Grave miopía de EEUU hacia América Latina
Washington/AIPE.- Recientemente, el periodista Andrés Oppenheimer comentó que la política de Estados Unidos hacia América Latina está funcionando en piloto automático. Según Oppenheimer, tanto los republicanos como los demócratas se mantienen aferrados a varias nuevas bases de la política de Estados Unidos hacia la región.
Estas nuevas bases incluyen el área de libre comercio de las Américas, el multilateralismo, la defensa colectiva de la democracia y la presión por la democracia en Cuba. Además, estas nuevas bases se mantendrían en el futuro,
sin importar que el presidente de Estados Unidos sea del Partido Demócrata o del Partido Republicano.
Desde Washington, sin embargo, lo que Oppenheimer describe como política funcionando en autopiloto se perfila más bien como un proceso confuso, administrado de manera casuística por diferentes entes federales, tales como los departamentos de Estado, del Tesoro, Comercio, Agricultura, Justicia y Defensa.
Cada uno de esos entes federales persigue agendas económicas y políticas muy particulares, y tales agendas con frecuencia entran en conflicto, como en el caso de México donde chocan con fuerza las agendas estadounidenses de promover mayor comercio y simultáneamente ganar la muy mal apodada "guerra contra las drogas".
Además, por encima de estas agencias federales no existe actualmente ningún funcionario de la Casa Blanca encargado de coordinar la política exterior de Estados Unidos hacia la región latinoamericana. Hasta la fecha, el presidente Clinton no ha reemplazado a Thomas Mack McLarty, quien hace más de un año abandonó su cargo como enviado especial del presidente Clinton para América Latina.
Mientras tanto, en el Congreso de Estados Unidos la política hacia América Latina padece de un ataque grave de miopía. Veamos lo que piensan y dicen tanto los demócratas como los republicanos acerca de las prioridades del Congreso respecto a América Latina, en los dos últimos años del gobierno de Clinton.
Primero, el consenso bipartidista de que el libre comercio beneficia a Estados Unidos se ha descarrilado en ambos partidos políticos.
Segundo, durante 1999 y probablemente tampoco en el año 2000, el Congreso no renovará la autoridad de "vía rápida" al presidente Clinton, no extenderá los beneficios del TLC/NAFTA a Centroamérica ni el Caribe, no ampliará el TLC/NAFTA ni a Chile ni tampoco a ningún otro país en América del Sur. Tampoco aprobará una iniciativa de libre comercio con Africa.
Desde el punto de vista del Congreso, los temas principales relacionados con América Latina en 1999 incluyen el proceso de certificación, la guerra contra las drogas, el esfuerzo inútil de forzar la dimisión de Fidel Castro, la inmigración ilegal y el tema genéricamente muy amplio de consolidar la democracia en el hemisferio occidental.
Así que más que una política funcionando en autopiloto se trata más bien de una política de Estados Unidos hacia América Latina sin piloto, sin navegante y sin rumbo.
Observamos mujeres con igual capacidad y preparación que el hombre devengando salarios inferiores en comparación con éstos. Aún, a finales de siglo, y pese a todos los avances, en algunas empresas, se prohíbe la contratación de mujeres en edad fértil; o se les contrata bajo la condición de no quedar embarazadas o se les exige pruebas de esterilidad; se les despide si se sospecha embarazo, o simplemente no se les renueva el contrato laboral para evitar los pagos de licencias por el fuero de maternidad, obviando normas establecidas en la Constitución Nacional y el Código de Trabajo, que protegen el derecho de las mujeres al trabajo y el principio de igualdad. La maternidad, sigue siendo un estigma para la propia mujer; en la búsqueda y la estabilidad de empleos pues anualmente cientos de mujeres son despedidas de su trabajo por simple sospecha de embarazo, por acoso y por contraer nupcias, especialmente la trabajadora doméstica.
Mientras la sociedad moderna o actual, no cambie de actitud respecto a la mujer y la considere como ser humano dotado de capacidad y razón; promueva la efectiva igualdad de oportunidades, de derecho y de hecho; valore el espacio que ocupa la mujer en la sociedad y exija una profunda modificación de actitudes respecto al trabajo doméstico, la consecución de igualdad de oportunidades no será efectiva.
