Gunter Grass, el soldado que cambió la literatura alemana
Gunter Grass, periodista, poeta, escultor, pintor, polemista incansable, renovador de la literatura alemana moderna y uno de los intelectuales que marcaron el siglo XX, recibió el Premio Nobel de Literatura, "por haber descrito con fábulas vivaces el rostro olvidado de la historia".
Regeneró la literatura alemana, dijo la Academia Sueca, y su obra revisa la historia de su tiempo, recuerda a los ignorados y olvidados, quien ingresó hace 50 años, en 1949 con su novela "Tambor de Hojalata", al sitio de los grandes y clásicos de la literatura contemporánea.
En la víspera de la entrega del lauro anual de la Academia Sueca, vaticinamos: "el alemán Gunter Grass lo considero un fuerte candidato por su renovada y monumental obra", que dicho sea de paso, esperaba la premiación hace 20 años, "aunque ya se había olvidado" a sus 71 años de edad.
El mundo vuelve la mirada a Alemania, a Deustchland-país de los alemanes-un actor indiscutido en el siglo XX, a quien le debemos la física moderna, Albert Einstein, autores como Bertolt Brecht, Thomas Mann, Herman Hesse, Heinrich Boll (Premio Nobel 1972), el filósofo Martin Heidegger, Karl Marx, músicos, Bethoveen; Johannes Gutenberg (inventor de la imprenta) científicos como Alexander von Humboldt, por sólo citar algunos de los hombres y mujeres que revolucionaron la Historia, las Artes, la Ciencia, Música y la Economía.
Es el poder del Nobel, de la palabra, de la literatura, del trabajo intelectual de un hombre multifacético como Grass, hijo de un tendero alemán y de una polaca, enrolado ante de los veinte años en el ejército nazi de Adolfo Hitler, -hecho prisionero en los albores de la Segunda Guerra Mundial por Estados Unidos-y quien escribiera su obra maestra "El Tambor de Hojalata", en París, Francia.
Allí utiliza la maestría del oficio, ejecuta al nazismo, ironiza, lo despoja de su horror, lo recrea, donde el relator de la gran obra es un enano deforme que decide no crecer y se comunica a través de los redobles de su tambor.
Gunter Grass es un hombre de nuestro tiempo, no pide ni da cuartel, se inmiscuye en las entrañas del siglo XX protegido, armado de sus propias vísceras y recorre, bisturí en mano, el pasado y presente, renueva y remueve al mismo tiempo la Historia. Escribe como periodista, dicta seminarios, viaja y relata la vida en Nicaragua, opina dentro y fuera de su país, no deja que el esqueleto del conformismo se sumerja en el closet del olvido.
La literatura alemana de la posguerra, ha dicho Grass, no puede separarse de la situación política de un país ocupado y dividido del que habían huido sus principales representantes: Mann y Brecht. A la diáspora del intelecto alemán, se sumarían otros pueblos durante este siglo de guerras, exilios, dictaduras, como la chilena, uruguaya, argentina y su antecesora, la española, cuyo país admira tanto el flamante Nobel germano.
Hombre de ideas más allá de la ficción y realidad literaria, sostuvo recientemente que las mejores horas de Europa son aquellas en que se ha mantenido como un crisol de culturas, porque la cultura debe ser el pilar y no un adorno en el Viejo Continente.
La Academia Sueca ha premiado a un hombre de su siglo al concluir el milenio. Una de las más lúcidas conciencias críticas de nuestro tiempo. Grass, sin pelos en la lengua, ha declarado que la historia siempre acaba por atraparnos y es un error ignorarla. Palabras proféticas en el caso de Pinochet y para nuestra reciente, escabrosa y denigrante pequeña historia, latinoamericana, plagada del vicio de la traición y de la sevicia.
El Nobel a Gunter Grass le dará un nuevo impulso a la lengua alemana, emparentada con el danés, noruego, sueco, holandés, flamenco e inglés. Se dice, y no con poca razón, que el idioma sostuvo y unió a la Alemania dividida, y en la actualidad uno de cada diez libros en el mundo está escrito en esa lengua indoeuropea, el alemán. Más de 100 millones de personas en el mundo hablan alemán, países que van desde Italia, Rumania, Suiza, Polonia, Bélgica, Francia a la ex Unión Soviética.
Es la fuerza del idioma y de la literatura, que interpreta, recrea, relata, crea mundos, denuncia y hace patente universos y realidades que nos son comunes y muchas veces aberrantes. Es lo que hizo Grass: escribió desde las ruinas, los escombros, despojos, sobre los fantasmas del nazismo, su locura y enajenación.
Este es el poder de la literatura, si es que tiene alguno: exorcizar el alma colectiva cuando los pueblos caen en el marasmo, como ocurrió con la Alemania bajo el nazismo hitleriano.
