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Guerra a la política agrícola europea


Montevideo (AIPE)- El canciller del Uruguay advirtió, en el reciente encuentro entre la Unión Europea y el Mercosur en Portugal, que nuestros países desviarían sus compras desde Europa hacia otros orígenes, si persisten las trabas contra el ingreso de nuestros productos al viejo continente. La misma actitud se manifestó en una conversación que el presidente Batlle sostuvo con el embajador de Estados Unidos algunas semanas antes de asumir, refiriéndose entonces, como es obvio, al proteccionismo de análoga índole que practica aquel país.
Hay que felicitarse tanto por la prontitud como por el énfasis con que la administración Batlle ha encarado este tema fundamental para el futuro de nuestra economía. Es un tema en el cual la razón está íntegramente de nuestro lado. Que, al mismo tiempo, indiscutiblemente propone un objetivo del que nos separan imponentes barreras. stas explican presuntamente por qué razón nuestros gobiernos no le han prestado hasta ahora la atención que merece. No sería ésa, sin embargo, una razón válida para dejarnos estar. Aunque podamos asemejarnos a don Quijote embistiendo contra los molinos de viento, no importa: a empuñar las lanzas y al ataque.
Los sólidos argumentos que apoyan nuestra demanda pueden examinarse mejor a través de un pantallazo histórico. Situémonos en 1840 en Inglaterra. La ventaja de ésta en materia industrial facilitaba una política de tarifas bajas para todo lo manufacturado, siguiendo la doctrina que a partir del último cuarto del siglo XVIII habían propiciado los liberales acaudillados por Adam Smith; en materia de granos, sin embargo, persistían los elevados aranceles provenientes de la época mercantilista. Los denodados esfuerzos de los partidarios del libre cambio general, con el apoyo académico de las obras de Ricardo y Malthus, y el político de Cobden y Bright, resultaron capaces de convertir al primer ministro Robert Peel, del proteccionismo tory (natural en el partido de los terratenientes), hasta el pleno librecambismo y, a través de ello, de hacer votar en 1846 la abolición de los derechos sobre la importación de granos. El éxito de la política, en particular en cuanto a acelerar la industrialización inglesa, permitió extraer a Francia de su fortaleza proteccionista y hacerle celebrar con Inglaterra el tratado Cobden-Chevalier de 1860, que colocaba a los franceses en una situación de apertura equivalente a la de sus vecinos británicos.
Los alemanes, por otra parte, nunca habían practicado una protección elevada, de modo que en 1860 Europa occidental quedó en una posición de franco libre cambio, y sus economías nunca se mostraron más pujantes. Sin embargo, Bismarck, el campeón del dirigismo contemporáneo en Occidente, logró imponer sus inclinaciones proteccionistas en 1879, y arrastró a Francia durante la década siguiente. De ahí el bloque franco-germano favorable al proteccionismo, que marca la integración europea desde el tratado de Roma. Inglaterra, en cambio se mantuvo totalmente abierta a nuestros productos clave -sin que el tratado de Ottawa y la preferencia imperial que instituyó afectaran nuestros intereses significativamente- pero su ingreso al bloque europeo volcó la balanza del lado proteccionista.
Esta política es un atentado abierto a la razón. Contraviene claramente el principio de la ventaja comparativa. Europa está distrayendo recursos humanos y de capital para producir carne y leche, por ejemplo, que con gran ventaja podría dedicar a otros sectores, manufactureros y de servicios, y mejorar notablemente su competitividad importando productos agropecuarios más baratos de nuestros países. Al mismo tiempo la política agrícola europea implica introducir una brecha arbitraria y cruel entre los precios respectivos dentro y fuera de la UE, de modo que el alto nivel de vida de sus agricultores se logra a expensas de la pobreza de los nuestros. Mientras a ellos la palabra solidaridad no se les cae nunca de la boca. Este régimen contra natura, ¿por qué persiste? La respuesta principal es que los granjeros votan. El lobby proteccionista desempeña un papel fundamental, pero, desgraciadamente, hay más que eso. Cobden y Bright también enfrentaron a un fuerte grupo de presión, pero en definitiva éste nada pudo frente a las razones que aquellos esgrimían. Hoy en día el caso europeo es, desgraciadamente, algo más complejo.
Déjenme que les cuente una conversación que tuve en 1970 con un prelado que representaba al Vaticano en los organismos internacionales con sede en Ginebra. Sintiendo que tenía ante mí la oportunidad de resolver un enigma que se me había mostrado impenetrable, me decidí a preguntarle: "¿Siendo así que la encíclica Populorum Progressio traduce la solicitud de Pablo VI por la suerte de los países pobres, ¿cómo es que no contiene ninguna condena contra la política agrícola europea que en muchas regiones es principal responsable de la miseria de la gente?" Mi interlocutor no vaciló un instante en responderme: "Porque sin ella el medio agrícola europeo quedaría mucho más despoblado de lo que ya está hoy, y el Santo Padre ve con honda preocupación la posibilidad de que la reserva de valores morales tradicionales que allí se mantiene pudiera disiparse."
Yo no creo que el proteccionismo sea una solución válida para ese problema, y así se lo dije, pero no es ésa la cuestión. Ella es que hay puntales sociológicos y morales detrás de las barreras arancelarias que hará más difícil derribarlas. Otra dificultad consiste en que no todos los países exportadores de bienes agrícolas sufren las consecuencias con igual intensidad. Los europeos no gravan la entrada de productos que sus agricultores no producen. Por tanto, los productos de la agricultura tropical, como el café y las frutas tropicales, no se ven afectados. ¿Acompañaría entonces Brasil una política que podría encontrar pleno apoyo en Argentina y Uruguay? En caso contrario, nuestra negativa a comprar, ¿representaría para la UE un disuasivo realmente importante? Y, por fin, si estamos pensando en un boicot, ¿cómo dejaríamos fuera a Estados Unidos que comparte en buena medida los pecados europeos? Y, si los ponemos dentro, ¿de dónde importaríamos mientras durase el conflicto? Son aspectos para meditar, pero no para hacernos desistir de la lucha. sta está bien concebida y merece el apoyo general de la ciudadanía.
Presidente de la Sociedad Mont Pelerin, ex presidente del Banco Central de Uruguay.

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