Guerra de Irak divide EU y Europa
La conmemoración del cuadragésimo aniversario del Tratado del Elíseo, que consagró la amistad franco- alemana, después de sus enfrentamientos en las dos guerras mundiales, fue propicia coyuntura diplomática para que Francia y Alemania ratificaran su oposición a un ataque unilateral de Estados Unidos a Irak.
Chirac y Schöreder aspiran a convertir a sus países en el centro de gravedad de Europa. Y como miembros importantes del Consejo de Seguridad de la ONU no esconden su propósito de señalar la posición europea en el conflicto con Irak. Pero Europa también está dividida: Inglaterra, impulsada por el sorprendente ánimo guerrero de Tony Blair, propone el ataque inmediato de consuno con Estados Unidos y ha desplegado tropas y naves en los alrededores del Golfo Pérsico. En tanto, España no se arriesga a tomar posición en el diferendo europeo y adelanta que, ante el hecho inevitable de un ataque a Irak, cedería bases para logística aérea.
¿Se justifica una grieta de esta envergadura en el Tratado del Atlántico Norte, entre sus propios miembros, y frente al aliado norteamericano? ¿ Es tan grave la amenaza del régimen de Sadam Husseim como para forzar la desarticulación de la alianza militar estratégica entre Europa y Estados Unidos? Hasta el momento, aparte del hallazgo de ojivas vacías de armas químicas, los expertos de Naciones Unidas no comprueban la veracidad del alegato del gobierno de George Bush sobre poderío nuclear y bioquímico de Irak.
La fragilidad de la postura de Bush y sus asesores no solventa el desencadenamiento de un conflicto que podría degenerar en conflagración nuclear de imprevisibles consecuencias. Francia y Alemania insisten en los acuerdos militares sobre Irak deben efectuarse dentro de Naciones Unidas, invalidando la unilateralidad norteamericana con el apoyo británico. Rusia, China Popular, Brasil, prefieren el marco de la ONU a las decisiones solitarias de Bush.
En una sesión conjunta de carácter histórico de la Asamblea Nacional Francesa y el Bundestag alemán, Francia y Alemania expusieron su estrategia, con el peso específico de ser los Estados miembros que más bregaron por la unidad europea. La Casa Blanca debe sopesar el precio de la desunión de los aliados.
Chirac y Schöreder aspiran a convertir a sus países en el centro de gravedad de Europa. Y como miembros importantes del Consejo de Seguridad de la ONU no esconden su propósito de señalar la posición europea en el conflicto con Irak. Pero Europa también está dividida: Inglaterra, impulsada por el sorprendente ánimo guerrero de Tony Blair, propone el ataque inmediato de consuno con Estados Unidos y ha desplegado tropas y naves en los alrededores del Golfo Pérsico. En tanto, España no se arriesga a tomar posición en el diferendo europeo y adelanta que, ante el hecho inevitable de un ataque a Irak, cedería bases para logística aérea.
¿Se justifica una grieta de esta envergadura en el Tratado del Atlántico Norte, entre sus propios miembros, y frente al aliado norteamericano? ¿ Es tan grave la amenaza del régimen de Sadam Husseim como para forzar la desarticulación de la alianza militar estratégica entre Europa y Estados Unidos? Hasta el momento, aparte del hallazgo de ojivas vacías de armas químicas, los expertos de Naciones Unidas no comprueban la veracidad del alegato del gobierno de George Bush sobre poderío nuclear y bioquímico de Irak.
La fragilidad de la postura de Bush y sus asesores no solventa el desencadenamiento de un conflicto que podría degenerar en conflagración nuclear de imprevisibles consecuencias. Francia y Alemania insisten en los acuerdos militares sobre Irak deben efectuarse dentro de Naciones Unidas, invalidando la unilateralidad norteamericana con el apoyo británico. Rusia, China Popular, Brasil, prefieren el marco de la ONU a las decisiones solitarias de Bush.
En una sesión conjunta de carácter histórico de la Asamblea Nacional Francesa y el Bundestag alemán, Francia y Alemania expusieron su estrategia, con el peso específico de ser los Estados miembros que más bregaron por la unidad europea. La Casa Blanca debe sopesar el precio de la desunión de los aliados.