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Gobierno, protestas y democracia


Trabajadores y maestros han realizado, por estos días, protestas en la ciudad capital y algunos otros puntos del país. La democracia en la que vivimos hace veinte años las permiten, porque el rejuego de las ideas es su esencia. Como en otras ocasiones, lo que no parece estar claro es la forma que esas protestas deben adoptar. Una cosa es la protesta cívica, reiterada, elocuente y bien argumentada, y otra la violencia y a intolerancia como esquema de lucha. Pese a lo que algunos pueden pensar y difundir, la última no reafirma a la primera; por el contrario son condiciones que se excluyen mutuamente.

Claro que la adopción de una u otra define igualmente los objetivos en juego. Para quienes apelan a las formas democráticas de protestas se trata de mejorar el sistema, de corregir rumbos o eliminar injusticias. Para quienes recurren a la violencia es un reto a las instituciones establecidas, la destrucción del sistema, acabar con el gobierno. En un escenario como el registrado esta semana cabe preguntarse… ¿la democracia ha cerrado espacios para las protestas pacíficas? ¿los reclamos cívicos son desoídos por las autoridades? No cabe duda de que los pesos y contrapesos de la democracia tienen caminos y espacios para los reclamos ciudadanos. Lo que no tiene cabida son las acciones violentas, ante las cuales el Estado tiene el derecho legítimo de defender las instituciones, la libre circulación de los ciudadanos y la estabilidad de la sociedad. Y eso no está en juego.

101 años de Panamá América

 
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