¿Hacia dónde va Perú?
Los expertos de afuera, - porque los peruanos de adentro, no tienen idea -, insisten en que se desarrolla una agria lucha por el poder entre Montesinos y Fujimori. Otros lo niegan y opinan que ambos continúan coordinándose, haciendo un teatro de disputa, - el clásico "agárrenme que le pego" -, para que el presidente gane alguna suerte de apoyo político interno y externo, que le permita hacer algunos cambios cosméticos antes de las elecciones pactadas con la Organización de Estados Americanos (OEA) el 8 de abril del año próximo.
La última posibilidad toma fuerza, por más lejos que lleguen los actores del actual sainete. Ninguna otra razón debió haber movido a Montesinos a meterse en la boca del lobo, de la que supuestamente había escapado. Conocedores periodistas peruanos de adentro dicen que en ningún lugar del planeta el siniestro personaje estará más seguro. Pero les hace falta una pieza que no atinan a acomodar en el rompecabezas: ¿A qué regresó Montesinos?
En privado hemos contestado a los colegas peruanos, que los jefes de arriba y los dependientes de abajo, enquistados todavía en las fuerzas armadas y en el aparato de seguridad, que Fujimori y Montesinos amasaron, no con barro sino con lodo, los requirieron para un último trabajo. ¿Qué fue a hacer Montesinos?
Ante las inmensas olas que amenazaban con barrerlo todo sin dejar un alma, salvo a Sendero Luminoso y el Tupac Amaru, rearmándose acelerados y recomponiendo sus maltrechos cuadros, se imponía erigir un poderoso rompeolas que moderara la furia de las aguas. Un ejército desarticulado crearía un vacío de poder que sería llenado por una alianza guerrillera peruano-colombiana y por narcotraficantes ávidos por diversificar sus suministros demasiado concentrados en el vórtice de la tormenta, Colombia.
La presencia de Montesinos en Perú tiene el doble propósito de fortalecer, a costa de aquel, a Fujimori y buscar una salida a los militares involucrados en lo peor de la lucha contra las guerrillas. El primero de tales objetivos está ya en proceso, mientras el segundo aguarda mejor momento. Los cambios en los altos mandos militares y el esfuerzo publicitado del mandatario en perseguir a su antiguo compinche, se mueven también en el primer escenario.
Perú marcha pues hacia la democracia pero a frenazos, en procura de un aterrizaje suave, en el que una vez más, Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori, son los principales protagonistas y, tras de ellos, las Fuerzas Armadas, Estados Unidos y la OEA. El pueblo peruano, por el momento, es sólo la marea movida por la luna.
La última posibilidad toma fuerza, por más lejos que lleguen los actores del actual sainete. Ninguna otra razón debió haber movido a Montesinos a meterse en la boca del lobo, de la que supuestamente había escapado. Conocedores periodistas peruanos de adentro dicen que en ningún lugar del planeta el siniestro personaje estará más seguro. Pero les hace falta una pieza que no atinan a acomodar en el rompecabezas: ¿A qué regresó Montesinos?
En privado hemos contestado a los colegas peruanos, que los jefes de arriba y los dependientes de abajo, enquistados todavía en las fuerzas armadas y en el aparato de seguridad, que Fujimori y Montesinos amasaron, no con barro sino con lodo, los requirieron para un último trabajo. ¿Qué fue a hacer Montesinos?
Ante las inmensas olas que amenazaban con barrerlo todo sin dejar un alma, salvo a Sendero Luminoso y el Tupac Amaru, rearmándose acelerados y recomponiendo sus maltrechos cuadros, se imponía erigir un poderoso rompeolas que moderara la furia de las aguas. Un ejército desarticulado crearía un vacío de poder que sería llenado por una alianza guerrillera peruano-colombiana y por narcotraficantes ávidos por diversificar sus suministros demasiado concentrados en el vórtice de la tormenta, Colombia.
La presencia de Montesinos en Perú tiene el doble propósito de fortalecer, a costa de aquel, a Fujimori y buscar una salida a los militares involucrados en lo peor de la lucha contra las guerrillas. El primero de tales objetivos está ya en proceso, mientras el segundo aguarda mejor momento. Los cambios en los altos mandos militares y el esfuerzo publicitado del mandatario en perseguir a su antiguo compinche, se mueven también en el primer escenario.
Perú marcha pues hacia la democracia pero a frenazos, en procura de un aterrizaje suave, en el que una vez más, Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori, son los principales protagonistas y, tras de ellos, las Fuerzas Armadas, Estados Unidos y la OEA. El pueblo peruano, por el momento, es sólo la marea movida por la luna.