Estas nuevas bases incluyen el área de libre comercio de las Américas, el multilateralismo, la defensa colectiva de la democracia y la presión por la democracia en Cuba. Además, estas nuevas bases se mantendrían en el futuro,
sin importar que el presidente de Estados Unidos sea del Partido Demócrata o del Partido Republicano.
Desde Washington, sin embargo, lo que Oppenheimer describe como política funcionando en autopiloto se perfila más bien como un proceso confuso, administrado de manera casuística por diferentes entes federales, tales como los departamentos de Estado, del Tesoro, Comercio, Agricultura, Justicia y Defensa.
Cada uno de esos entes federales persigue agendas económicas y políticas muy particulares, y tales agendas con frecuencia entran en conflicto, como en el caso de México donde chocan con fuerza las agendas estadounidenses de promover mayor comercio y simultáneamente ganar la muy mal apodada "guerra contra las drogas".
Además, por encima de estas agencias federales no existe actualmente ningún funcionario de la Casa Blanca encargado de coordinar la política exterior de Estados Unidos hacia la región latinoamericana. Hasta la fecha, el presidente Clinton no ha reemplazado a Thomas Mack McLarty, quien hace más de un año abandonó su cargo como enviado especial del presidente Clinton para América Latina.
Mientras tanto, en el Congreso de Estados Unidos la política hacia América Latina padece de un ataque grave de miopía. Veamos lo que piensan y dicen tanto los demócratas como los republicanos acerca de las prioridades del Congreso respecto a América Latina, en los dos últimos años del gobierno de Clinton.
Primero, el consenso bipartidista de que el libre comercio beneficia a Estados Unidos se ha descarrilado en ambos partidos políticos.
Segundo, durante 1999 y probablemente tampoco en el año 2000, el Congreso no renovará la autoridad de "vía rápida" al presidente Clinton, no extenderá los beneficios del TLC/NAFTA a Centroamérica ni el Caribe, no ampliará el TLC/NAFTA ni a Chile ni tampoco a ningún otro país en América del Sur. Tampoco aprobará una iniciativa de libre comercio con Africa.
Desde el punto de vista del Congreso, los temas principales relacionados con América Latina en 1999 incluyen el proceso de certificación, la guerra contra las drogas, el esfuerzo inútil de forzar la dimisión de Fidel Castro, la inmigración ilegal y el tema genéricamente muy amplio de consolidar la democracia en el hemisferio occidental.
Así que más que una política funcionando en autopiloto se trata más bien de una política de Estados Unidos hacia América Latina sin piloto, sin navegante y sin rumbo.
Observamos mujeres con igual capacidad y preparación que el hombre devengando salarios inferiores en comparación con éstos. Aún, a finales de siglo, y pese a todos los avances, en algunas empresas, se prohíbe la contratación de mujeres en edad fértil; o se les contrata bajo la condición de no quedar embarazadas o se les exige pruebas de esterilidad; se les despide si se sospecha embarazo, o simplemente no se les renueva el contrato laboral para evitar los pagos de licencias por el fuero de maternidad, obviando normas establecidas en la Constitución Nacional y el Código de Trabajo, que protegen el derecho de las mujeres al trabajo y el principio de igualdad. La maternidad, sigue siendo un estigma para la propia mujer; en la búsqueda y la estabilidad de empleos pues anualmente cientos de mujeres son despedidas de su trabajo por simple sospecha de embarazo, por acoso y por contraer nupcias, especialmente la trabajadora doméstica.
Mientras la sociedad moderna o actual, no cambie de actitud respecto a la mujer y la considere como ser humano dotado de capacidad y razón; promueva la efectiva igualdad de oportunidades, de derecho y de hecho; valore el espacio que ocupa la mujer en la sociedad y exija una profunda modificación de actitudes respecto al trabajo doméstico, la consecución de igualdad de oportunidades no será efectiva.