Hace 24 años
Considero que ese plantel educativo debería tenerlo entre la galería de ex alumnos ilustres como un ejemplo a la niñez...
Este 4 de abril ajustamos 24 años de la muerte de un gran sacerdote, un gran panameño, de raíces santaneras, de un humilde siervo del Señor, querido por muchos, extrañado por pocos, y que nunca recibió, aunque tenía demasiados méritos para ello, una condecoración de las muchas que ofertan nuestros gobiernos panameños a ciudadanos que supuestamente se han destacado en los distintos estamentos de la vida del país. Sigo creyendo que este personaje es una condecoración. Hablo del Padre Nicanor Pastor Ramos Villalobos.
Los datos numéricos y vitales de su biografía son: nació el 19 de marzo de 1913 en la Calle 15 Oeste del barrio de Santa Ana de aquellas épocas que era el bastión del arrabal, del pueblo bajo y espeso. Tuve la dicha de conocer a su mamá, una expresión típica de la matrona santanera de entonces, Doña Clotilde. No dudo que dada su piedad y espiritualidad Dios la hubiera premiado con una vocación entre sus cinco hijos varones, quienes fueron Nicanor, Alfonso, Roberto, Mario y Luis (Lucho) Ramos Villalobos. A uno de ellos le apodaron "Facto Ruso". De tantos hermanos descienden varias ramas de un prolífico árbol genealógico, de las cuales he tenido la dicha que conocer a sus numerosas sobrinas y sobrinos, hijos de Lucho.
Tengo que confesar que, a pesar de tener una diferencia de 15 años menos, mantuve una relación amigable, cordial y muy enriquecedora como colegas sacerdotes, como panameños, como jesuitas, como santaneros. De esas conversaciones recuerdo que me dijo que hizo sus estudios primarios en la Escuela Manuel José Hurtado de Calle 14 Oeste en donde fue compañero de futuros políticos barriales, líderes obreros, bomberos y otros. Considero que ese plantel educativo debería tenerlo entre la galería de ex alumnos ilustres como un ejemplo a la niñez del siglo XXI que por esas aulas multitudinariamente asisten en busca de conocimientos y con hambre de idealismos en un país donde la solución o parte de ella, de los males congénitos del país, se hacen necesarios.
Nicanor lógicamente cultivó su vida espiritual y vida de piedad en su parroquia de Santa Ana histórica en donde fraternizó con los distintos sacerdotes párrocos recordados que por esa famosa sede religiosa tenían a su cuidado la cura pastoral, el Padre Suárez, y Monseñor Eliseo Villarreal y otros ilustres, uno de los cuales lo orientó hacia el Seminario Arquidiocesano de entonces, en donde fue compañero de los recordados Monseñor Sergio López Cuervo, Monseñor Juan de Dios Porcell y del Padre José María Correa, todos parte de nuestra Historia Eclesiástica Local.
En su camino espiritual se encontró con el Padre Jesuita Vicente Pardo, de la parroquia de San Francisco de Asís del Casco Viejo y descubrió que dentro de su vocación sacerdotal el Señor lo llamaba a servirle dentro de la orientación de Ignacio de Loyola, y haciendo maletas cruzó el charco hacia la España de los años 30.
Dio su nombre a la Compañía de Jesús el 27 de junio de 1930 e hizo sus votos del bienio en 1932. Los Jesuitas fueron expulsados de España y nuestro Nicanor tuvo que continuar sus estudios en Marneffe y luego en Tournai, Bélgica.
Por primera vez lo conocí, desde lejos, en 1938, en el catecismo de la Iglesia de San Francisco dirigiendo el canto colectivo del Ave María, aquella espigada figura llevando el tiempo musical 4 x 4 en el aire con una acuciosidad que lo caracterizó en todo su proceder. Ya desde entonces impresionó por su austeridad y su coherencia. Su afición a la liturgia y rúbricas y a la exactitud en todo lo que fueran reglas y asuntos de Iglesia.
Fungió como parte del elenco formador del Seminario San José de la Montaña de San Salvador como "maestrillo" (estudiante jesuita en formación dedicado a la educación por un trienio).
Concluidas estas labores, continuó su carrera hacia el sacerdocio nuevamente en España dedicándose al estudio de la Teología Escolástica en Oña, Burgos, antiguo monasterio habilitado para estudiantes de Teología. Fue ordenado el 30 de julio de 1944, lejos de su gente y nuevamente retornó al país en 1946. De ahí fue uno de los miembros fundadores del Colegio Javier en 1947.
Luego, con una disponibilidad increíble en esos tiempos, alternó posiciones dentro y fuera de los trabajos de la orden entre Panamá y El Salvador.
