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Guararé, Festival y Centenario


La centuria a la que arriba Panamá resulta un adecuado pretexto para cavilar sobre la trascendencia del evento folclórico guareño y destacar el aporte interiorano que ha hecho posible conmemorar tan significativo acontecimiento. Así es, porque los istmeños somos el producto colectivo de diversos grupos étnicos que pueblan nuestra geografía. En el caso de Guararé, la población nació a la vida nacional en el siglo XVIII y desde entonces ha adquirido una fisonomía cultural que comparte con el resto de los pueblos de Azuero.
El siglo XIX le vio en sus luchas por la autonomía municipal y al producirse la separación colombiana ya existe en la comarca un grupo humano que ha logrado estructurarse en torno a la capilla pueblerina y la plaza colonial. Para este pueblo, el cordón umbilical con el mundo vino a representarlo el puerto y, a partir de los años veinte, la carretera que construyera el Dr. Belisario Porras, el mandatario más preclaro de la centuria que conmemoramos. En este contexto se dan los tímidos intentos de industrialización municipal que florecen con la producción de tejas, adobes, sal, miel, alcohol y otros productos de indudable impronta criolla. A estas alturas el poblado tiene escuela y arriban los primeros médicos y enfermeras.
Detrás de tales acontecimientos encontramos algo relevante: en Guararé existe un grupo humano con conciencia de su valía. Podrá achacársele una ausencia de perspectiva universal del mundo, pero tal rasgo es consustancial al resto de las poblaciones que atraviesan por similares problemas en un Estado donde casi todo está por hacer; al inicio del siglo XX sobran las manos; pero escasea el liderazgo ilustrado. Por ello, afirmamos que la valía del conglomerado social es de tanta relevancia para el país, porque mientras en nuestros parajes interioranos la gente se zambulle en su cultura de quincha, procesiones, salinas, maizales, violines, acordeones y mejoranas, en la zona de tránsito el canal interoceánico marcará para siempre la historia nacional. En esta época el guarapo comenzará a ser retado por las gaseosas que se mercadean en botellas y el sombreros pintao encuentra en las gorras importadas un competidor feroz.
El punto de arranque del Festival Nacional de la Mejorana, una joya institucional que los guarareños muestran al país como su mayor logro, hay que comprenderlo en este marco socio-histórico al que hemos hecho alusión. La fiesta folclórica no es sólo un evento que debemos al Dr. Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate Espino y su distinguida esposa, así como al tesón de otros preclaros guarareños, ella es la expresión sociológica de una nación que experimentó durante el siglo XX cómo las costumbres y tradiciones fueron corroídas por el avance de valores del utilitarismo y mercantilismo; corrientes que pretendían expandir el mercado interno al costo de la destrucción de la cultura nacional y de las escasas industrias nativas. De lo anterior se colige la relevancia del Festival Nacional de la Mejorana, aunado al homenaje que en la misma fecha se le rinde a la Virgen de las Mercedes. De ese amasijo entre lo religioso y pagano se constituye el emblema que enarbolan los guarareños desde finales de los años "40 del siglo XX, época cuando el evento en mención nace de una consulta popular en el Parque Bibiana Pérez, al estilo de la añeja tradición hispánica del cabildo abierto.
El acontecimiento festivo es una de las manifestaciones populares más tempranas que surgen en el Istmo, como consecuencia de esa alergia cultural que por aquellas calendas sienten los panameños por la presencia anglosajona en tierras istmeñas. No es el primero de tales rechazos populares, porque ya se habían registrado algunos conatos desde mediados del siglo XIX, pero sí se constituye en un sistémico evento popular que logra reunir en el pequeño poblado a las variadas expresiones culturales que hablan indirectamente de la panameñidad vs. el anexionismo cultural exógeno. Acá, en el Festival, el panameño se encuentra con lo suyo y al son de mejoranas, empolleradas, negros congos, bunde y atolladeras, se exorcizan los demonios de la alienación cultural que pregona y defiende la hegemonía extranjera. Importante es el simbolismo que en Guararé adquirieron la mejorana y las carretas como emblemas culturales de un país que se niega a perder su identidad. Ambos, la carreta y los bueyes, llevan sobre sus espaldas, no importa la lluvia septembrina, el estandarte de la dignidad ístmica. El ser nacional pierde aquí sus temores y se reconoce como tal. El éxito es rotundo, desde entonces los festivales pululan por el resto de la geografía nacional y asumen otros nombres para resaltar especialidades regionales (manito, pollera, etc.). Hecho relevante que confirma cómo en nuestras sociedades la madurez de tipo intelectual siempre ha tenido como anticipo y partera de la historia al mismo barro popular con el que se construyen las mejores luchas y a veces se escriben los mejores libros.
Al conmemorarse el primer centenario de vida republicana, aportes como el guarareño hay que justipreciarlo, porque las raíces de lo que ha dado en llamarse la panameñidad debe mucho al tesón de hombres y mujeres que desde el interior tuvieron una visión de patria. En este caso no se trata de un proyecto que surge amamantándose de la ubre estatal, sino que nace del amor al terruño y de ese atisbo de intuición orejana que percibe tempranamente las reales y tangibles amenazas a la cultura popular.
En el Centenario de la República reclamamos para Guararé el mérito de ser un pueblo zapador; él supo colocar su banderilla liberadora, sin traumas ni complejos, y se erigió en portador de un mensaje que habla de un nacionalismo sano, como savia vivificadora que se nutre de las cosas del terruño. Conviene enfatizarlo, para que algunos no caigan en el error de creer que los bancos y canales son la razón de ser istmeña. La realidad sociológica a la que me refiero hay que anteponerla a las exclusivistas concepciones que ven en la biografía de los fundadores de la República el único motivo de regocijo popular. No niego el aporte de tales panameños, pero estoy convencido que el Estado debe mucho a los pueblos como Guararé y a eventos como el Festival Nacional de la Mejorana, porque ambos hicieron posible que el istmeño arribe al siglo XXI con el canal interoceánico revertido y con convicción clara de que podemos seguir existiendo como nación.
  1. 10 /1. Asiste a los actos investidura en enero del presidente de Nicaragua, Enrique Bolaños.

  2. Junio. Sale hacia Nueva York para posteriormente ir a Madrid a la Cumbre de Jefes de Estados y de Gobierno de la Unión Europea.

  3. Julio. Misión privada. Viaja en avión privado en compañía de su hijo.

  4. Septiembre. Nueva York, para conmemorar un año de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y también asiste a Cumbre de la ONU.

  5. Septiembre. Nueva York. Participa en 57 Asamblea General de Naciones Unidas.

  6. Octubre. Fue operada en Estados Unidos para extraerle quistes ováricos de naturaleza benigna.

  7. 6 /12. Estados Unidos, para hacerse una revisión post operación.

  8. Diciembre. Viaja dos veces a Colombia y se reúne con el presidente Alvaro Uribe, para hablar de seguridad fronteriza.


2003
  1. Febrero. Estados Unidos, en compañía de su hijo Ricardo, para atender asuntos familiares y personales.

  2. 4 /4. Costa Rica. Visita privada, acudió a la boda de Gloria Calderón Bejarano, hija del ex presidente Rafael Angel Calderón.

  3. Junio. Washington para reunirse en la Casa Blanca con George Bush.

  4. Julio. Realiza controversial viaje a Mónaco, acompañada de una extensa comitiva

  5. Agosto. Taiwan. Firma de TLC entre Panamá y la República de China.

101 años de Panamá América

 
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