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¿Hacia dónde va nuestra juventud?


En los últimos años se ha podido apreciar con dolor la forma acelerada como se está perdiendo nuestra juventud, aquella que tiene el compromiso moral de forjar el destino de Panamá.
Es alarmante ver cómo están cayendo en las garras del vicio del cigarrillo, el alcohol y las drogas con la excusa vana de pertenecer a un grupo o estar en algo, es común encontrar a menores de edad a altas horas de la noche deambulando por discotecas, centros nocturnos o bares, sin que las autoridades competentes hagan algo al respecto.
Pero este problema no sólo se refleja en la calle sino también en el hogar, donde se han perdido los valores cívicos y morales, el respeto a los padres y a los adultos en general.
Esta juventud está asumiendo una actitud a todas luces peligrosa, donde se refleja lo poco que le interesa superarse o estudiar para obtener un futuro mejor, los índices de fracasos en las escuelas primarias y secundarias son serios y la situación empeora en las universidades, donde los indicadores demuestran la alta tasa de deserción.
Pero esta forma de ser, va ligada a la forma negativa de vestirse y comportarse. Si usted hoy en día acude a un centro de enseñanza se asombrará de ver la manera como estos estudiantes actúan. Solamente tenemos que remontarnos unos quince años atrás y podremos recordar la forma en que se utilizaba el uniforme escolar el cual era sinónimo y orgullo de cada plantel. Hoy encontrará a estudiantes hablando con un vocabulario soez, jovencitas con aretes y maquillaje como si fueran para un concurso de belleza, minifaldas, joyas, etc.. y qué decir de los varones..., pantalones y camisas anchos que parecen prestados y unos cortes de cabellos impresionantes, por mencionar sólo algunas cosas de las tanta que escapan a nuestra mente.
Esta rebeldía juvenil en algunos casos es pasajera, pero en otros determinará su conducta para el resto de sus vidas. Esto no termina aquí, a estos factores que hemos mencionado anteriormente tenemos que agregarle un detonante que ha alarmado a toda la ciudadanía en los últimos días, y es la violencia estudiantil.
Hace escasos días se dio un hecho lamentable que nos da un aviso de lo que sucederá sino tomamos las medidas correctivas urgentes. Se ha vuelto a repetir el ataque de pandillas estudiantiles, las cuales en los últimos años han causado daños materiales y a terceras personas por varios miles de dólares. Ya no basta con enfrentamiento o grescas de estudiantes de un plantel contra otro. Ahora estos facinerosos se han escudado detrás de un uniforme escolar para cometer actos delictivos serios como es el caso del joven que fue atacado recientemente en los predios del Instituto Comercial Panamá luego de unos juegos deportivos, el cual permanece en un centro hospitalario en estado de gravedad. Todo esto ha traído como resultado las amenazas de muerte entre ambos bandos involucrados, lo cual no debemos permitir en ningún momento.
Actos como estos los realizan las pandillas con la intención de delimitar territorios o mostrar supremacía ante sus rivales. Ahora los estudiantes han cambiado la pluma y los libros por los cuchillos y armas de fuego. Si se realizan cateos en las entradas de los colegios, los directores, profesores y padres de familias se asombrarán de las cosas que allí encontrarán.
En años anteriores, inclusive, han resultado muertos jóvenes que tenían un futuro promisorio por delante, una vida que disfrutar y vivir. Muchas familias han visto truncados sus sueños y han vivido en carne propia estos sufrimientos, los cuales nunca quisieran que se volvieran a repetir.
Por otro lado, el respeto a los profesores se ha perdido, pareciera que en los planteles educativos se vive una anarquía total donde el joven hace y dice lo que mejor le parezca.
Pero, ¿En quién recae la responsabilidad de evitar estos hechos?.
Muchas veces los padres de familia en vez de corregir estas anomalías en su hogar, apadrinan estas acciones, no es la primera vez que un acudiente se presenta a un salón de clases disgustado porque el profesor le llamó la atención a su hijo o lo castigó por algo que éste hizo, sin conocer en realidad lo que sucedió.
Los profesores ante esta situación muchas veces optan por no hacer nada y dejan las cosas como están, amparados bajo esta premisa estos delincuentes con uniformes se dedican a realizar sus fechorías dentro y fuera del plantel, seguros de que no serán castigados.
El Ministerio de Educación no sanciona a estos estudiantes en forma ejemplar, debido a la presión ejercida por los padres de familia quienes defenderán a capa y espada a sus hijos, reduciendo las medidas disciplinarias a simples amonestaciones y por otro lado la policía no puede aplicar la ley adecuadamente por ser éstos menores de edad. ¿Entonces qué hacemos?
Como vemos este es un mal endémico que está acabando con la juventud de nuestro país, hay que hacer algo y pronto, no es posible cruzarse de brazos y ver cómo se destruye este potencial humano, sobre todo ahora que Panamá asumirá el control del Canal.
Es necesario acabar con estas pandillas estudiantiles dentro de los centros educativos y todo aquél que pertenezca a una de estas bandas debe ser sancionado rigurosamente y en el último de los casos expulsado definitivamente. Los planteles deben hacer cumplir sus reglamentos y normas al pie de la letra.
El Ministerio de Educación debe exigir a las escuelas secundarias y a los colegios del país, la utilización correcta de los uniformes escolares dentro y fuera de estos centros.
Se debe crear una junta interdisciplinaria compuesta por padres de familia, educadores, autoridades civiles y representantes estudiantiles, que determinen de forma imparcial a qué sanción se hacen acreedores estos infractores.
Si se toman ahora los correctivos del caso y las autoridades hacen cumplir plenamente las leyes y reglamentos como debe ser, se logrará cambiar esa actitud negativa que tiene nuestra juventud al borde del descalabro total y se podrá forjar entonces un mejor futuro para Panamá.

101 años de Panamá América

 
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