¡Gracias, Juan Pablo II!
No obstante su edad y sus dolencias, el Papa Juan Pablo II sigue sembrando luz y esperanza, y suscitando amor por donde pasa. Al contemplar su frágil figura, todos quisiéramos estar a su lado para sostenerlo respetuosamente durante las largas ceremonias litúrgicas. Sabemos, sin embargo, que ese anciano frágil y tembloroso es, en cierta forma el hombre más poderoso e influyente de la tierra. Su nombre no figura en las listas de Fortune. Es monarca de un minúsculo Estado que no figura en el Mapa Mundi. Su ejército lo integran soldados admirados por su vestimenta mas sin capacidad defensiva. Su poder no se deriva ni de riquezas ni de la capacidad de imponer sus decisiones por la fuerza, sino en la facultad de comunicar su visión optimista de la historia y por la autenticidad de su entrega al servicio de la humanidad. Su poder se fundamenta en la fórmula más pragmática y eficaz del quehacer político: servir es reinar.. o dicho de otra manera: "El que quiera ser el primero, que se haga servidor de los demás".
Juan Pablo II no solamente ha sido "servidor de los servidores de Dios", como reza uno de sus títulos, sino servidor de todos los seres humanos, sin distingo de raza, de edad o de sexo. Por eso no debemos esperar a que Juan Pablo II haya concluido su existencia para reconocer y celebrar su obra. Debemos manifestarle nuestro agradecimiento ahora cuando aún camina entre nosotros sembrando esperanza para que, en esta fase doliente de su existencia, se sienta reconfortado y, en cierta forma, comience desde ahora a gozar de su bien merecida recompensa. Debemos estudiar sus escritos y analizar sus gestos.
Karol Wojtyla, con su porte viril y sonriente, ha sido desde sus años mozos una figura cautivadora y convincente.
Como joven sacerdote y obispo, Karol Wojtyla luchó por la justicia y la libertad. Como pastor de campesinos y de obreros, sufrió y denunció ese fenómeno inhumano y horrendo que ha sido el comunismo.
Como Pontífice, levantó su voz profética hasta derribar los vergonzosos muros que dividían a los pueblos de Europa y con igual fuerza ha denunciado los abusos del capitalismo salvaje y de una globalización sin frenos.
Al arrodillarse humilde y penitente ante los hornos crematorios y ante el Muro de Lamentaciones, ha realizado los gestos más elocuentes y más fraternos que se han hecho desde la Iglesia Católica hacia nuestros hermanos judíos.
Su piadosa visita a una mezquita ha propiciado la confianza entre cristianos y musulmanes más que ningún otro gesto. Su estricto apego a la ortodoxia doctrinal y moral no le ha impedido abrazarse y orar no sólo con representantes de otras confesiones cristianas sino también con budistas, musulmanes, judíos, sintoístas, animistas, etc. porque sabe que Dios es Padre de todos los hombres, aunque no sean creyentes. Sus más de noventa viajes a todas las latitudes lo ha convertido en peregrino de la paz y de la fraternidad universal, en defensor de los pobres, en flagelador de todas las injusticias y en perdonador de todas las injurias. Por eso, cuando recorre las calles y plazas de ciudades y pueblos del mundo entero no sólo acuden a saludarlo los ciudadanos bien pensantes y prósperos, sino también mendigos harapientos, drogadictos, vagabundos, pecadores y prostitutas.
En su viaje a Toronto para presidir la Jornada Mundial de la Juventud, los jóvenes del mundo entero se aprestan con ilusión a acudir a su llamado. No sabemos si tendrán que contentarse con ver de lejos a un anciano encorvado y tembloroso o si - como sucedió en Roma hace dos años - nos sorprenderá nuevamente a todos irguiéndose con vigor y hablando con voz potente. Juan Pablo II, en efecto, representa la eterna juventud no sólo de la Iglesia de Cristo sino de la humanidad misma, en la que perdura la fuerza inagotable de vida que le infundiera el Creador. Por eso y por mil razones más, debemos los ciudadanos de todo el mundo, creyentes o no, viviendo en democracia o bajo dictaduras, decir - con palabras y con hechos - a este hombre excepcional, quizás el más magnánimo y generoso que hayamos conocido: ¡Gracias Juan Pablo II! ¡Todos te queremos porque tú nos has amado y servido a todos!
* Fundador de la CPDH.
(joségonzalez79@hotmail.com)
Juan Pablo II no solamente ha sido "servidor de los servidores de Dios", como reza uno de sus títulos, sino servidor de todos los seres humanos, sin distingo de raza, de edad o de sexo. Por eso no debemos esperar a que Juan Pablo II haya concluido su existencia para reconocer y celebrar su obra. Debemos manifestarle nuestro agradecimiento ahora cuando aún camina entre nosotros sembrando esperanza para que, en esta fase doliente de su existencia, se sienta reconfortado y, en cierta forma, comience desde ahora a gozar de su bien merecida recompensa. Debemos estudiar sus escritos y analizar sus gestos.
Karol Wojtyla, con su porte viril y sonriente, ha sido desde sus años mozos una figura cautivadora y convincente.
Como joven sacerdote y obispo, Karol Wojtyla luchó por la justicia y la libertad. Como pastor de campesinos y de obreros, sufrió y denunció ese fenómeno inhumano y horrendo que ha sido el comunismo.
Como Pontífice, levantó su voz profética hasta derribar los vergonzosos muros que dividían a los pueblos de Europa y con igual fuerza ha denunciado los abusos del capitalismo salvaje y de una globalización sin frenos.
Al arrodillarse humilde y penitente ante los hornos crematorios y ante el Muro de Lamentaciones, ha realizado los gestos más elocuentes y más fraternos que se han hecho desde la Iglesia Católica hacia nuestros hermanos judíos.
Su piadosa visita a una mezquita ha propiciado la confianza entre cristianos y musulmanes más que ningún otro gesto. Su estricto apego a la ortodoxia doctrinal y moral no le ha impedido abrazarse y orar no sólo con representantes de otras confesiones cristianas sino también con budistas, musulmanes, judíos, sintoístas, animistas, etc. porque sabe que Dios es Padre de todos los hombres, aunque no sean creyentes. Sus más de noventa viajes a todas las latitudes lo ha convertido en peregrino de la paz y de la fraternidad universal, en defensor de los pobres, en flagelador de todas las injusticias y en perdonador de todas las injurias. Por eso, cuando recorre las calles y plazas de ciudades y pueblos del mundo entero no sólo acuden a saludarlo los ciudadanos bien pensantes y prósperos, sino también mendigos harapientos, drogadictos, vagabundos, pecadores y prostitutas.
En su viaje a Toronto para presidir la Jornada Mundial de la Juventud, los jóvenes del mundo entero se aprestan con ilusión a acudir a su llamado. No sabemos si tendrán que contentarse con ver de lejos a un anciano encorvado y tembloroso o si - como sucedió en Roma hace dos años - nos sorprenderá nuevamente a todos irguiéndose con vigor y hablando con voz potente. Juan Pablo II, en efecto, representa la eterna juventud no sólo de la Iglesia de Cristo sino de la humanidad misma, en la que perdura la fuerza inagotable de vida que le infundiera el Creador. Por eso y por mil razones más, debemos los ciudadanos de todo el mundo, creyentes o no, viviendo en democracia o bajo dictaduras, decir - con palabras y con hechos - a este hombre excepcional, quizás el más magnánimo y generoso que hayamos conocido: ¡Gracias Juan Pablo II! ¡Todos te queremos porque tú nos has amado y servido a todos!
* Fundador de la CPDH.
(joségonzalez79@hotmail.com)