categórica de la demanda ética, la naturaleza incondicional del deber, explica Küng, no puede fundamentarse en los seres humanos, que están condicionados de muchas maneras, sino sólo en lo que es incondicionalmente: en un Absoluto que pueda proporcionar una significación englobante, la cual abarque y penetre a los individuos, a la naturaleza humana e incluso a toda la sociedad. Eso sólo puede ser la realidad última y suprema, que aunque no puede ser demostrada racionalmente, puede ser aceptada gracias a una confianza racional - cualquiera que sea el nombre que se le dé y la manera como se entienda e interprete en las diferentes religiones". La normatividad basada en Dios, no es una enajenación para el hombre, sino "el fundamento, la garantía y también el límite de la autonomía humana, que no puede deteriorase y convertirse en arbitrariedad humana. El vínculo al infinito, añade Küng, proporciona libertad de cara a todo lo que es finito".
Es un hecho que las religiones pueden presentar las demandas éticas con una autoridad muy diferente a la de una fuente meramente humana. Pues las religiones comunican un horizonte abarcador del sentido a la vida, incluso de cara a la muerte; garantizan valores supremos, normas incondicionales, las más profundas motivaciones y los más altos ideales; pueden favorecer una vivencia de hogar, una confianza, fe, certeza, fortaleza del yo, seguridad y esperanza, es decir una comunidad y lealtad espirituales, y además pueden dar pie a la protesta y resistencia contra la injusticia, sobre la base de la aspiración a lo "totalmente Otro".
Hay por ello un aporte indispensable de las religiones a la ética mundial. De allí que se necesite una coalición de creyentes y no creyentes, en el mutuo respeto y la responsabilidad compartida. Juntos unos y otros pueden resistir al nihilismo y cinismo, para hacer valer el derecho a una vida digna de todos los seres humanos, impedir que aumente tanto la distancia entre países ricos y pobres, como la miseria en las áreas más pobres del Cuarto Mundo, evitar que la prosperidad no se vea contrarrestada por catástrofes ecológicas o migraciones internacionales traumáticas y lograr una sociedad mundial sin guerra.
En esta coalición, los creyentes, a pesar de las diferencias entre sus creencias religiosas, encuentran inspiración en las mismas para promover y reforzar seis perspectivas éticas fundamentales. Primero, consideran el bienestar y la dignidad humanas como el principio básico y la meta de la ética. Segundo, reconocen ciertas máximas fundamentales de humanidad: no matar, no mentir, no robar, no practicar la inmoralidad, respetar a los padres y amar a los hijos. Tercero, buscan un camino ético intermedio y razonable entre el legalismo del cumplimiento automático de las normas y el libertinismo de una atención exclusiva a las situaciones. Cuarto, adoptan como regla incondicional la regla de oro de no hacer a otro lo que no queremos que nos hagan a nosotros mismos. Quinto, ofrecen una motivación moral no sólo por la prédica de ideas, principios y normas, sino además por ejemplo de la personificación de una actitud y estilo de vida en personas, por ejemplo, como Buda, Jesucristo, Confucio o LaoTsé y Mahoma. Sexto, dan un sentido a la vida y a la muerte, incluso cuando la acción moral falla.
Sólo las religiones podrían movilizar a cientos de millones de seres humanos hacia las posiciones que una ética mundial exige para lidiar con algunos de los desafíos que plantea la globalización. Así, por ejemplo, se postula que debemos restringir nuestro poder tecnológico y nuestra gratificación individual para salvaguardar el futuro de la humanidad y que debemos pasar de una economía de más y más a una economía de lo suficiente, para garantizar a la vez que los más pobres y las futuras generaciones tengan oportunidades. Pero, ¿cómo lograr un comportamiento correspondiente de las multitudes sin el aporte de las religiones?
El cristianismo, por su parte, es la religión más afectada por la secularización moderna, pero a la vez aquella a la que más desafía la modernidad. Proporciona la base para posiciones éticas que no se pueden fundamentar en términos puramente empíricos y racionales: la autonomía de la persona humana, su libertad inalienable, la igualdad en principio de todos los hombres y mujeres y la necesaria solidaridad de los unos con los otros. Y a partir de posiciones como éstas, las religiones responden a las exigencias éticas del mundo postmoderno hacia el que la globalización nos conduce: la exigencia de justicia, no sólo libertad, la de pluralismo, no sólo de igualdad, la de solidaridad femenina, no sólo masculina, la de paz, no sólo de coexistencia, la de solidaridad con el medio ambiente, no sólo de productividad, y la exigencia de ecumenismo, no sólo de tolerancia.
"Es probable, concluye Hans Küng, que la conciencia de nuestra responsabilidad global por el futuro de la humanidad nunca ha sido tan grande como lo es ahora. Ya no es posible abstenernos en asuntos de ética...No podemos sobrevivir sin una ética mundial".
¿Lo hemos comprendido en Panamá? Se nos acercan días decisivos para nuestro pueblo y nuestra Nación. Entramos al nuevo siglo y al nuevo milenio a las pocas horas de haber asumido plena responsabilidad por nuestro Canal y a sólo tres años plazo de celebrar nuestro primer centenario de vida independiente. ¿Seguiremos experimentando superficialmente la globalización entre resignados y oportunistas, o comenzaremos a vivirla a fondo con discernimiento, enraizándonos en nuestras respectivas creencias religiosas para encontrar el suplemento de alma que nos permita escoger éticamente nuestro rumbo, asumiendo lo positivo y rechazando lo negativo?

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América