¡Hacia un gobierno moral!
Así como no hay moral pública sin moral privada, de la misma manera puede afirmarse que nada compromete más la moral de los de abajo que el mal ejemplo que les ofrecen los de arriba. Cuando el hombre y la mujer del pueblo observan que quienes se hallan en las posiciones más expectables faltan al cumplimiento de sus deberes, exhiben una conducta deshonesta y muestran un ávido afán de ventajas personales, disimulado todo bajo retóricas invocaciones a la libertad, la honradez y el patriotismo, caen en un descreimiento que los torna fáciles presas de los mendaces prometedores de utópicos paraísos.
La responsabilidad primera y mayor corresponde al hombre de gobierno, que está obligado, como ningún otro, a regir los actos de su vida oficial y privada con arreglo a los principios que en todo lugar y en todo tiempo y circunstancia definen una conducta intachables. Entre sus virtudes cardinales se hallan la probidad más celosa y la austeridad más acrisolada. Probidad consistente no solo en el escrupuloso manejo de los caudales del fisco y en el acatamiento estricto de la ley, sino permanecer al margen de todo aquello que pueda llevarlo a utilizar la influencia de su cargo en provecho de sus intereses personales. Austeridad para no comprometer el decoro de su investidura con exhibicionistas equívocos, ni adquirir compromisos, así sean de los simples vínculos familiares y amistosos, capaces de apartarlo del recto cumplimiento de sus obligaciones.
También ha de mostrarse legal el gobernante con los principios de la moral en el manejo de las relaciones exteriores, a fin de que la convivencia de las naciones sea una convivencia honorable, de gente de bien y no de aventureros, en la que los derechos de los pueblos se respeten y los tratados contraídos con otros gobiernos en beneficio de la paz no sean un simple papel y merezcan un absoluto acatamiento. Y sería baladí agregar que debe ser en su trato y manera de conducirse espejo de buena educación y modales urbanos, si no tuviese fresco en la memoria de los Estados el episodio de que fue actor el primer ministro de la Unión Soviética, cuando en una lejana asamblea de las Naciones Unidas, en Nueva York, se despojó de uno de sus zapatos y golpeó con él, airadamente, su pupitre, en manifestación de repudio hacia lo que expresaba en esos momentos un orador.
Lo que aquí decimos debe hacerse extensivo a todos los grados de la función pública, especialmente a los diputados, jueces y magistrados, que por razón de su alto ministerio han de ofrecer, en su despacho y fuera de él, un modelo de comportamiento a través del cual la majestad de la patria y la justicia no sea una mera frase sino una viviente realidad.