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¡Hacia un entendimiento nacional ahora!


Hace aproximadamente veinte años, preocupado de que el gobierno militar parecía prolongarse indefinidamente, después de los nuevos Tratados del Canal y antes de la muerte del general Torrijos, tuve a bien formular un llamado a la Unidad Nacional.
A pesar del despliegue ofrecido entonces a esa iniciativa por la prensa nacional, la reacción del PRD pudo resumirse así: "Si nosotros controlamos el Estado, ¿por qué compartir el gobierno?" A su vez, la oposición estaba convencida de que, en una elección libre, ella obtendría un triunfo tan arrollador que, ¿para qué dividir en cuotas el gobierno con quienes lo habían ejercido apoyados desde el principio en la fuerza de las armas?
Mucho he reflexionado después si nos hubiésemos ahorrado el endurecimiento del gobierno militar bajo el general Noriega y la invasión norteamericana de fines de 1989. ¿Hubiese sido acaso mucho sacrificio para los seguidores de los partidos mayoritarios el planteamiento básico de hacer una pausa (de entonces cuatro años), para gobernar el país con los mejores elementos que definitivamente existen en las diferentes tendencias partidistas y los elementos independientes con demostrada preocupación patriótica?
En la hora que hoy vive la República, la reacción de muchos políticos activos podría ser exactamente la misma, no obstante el llamado altruista formulado por la presidenta Mireya Moscoso el mismo día de su triunfo electoral y antes de conocerse como quedaría integrada la Asamblea Nacional... sólo que invertida la ecuación gobierno-oposición. De hecho, la anterior cúpula del partido entonces en el gobierno se precipitó a rechazar de inmediato lo que debía presumirse como una oferta generosa.
Perdonen los lectores amigos, pero quisiera pensar que tan sólo aquel planteamiento de entonces, al igual que mis libros publicados en el exilio, me conceden autoridad para insistir sobre el particular en esta nueva coyuntura histórica. Me refiero al final del siglo, con la entrega del Canal y al inicio de la nueva centuria, con el centenario de nuestra separación de Colombia, a la cual nos habíamos unido voluntariamente tras el ideal de la Gran Colombia, cuyo presidente era un venezolano, Simón Bolívar.
¿Habrá llegado la hora de que recordemos la recomendación de Séneca a los romanos de hacer un alto cuando los invadiese el odio entre hermanos... y simplemente no hacer nada en tal sentido, ni siquiera moverse y menos hablar? ¿O podemos olvidar acaso aquella respuesta bíblica atribuida al Jesús histórico, cuando se le pregunta cuántas veces deberíamos perdonar a quienes nos ofenden y pecan contra nosotros? ¿Tal vez siete veces?- No, fue la respuesta categórica. ¡Hasta setenta veces siete!
En el presente nos encontramos frente a encuestas recientes en varios países de Iberoamérica que confirman que la mitad de la población no cree en la democracia, como si ésta fuese tan sólo el producto de la propaganda desarrollada por los Estados Unidos del Norte (versus los des-unidos del Sur) hábilmente desplegada y utilizada durante lo que algunos han denominado la Centuria Norteamericana.
De modo, pues, que no están solos quienes afirman que únicamente podemos avanzar en disciplina hacia el futuro promisorio, a base de gobiernos de mano fuerte. Mano fuerte sí, de hierro y paternalista, pero ojalá benévola.
Ello casi siempre ha equivalido, durante nuestros ya casi 200 años de vida eufemísticamente considerada independiente, a gobiernos militares, que hasta consideran su deber cívico controlar directamente las instituciones del poder público. Incluso, para muchos, lo más importante no es si se trata de gobiernos de izquierda o de derecha, pues lo fundamental es que la única manera como podemos avanzar es mediante un orden de arriba hacia abajo, que mantenga a raya la corrupción de los civiles y ponga a la ciudadanía a marchar literalmente.
A la definición que nos ofreciera Abraham Lincoln en Gettysburg, parece que muchos de nuestros activistas de extrema izquierda han querido corregirle la plana, prefiriendo el lema de "Todo por el Pueblo", pero sin el pueblo. Entonces, como corolario, bien cabe aquello de ¿elecciones para qué?
Tal pareciera como si muchos de nuestros conciudadanos, decepcionados con las ejecutorias de tantos políticos civiles, prefieren dar un cheque en blanco a los militares para que estos enderecen la nave del Estado, aún cuando sea a punta de bayoneta.
Otras veces, nos encontramos un sentimiento generalizado de que nuestros gobernantes lo hacen tan mal, porque son meros instrumentos de presiones de los intereses representados por políticos norteamericanos. Tal odio acumulado conduce a una actitud revanchista de venganza contra los yanquis y sus supuestos ciegos instrumentos de México hasta Argentina.
No solamente no creemos mucho en la democracia, sino que tampoco creemos en el Panamericanismo. Ese pan que se comen los gringos, según el decir de Haya de la Torre en su primera época del Aprismo peruano.
¿No será posible un día parodiar al presidente Kennedy en su exhortación: "No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por él".
Y mientras semejante debate se prolonga hacia un nuevo siglo, estimo otra vez llegado el momento para que extendamos nuestra mano amiga de y hacia todos los panameños de buena fe, de cara a una abarcadora agenda de beneficio para todos.
Seguros de nuestro amor a la Patria, y luego de la experiencia nacional recientemente vivida, podemos y debemos posponer por un tiempo limitado, quizás ahora de diez años, nuestras diferencias en materia partidista grande o pequeña. Proyectemos hacia el futuro una República de respeto, tolerancia y entendimiento, que podamos dejar con orgullo y responsabilidad a las generaciones que hoy apenas se inician...con pureza y esperanza.

101 años de Panamá América

 
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