Hacia un modelo cooperativo agropecuario
La experiencia cooperativa en el plano agropecuario no ha sido positiva. Los malos manejos terminaron siempre amedrentando a los productores, que en adelante se vieron en la necesidad de trabajar cada uno por su lado, individualmente, sin saber que con ello se condenaban a serias limitaciones y duplicidad de costos y recursos.
Muchas empezaron y siguieron bien durante algún tiempo, hasta que, más tarde o más temprano, sobrevenía el golpe traicionero de quien menos se esperaba. El resultado siempre fue el mismo, los fondos cooperativos desaparecidos, deudas impagables y los responsables libres, gozando de los dineros ajenos. Claro, aquí no se pone preso a nadie. Nada valió para evitarlo: ni firmas dobles, ni tres de cuatro, ni dos de diez, nada. Los auditores externos tampoco, los internos menos; la intervención del MIDA y Contraloría, un fiasco. En fin, un desastre. La conclusión lógica fue elemental: Entre tanta gente deshonesta, que parece que fueran todos a los que se les pone dinero ajeno por delante, el modelo cooperativo es un fracaso. Pero no es tan fácil descartarlo.
En Nueva Zelanda, potencia ganadera mundial, el éxito ha ido de la mano de un impecable modelo cooperativo que todo lo controla. Las confederaciones de productores se encargan de importar insumos y maquinarias, venderlos ventajosamente a sus afiliados, conceder préstamos con prenda de cosecha, administrar silos y depósitos, contratar técnicos, manejar el transporte de productos, empacarlos, comercializarlos, exportarlos, cobrar y repartir sus jugosos beneficios entre sus socios.
No hay razón para que no pueda funcionar el mismo modelo en Panamá. Así por ejemplo, los ganaderos de Azuero, asociados en cooperativas, podrían comprar una o más máquinas de empacar pasto y abastecerse para la sequía. Individualmente no pueden hacerlo porque son pequeños y medianos productores que no pueden pagar B/.30 mil por una máquina. Pero juntos sí pueden. Mas como no lo hacen, se ven forzados a pagar un alto costo de alquiler por uso, si es que está disponible, que casi nunca es el caso. Igual con tractores y aperos.
El modelo pues existe, funciona y es conveniente, por no decir imperativo, por razones de competitividad y eficiencia frente a una globalización inevitable. Es, si se quiere, cuestión de asociarse o perecer, porque nuestros competidores lo han hecho y están listos para arrollarnos con su marea de productos tan pronto se levanten inevitablemente las barreras. Y en ese proceso, el gobierno debe asumir su responsabilidad de crear un modelo funcional, de acuerdo a la experiencia local, extenderlo y supervisarlo por toda la geografía nacional. No hacerlo es condenar a nuestro agro al fracaso.
Muchas empezaron y siguieron bien durante algún tiempo, hasta que, más tarde o más temprano, sobrevenía el golpe traicionero de quien menos se esperaba. El resultado siempre fue el mismo, los fondos cooperativos desaparecidos, deudas impagables y los responsables libres, gozando de los dineros ajenos. Claro, aquí no se pone preso a nadie. Nada valió para evitarlo: ni firmas dobles, ni tres de cuatro, ni dos de diez, nada. Los auditores externos tampoco, los internos menos; la intervención del MIDA y Contraloría, un fiasco. En fin, un desastre. La conclusión lógica fue elemental: Entre tanta gente deshonesta, que parece que fueran todos a los que se les pone dinero ajeno por delante, el modelo cooperativo es un fracaso. Pero no es tan fácil descartarlo.
En Nueva Zelanda, potencia ganadera mundial, el éxito ha ido de la mano de un impecable modelo cooperativo que todo lo controla. Las confederaciones de productores se encargan de importar insumos y maquinarias, venderlos ventajosamente a sus afiliados, conceder préstamos con prenda de cosecha, administrar silos y depósitos, contratar técnicos, manejar el transporte de productos, empacarlos, comercializarlos, exportarlos, cobrar y repartir sus jugosos beneficios entre sus socios.
No hay razón para que no pueda funcionar el mismo modelo en Panamá. Así por ejemplo, los ganaderos de Azuero, asociados en cooperativas, podrían comprar una o más máquinas de empacar pasto y abastecerse para la sequía. Individualmente no pueden hacerlo porque son pequeños y medianos productores que no pueden pagar B/.30 mil por una máquina. Pero juntos sí pueden. Mas como no lo hacen, se ven forzados a pagar un alto costo de alquiler por uso, si es que está disponible, que casi nunca es el caso. Igual con tractores y aperos.
El modelo pues existe, funciona y es conveniente, por no decir imperativo, por razones de competitividad y eficiencia frente a una globalización inevitable. Es, si se quiere, cuestión de asociarse o perecer, porque nuestros competidores lo han hecho y están listos para arrollarnos con su marea de productos tan pronto se levanten inevitablemente las barreras. Y en ese proceso, el gobierno debe asumir su responsabilidad de crear un modelo funcional, de acuerdo a la experiencia local, extenderlo y supervisarlo por toda la geografía nacional. No hacerlo es condenar a nuestro agro al fracaso.