Gobierno es gobierno
Con la expresión de este título suelen terminar los analistas locales toda discusión política sobre las posibilidades de triunfo que tiene el gobierno en las próximas elecciones nacionales. Nadie que se precie de objetivo da una posibilidad, así sea mínima, de éxito a nómina alguna que salga de las filas del oficialismo. De ese modo, transcurridas las primeras semanas del inicio de la campaña, Martín Torrijos, candidato presidencial del opositor PRD y Guillermo Endara, expresidente de la República y disidente salido de las huestes arnulfistas, encabezan cómodamente todas las encuestas sin señal percibible de ceder milímetro alguno al abanderado gobiernista, el arnulfista José Miguel Alemán.
Pese a ese cuadro tétrico para el oficialismo, donde el juego y rejuego de los puntos porcentuales y las opiniones de rechazo que no dejan margen alguno para crecer, todos los analistas y expertos sobre el tema machacan una y otra vez la expresión de cautela: "Gobierno es gobierno".
¿Bueno y qué? El gobierno ha perdido hasta ahora todas las elecciones celebradas desde el restablecimiento de la democracia, incluyendo dos presidenciales, dos legislativas parciales y dos referéndum constitucionales. La experiencia reciente nos enseña que ser gobierno es tener en el bolsillo un boleto seguro a la derrota. Pero aún así, ¿por qué se insiste en que "gobierno es gobierno"? Cuando se intercambian razones se alude a la capacidad del oficialismo de movilizar medios y recursos del aparato estatal para llevar a las urnas cada uno de sus minoritarios votos y para hacerlos contar, y de ser posible, multiplicar como los panes y el vino de los pasajes bíblicos.
Del otro lado, la frase "gobierno es gobierno" alude también a la potestad para quebrar la capacidad de movimiento y el caudal electoral del adversario, restándole dirigentes de base, menoscabando jurados, haciendo sentir el peso del aparato de autoridades locales dispersas a lo largo y ancho de la República. A lo anterior se suma la tendencia a una campaña sucia, que en vez de propuestas intercambie insultos; y a los intentos de llevar el debate político a vías de hecho y violencia, intolerables.
El cuadro que esbozamos conforma lo que puede considerarse el escenario de una elección sucia y fraudulenta que debemos como nación evitar a toda costa. El doctor Ricardo Arias Calderón ha dicho, luego de un prolijo escudriñamiento de la historia de nuestro país, que desde 1903 a 1989 hubo sólo tres torneos electorales limpios. Todos los demás, estuvieron viciados de irregularidades y, cuando no, de fraude descarado.
Afortunadamente, la lucha contra Noriega nos dejó sólidas instituciones de la sociedad civil que siguen atentas para vigilar, denunciar y cuidar que no caigamos en los mismos vicios de antaño. Estemos, pues, atentos para velar por la salud del proceso eleccionario y, una vez superado el trauma electoral, erradiquemos de nuestro sistema democrático los vicios que lo aquejan.
Pese a ese cuadro tétrico para el oficialismo, donde el juego y rejuego de los puntos porcentuales y las opiniones de rechazo que no dejan margen alguno para crecer, todos los analistas y expertos sobre el tema machacan una y otra vez la expresión de cautela: "Gobierno es gobierno".
¿Bueno y qué? El gobierno ha perdido hasta ahora todas las elecciones celebradas desde el restablecimiento de la democracia, incluyendo dos presidenciales, dos legislativas parciales y dos referéndum constitucionales. La experiencia reciente nos enseña que ser gobierno es tener en el bolsillo un boleto seguro a la derrota. Pero aún así, ¿por qué se insiste en que "gobierno es gobierno"? Cuando se intercambian razones se alude a la capacidad del oficialismo de movilizar medios y recursos del aparato estatal para llevar a las urnas cada uno de sus minoritarios votos y para hacerlos contar, y de ser posible, multiplicar como los panes y el vino de los pasajes bíblicos.
Del otro lado, la frase "gobierno es gobierno" alude también a la potestad para quebrar la capacidad de movimiento y el caudal electoral del adversario, restándole dirigentes de base, menoscabando jurados, haciendo sentir el peso del aparato de autoridades locales dispersas a lo largo y ancho de la República. A lo anterior se suma la tendencia a una campaña sucia, que en vez de propuestas intercambie insultos; y a los intentos de llevar el debate político a vías de hecho y violencia, intolerables.
El cuadro que esbozamos conforma lo que puede considerarse el escenario de una elección sucia y fraudulenta que debemos como nación evitar a toda costa. El doctor Ricardo Arias Calderón ha dicho, luego de un prolijo escudriñamiento de la historia de nuestro país, que desde 1903 a 1989 hubo sólo tres torneos electorales limpios. Todos los demás, estuvieron viciados de irregularidades y, cuando no, de fraude descarado.
Afortunadamente, la lucha contra Noriega nos dejó sólidas instituciones de la sociedad civil que siguen atentas para vigilar, denunciar y cuidar que no caigamos en los mismos vicios de antaño. Estemos, pues, atentos para velar por la salud del proceso eleccionario y, una vez superado el trauma electoral, erradiquemos de nuestro sistema democrático los vicios que lo aquejan.