Hacia el desembargo de Cuba
Tras el retorno del niño Elián González y su familia a Cuba, comentamos que dos de los efectos de la fallida cruzada emprendida por los radicales del exilio cubano de Miami serían la merma de su enorme influencia en el Ejecutivo y Congreso norteamericano y el progresivo cese del embargo de cuarenta años que sufre la isla.
No había Elián vuelto a pisar su país cuando el Congreso aprobó por amplia mayoría levantar la prohibición de venta de medicinas y alimentos a Cuba, con la condición de que se hiciera al contado y los comerciantes norteamericanos no aprovecharan la apertura para hacer turismo en la isla. Cuba recibe más de dos millones de turistas al año, en un auge sin precedentes, que ha convertido el rubro en puntal de su economía.
Dos semanas después, el Congreso acaba de adoptar dos nuevas iniciativas, una de la Cámara de Representantes, prohibiendo la destinación de fondos federales para vigilar la efectividad del embargo. En otras palabras, no habrá dinero ni gente pagada del gobierno para ver si se viola o no el embargo, lo que equivale a hacerse de la vista gorda o a dar la espalda mientras se burla la medida.
El resultado es fácilmente predecible. Miles de turistas norteamericanos visitan hoy Cuba, pese a la prohibición, dado que sus autoridades de migración no son nada severos en la aplicación de sanciones a sus nacionales, como sí a los extranjeros que arriesgan la pérdida de su visado. Esa situación se multiplicará por mil en turismo y comercio, tan pronto se haga efectiva la iniciativa de la Cámara.
El otro proyecto, aprobado por el Senado por 79 votos a favor y 13 en contra, busca autorizar las ventas de alimentos y medicinas a Cuba, sin ninguna restricción, esto es que podrán darse ventas a crédito y los ejecutivos comerciales que viajen a la isla podrán visitar las añoradas playas y rincones recorridos por Hemingway. Obviamente, los dos proyectos requieren todavía de tramitación. Ambas cámaras del Congreso tendrán que armonizar de consenso sus respectivos proyectos que buscan lo mismo por distinto camino: terminar con el embargo cuanto antes, más por la presión de los productores locales que por madurez o altruismo.
Por otra parte, todavía se encuentra en Cuba una delegación de expertos norteamericanos de la Comisión de Comercio Internacional, una agencia oficial independiente adjunta al gobierno de Estados Unidos, a la cual se le ha encomendado investigar sobre el terreno los efectos del embargo en el pueblo cubano. La delegación recibió el inmediato beneplácito del gobierno de la isla empeñado en probar que la medida daña a la gente común y en nada afecta a su régimen. Aquí hemos dicho que, incluso, lo fortalece, en la medida que le sirve de excusa para ocultar sus desatinos y ampararse tras el sano nacionalismo de su pueblo.
De más está comentar que la citada comisión no va a pasear a Cuba, ni es ocioso su trabajo. Indudablemente ella es parte de un plan bien elaborado para justificar ante el Congreso y el Ejecutivo de Estados Unidos el suavizamiento y posterior cese definitivo del embargo a Cuba.
No había Elián vuelto a pisar su país cuando el Congreso aprobó por amplia mayoría levantar la prohibición de venta de medicinas y alimentos a Cuba, con la condición de que se hiciera al contado y los comerciantes norteamericanos no aprovecharan la apertura para hacer turismo en la isla. Cuba recibe más de dos millones de turistas al año, en un auge sin precedentes, que ha convertido el rubro en puntal de su economía.
Dos semanas después, el Congreso acaba de adoptar dos nuevas iniciativas, una de la Cámara de Representantes, prohibiendo la destinación de fondos federales para vigilar la efectividad del embargo. En otras palabras, no habrá dinero ni gente pagada del gobierno para ver si se viola o no el embargo, lo que equivale a hacerse de la vista gorda o a dar la espalda mientras se burla la medida.
El resultado es fácilmente predecible. Miles de turistas norteamericanos visitan hoy Cuba, pese a la prohibición, dado que sus autoridades de migración no son nada severos en la aplicación de sanciones a sus nacionales, como sí a los extranjeros que arriesgan la pérdida de su visado. Esa situación se multiplicará por mil en turismo y comercio, tan pronto se haga efectiva la iniciativa de la Cámara.
El otro proyecto, aprobado por el Senado por 79 votos a favor y 13 en contra, busca autorizar las ventas de alimentos y medicinas a Cuba, sin ninguna restricción, esto es que podrán darse ventas a crédito y los ejecutivos comerciales que viajen a la isla podrán visitar las añoradas playas y rincones recorridos por Hemingway. Obviamente, los dos proyectos requieren todavía de tramitación. Ambas cámaras del Congreso tendrán que armonizar de consenso sus respectivos proyectos que buscan lo mismo por distinto camino: terminar con el embargo cuanto antes, más por la presión de los productores locales que por madurez o altruismo.
Por otra parte, todavía se encuentra en Cuba una delegación de expertos norteamericanos de la Comisión de Comercio Internacional, una agencia oficial independiente adjunta al gobierno de Estados Unidos, a la cual se le ha encomendado investigar sobre el terreno los efectos del embargo en el pueblo cubano. La delegación recibió el inmediato beneplácito del gobierno de la isla empeñado en probar que la medida daña a la gente común y en nada afecta a su régimen. Aquí hemos dicho que, incluso, lo fortalece, en la medida que le sirve de excusa para ocultar sus desatinos y ampararse tras el sano nacionalismo de su pueblo.
De más está comentar que la citada comisión no va a pasear a Cuba, ni es ocioso su trabajo. Indudablemente ella es parte de un plan bien elaborado para justificar ante el Congreso y el Ejecutivo de Estados Unidos el suavizamiento y posterior cese definitivo del embargo a Cuba.