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Hablar sobre sexualidad


 

 

 

 

 

Hablar sobre sexualidad sin mojigaterías y sin incurrir en la superficialidad o la chabacanería, no es fácil, como ha sucedido con el anteproyecto de Ley sobre Salud Sexual y Reproductiva.

El tema está cargado de la fuerza que la sexualidad humana posee y su análisis requiere no sólo de conocimientos básicos de anatomía y fisiología, sino de los condicionamientos que marcan nuestra manera de ejercerla, incluyendo creencias, costumbres y valores.

La sexualidad humana, a diferencia de la de los animales, no está condicionada exclusivamente por la procreación. Los seres humanos, liberados de la fuerza ciega del celo, somos capaces de dar y recibir placer y de expresar pasión, amor, ternura, intimidad y complicidad a través del sexo.

Sin embargo, la reducción de esta actividad a los fines de la procreación y la connotación negativa y pecaminosa de lo concerniente al sexo tienen un largo y tortuoso camino en el desarrollo de la moral cristiana, influida por corrientes de pensamiento filosófico pagano como el maniqueísmo, que persiste en conceptos relativos a la moral sexual y ha provocado una enorme angustia en los creyentes. Lamentablemente, estas opiniones han conducido a la desobediencia masiva de los católicos, sobre todo en lo relativo al uso de anticonceptivos, afectando la autoridad eclesiástica en otras materias tanto morales como de fe. Por si fuera poco, en medio de esta confusión, pequeños grupos asumen, de manera poco clara, la representación de la Iglesia con la consabida confusión y la innecesaria confrontación.

En una sociedad democrática la discusión de la salud sexual y reproductiva de la población tiene que incluir las opiniones de todos, pero son las autoridades quienes tienen que presentar una propuesta responsable y eso han hecho.

Los niños y adolescentes tienen derecho a una educación integral en sexualidad y reproducción, que incluya el reconocimiento de la trascendencia, el fomento de valores morales, el respeto a su propia dignidad y a la de los otros, de manera apropiada a su edad y nivel escolar.

Nada en el mencionado anteproyecto de ley da acceso al aborto, ni promueve la promiscuidad, ni las prácticas sexuales aberrantes y quienes así lo han afirmado, saben que mienten. Tampoco desconoce el anteproyecto la responsabilidad primordial de los padres en la educación, ni se atenta contra la patria potestad y quienes han utilizado esos argumentos, lo han hecho para confundir.

Lo que sí define la ley es la responsabilidad que tiene el Estado de velar por el acceso a servicios de salud y educación de calidad para todos y todas, y no sólo para los que pueden pagarse los servicios médicos y hospitalarios privados a la hora de planificar su familia o de recibir atención médica en materia sexual y reproductiva.

101 años de Panamá América

 
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