Nunca terminaremos de reconocerle sus méritos y su santidad.
Este 4 de abril ajustamos 24 años de la muerte de un gran sacerdote, un gran panameño, de raíces santaneras, de un humilde siervo del Señor, querido por muchos, extrañado por pocos, y que nunca recibió, aunque tenía demasiados méritos para ello, una condecoración de las muchas que ofertan nuestros gobiernos panameños a ciudadanos que supuestamente se han destacado en los distintos estamentos de la vida del país. Sigo creyendo que este personaje es una condecoración. Hablo del Padre Nicanor Pastor Ramos Villalobos.
Los datos numéricos y vitales de su biografía son: nació el 19 de marzo de 1913 en la Calle 15 Oeste del barrio de Santa Ana de aquellas épocas que era el bastión del arrabal, del pueblo bajo y espeso. Tuve la dicha de conocer a su mamá, una expresión típica de la matrona santanera de entonces, Doña Clotilde. No dudo que dada su piedad y espiritualidad Dios la hubiera premiado con una vocación entre sus cinco hijos varones, quienes fueron Nicanor, Alfonso, Roberto, Mario y Luis (Lucho) Ramos Villalobos. A uno de ellos le apodaron "Facto Ruso". De tantos hermanos descienden varias ramas de un prolífico árbol genealógico, de las cuales he tenido la dicha que conocer a sus numerosas sobrinas y sobrinos, hijos de Lucho.
Tengo que confesar que, a pesar de tener una diferencia de 15 años menos, mantuve una relación amigable, cordial y muy enriquecedora como colegas sacerdotes, como panameños, como jesuitas, como santaneros. De esas conversaciones recuerdo que me dijo que hizo sus estudios primarios en la Escuela Manuel José Hurtado de Calle 14 Oeste en donde fue compañero de futuros políticos barriales, líderes obreros, bomberos y otros. Considero que ese plantel educativo debería tenerlo entre la galería de ex alumnos ilustres como un ejemplo a la niñez del siglo XXI que por esas aulas multitudinariamente asisten en busca de conocimientos y con hambre de idealismos en un país donde la solución o parte de ella, de los males congénitos del país, se hacen necesarios.
Nicanor lógicamente cultivó su vida espiritual y vida de piedad en su parroquia de Santa Ana histórica en donde fraternizó con los distintos sacerdotes párrocos recordados que por esa famosa sede religiosa tenían a su cuidado la cura pastoral, el Padre Suárez, y Monseñor Eliseo Villarreal y otros ilustres, uno de los cuales lo orientó hacia el Seminario Arquidiocesano de entonces, en donde fue compañero de los recordados Monseñor Sergio López Cuervo, Monseñor Juan de Dios Porcell y del Padre José María Correa, todos parte de nuestra Historia Eclesiástica Local.
En su camino espiritual se encontró con el Padre Jesuita Vicente Pardo, de la parroquia de San Francisco de Asís del Casco Viejo y descubrió que dentro de su vocación sacerdotal el Señor lo llamaba a servirle dentro de la orientación de Ignacio de Loyola, y haciendo maletas cruzó el charco hacia la España de los años 30.
Dio su nombre a la Compañía de Jesús el 27 de junio de 1930 e hizo sus votos del bienio en 1932. Los Jesuitas fueron expulsados de España y nuestro Nicanor tuvo que continuar sus estudios en Marneffe y luego en Tournai, Bélgica.
Por primera vez lo conocí, desde lejos, en 1938, en el catecismo de la Iglesia de San Francisco dirigiendo el canto colectivo del Ave María, aquella espigada figura llevando el tiempo musical 4 x 4 en el aire con una acuciosidad que lo caracterizó en todo su proceder. Ya desde entonces impresionó por su austeridad y su coherencia. Su afición a la liturgia y rúbricas y a la exactitud en todo lo que fueran reglas y asuntos de Iglesia.
Fungió como parte del elenco formador del Seminario San José de la Montaña de San Salvador como "maestrillo" (estudiante jesuita en formación dedicado a la educación por un trienio).
Concluidas estas labores, continuó su carrera hacia el sacerdocio nuevamente en España dedicándose al estudio de la Teología Escolástica en Oña, Burgos, antiguo monasterio habilitado para estudiantes de Teología. Fue ordenado el 30 de julio de 1944, lejos de su gente y nuevamente retornó al país en 1946. De ahí fue uno de los miembros fundadores del Colegio Javier en 1947.
Luego, con una disponibilidad increíble en esos tiempos, alternó posiciones dentro y fuera de los trabajos de la orden entre Panamá y El Salvador.
Nunca terminaremos de reconocerle sus méritos y su santidad.