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Hablando de carnaval


Los tiempos cambian y, como reza el dicho, "ningún cura se acuerda cuando fue sacristán". Llueven las reacciones de condena y repulsa contra lo que consideran son espectáculos denigrantes a cargo de jóvenes de ambos sexos durante la celebración de los carnavales que culminan hoy. Quizás tengan razón, pero no por eso podemos hacer abstracción que, en su mayoría, las críticas vienen de gente de pasadas generaciones, empeñadas en contrastar las virtudes de las celebraciones de antaño con las presentes. Repetimos, quizás tengan razón. Pero sólo quizás.
No es descalificación, pero en buena parte lo que hoy vemos en las calles, plazas y sitios de diversión, que incluye a jovencitas compitiendo en público por ver quién se despoja más de sus prendas íntimas, es producto nuestro, de las pasadas generaciones. Nosotros, por acción u omisión las educamos así o, peor que eso, dejamos que la calle lo hiciera por nosotros, mientras preferimos mirar a otro sitio y rehuir a nuestra responsabilidad de padres o parientes. Cierto, podemos quejarnos, pero sería injusto no dirigir al menos una buena parte del reproche a nosotros mismos.
Desde otro punto de vista, los carnavales son una excelente radiografía de cómo está nuestro cuerpo social por dentro, sin tapujos o, como dice un popular programa televisado de violento y desafiante "rap" criollo, "sin censura". Y luego de observar aquello, debemos reconocer que no lo estamos haciendo bien las pasadas y presentes generaciones de adultos con los jóvenes que ponen el sello a estas celebraciones. Hemos fallado. Así de sencillo.
De otro modo, no sería el grosero "rap", sino música de verdad la que prevalecería; no sería la vulgaridad cruda sino el delicioso doble sentido, y hasta el toque de lo bello lo que se cantaría a coro. Sería, igualmente, la sutil insinuación del vestir que sugiere y no que muestra la grosera desnudez lo que se destacaría. El cuerpo femenino es más bello y trascendente dibujado tras un suave tejido que expuesto a plena luz, cuando el tedio deshará sus encantos haciéndolo trivial y rutinario. Es parte de la educación en la que hemos fallado.
La actual generación es sucia y cochina. Arroja latas, papeles y desperdicio por doquier. Pero en mucha medida también es nuestro espejo. Son, por ejemplo, mucho más los adultos varones que orinan en los hombros de las vías públicas, sin el menor recato de frente al flujo tránsito de vehículos, sin importar que dentro de los vehículos que forzadamente lo observan hay niños, adolescentes y damas. "Que miren a otro lado", es su grito de batalla. ¿Y los decretos y multas alcaldicias? Nada. Son letra muerta. Pero también hemos dejado el resto de los ciudadanos, que los valores sean igual, letra muerta.
Los organismos financieros internacionales, celosos vigilantes del déficit fiscal, que lo han convertido en el parámetro por excelencia para medir los resultados de la gestión fiscal, si hubiera algo de razón en las virulentas críticas levantadas, ya hubieran puesto el grito en el cielo, pero no lo han hecho.
No creo que quienes por razones sectarias han hecho del tema una bandera de campaña política lleguen a aceptar que están equivocados, pero, aunque no lo reconozcan, también creo que a estas alturas no se les escapa que el tema ya no da para más.

101 años de Panamá América

 
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