No por nada, Johannn Wolfangs Goethe, el autor del "Fausto", quien le vendió el alma al diablo, nació en la gran patria alemana hace 250 años.
Regeneró la literatura alemana, dijo la Academia Sueca, y su obra revisa la historia de su tiempo, recuerda a los ignorados y olvidados, quien ingresó hace 50 años, en 1949 con su novela "Tambor de Hojalata", al sitio de los grandes y clásicos de la literatura contemporánea.
En la víspera de la entrega del lauro anual de la Academia Sueca, vaticinamos: "el alemán Gunter Grass lo considero un fuerte candidato por su renovada y monumental obra", que dicho sea de paso, esperaba la premiación hace 20 años, "aunque ya se había olvidado" a sus 71 años de edad.
El mundo vuelve la mirada a Alemania, a Deustchland-país de los alemanes-un actor indiscutido en el siglo XX, a quien le debemos la física moderna, Albert Einstein, autores como Bertolt Brecht, Thomas Mann, Herman Hesse, Heinrich Boll (Premio Nobel 1972), el filósofo Martin Heidegger, Karl Marx, músicos, Bethoveen; Johannes Gutenberg (inventor de la imprenta) científicos como Alexander von Humboldt, por sólo citar algunos de los hombres y mujeres que revolucionaron la Historia, las Artes, la Ciencia, Música y la Economía.
Es el poder del Nobel, de la palabra, de la literatura, del trabajo intelectual de un hombre multifacético como Grass, hijo de un tendero alemán y de una polaca, enrolado ante de los veinte años en el ejército nazi de Adolfo Hitler, -hecho prisionero en los albores de la Segunda Guerra Mundial por Estados Unidos-y quien escribiera su obra maestra "El Tambor de Hojalata", en París, Francia.
Allí utiliza la maestría del oficio, ejecuta al nazismo, ironiza, lo despoja de su horror, lo recrea, donde el relator de la gran obra es un enano deforme que decide no crecer y se comunica a través de los redobles de su tambor.
Gunter Grass es un hombre de nuestro tiempo, no pide ni da cuartel, se inmiscuye en las entrañas del siglo XX protegido, armado de sus propias vísceras y recorre, bisturí en mano, el pasado y presente, renueva y remueve al mismo tiempo la Historia. Escribe como periodista, dicta seminarios, viaja y relata la vida en Nicaragua, opina dentro y fuera de su país, no deja que el esqueleto del conformismo se sumerja en el closet del olvido.
La literatura alemana de la posguerra, ha dicho Grass, no puede separarse de la situación política de un país ocupado y dividido del que habían huido sus principales representantes: Mann y Brecht. A la diáspora del intelecto alemán, se sumarían otros pueblos durante este siglo de guerras, exilios, dictaduras, como la chilena, uruguaya, argentina y su antecesora, la española, cuyo país admira tanto el flamante Nobel germano.
Hombre de ideas más allá de la ficción y realidad literaria, sostuvo recientemente que las mejores horas de Europa son aquellas en que se ha mantenido como un crisol de culturas, porque la cultura debe ser el pilar y no un adorno en el Viejo Continente.
La Academia Sueca ha premiado a un hombre de su siglo al concluir el milenio. Una de las más lúcidas conciencias críticas de nuestro tiempo. Grass, sin pelos en la lengua, ha declarado que la historia siempre acaba por atraparnos y es un error ignorarla. Palabras proféticas en el caso de Pinochet y para nuestra reciente, escabrosa y denigrante pequeña historia, latinoamericana, plagada del vicio de la traición y de la sevicia.
El Nobel a Gunter Grass le dará un nuevo impulso a la lengua alemana, emparentada con el danés, noruego, sueco, holandés, flamenco e inglés. Se dice, y no con poca razón, que el idioma sostuvo y unió a la Alemania dividida, y en la actualidad uno de cada diez libros en el mundo está escrito en esa lengua indoeuropea, el alemán. Más de 100 millones de personas en el mundo hablan alemán, países que van desde Italia, Rumania, Suiza, Polonia, Bélgica, Francia a la ex Unión Soviética.
Es la fuerza del idioma y de la literatura, que interpreta, recrea, relata, crea mundos, denuncia y hace patente universos y realidades que nos son comunes y muchas veces aberrantes. Es lo que hizo Grass: escribió desde las ruinas, los escombros, despojos, sobre los fantasmas del nazismo, su locura y enajenación.
Este es el poder de la literatura, si es que tiene alguno: exorcizar el alma colectiva cuando los pueblos caen en el marasmo, como ocurrió con la Alemania bajo el nazismo hitleriano.
No por nada, Johannn Wolfangs Goethe, el autor del "Fausto", quien le vendió el alma al diablo, nació en la gran patria alemana hace 250 años.