Hacia una constituyente
Además, si se examina cuidadosamente la experiencia continental de este tipo de experimento en los últimos años, recordaremos los casos de Brasil, Colombia y Venezuela. Todas fueron un desastre, que terminó en un mosaico incoherente de buenas intenciones. En su empeño por plasmar en un mismo documento la diversidad de puntos de vista del conglomerado social, se perdió la ocasión de lograr un todo armónico, el trazado de una línea media que guiara a la nación en los próximos siglos.
Por lo común pues, todas las constituciones contemporáneas en América Latina tienen por denominador común el procurar solucionar con su texto toda la carga de problemas sociales, políticos y económicos de su entorno, quedando reducidas a rígidas ilusiones de un mundo imposible.
Hay sin embargo constituciones que dan envidia, no tanto por lo bien redactadas, como por la magia de captar la esencia del alma de un pueblo en unas pocas líneas, dejando los detalles al tiempo. Una de ellas es la de Estados Unidos de 1787 con más de 200 años de incólume existencia. Ha sido reformada una veintena de veces, es cierto, pero son tan pocas, que el común de sus ciudadanos las memorizan, identificándolas con su número. De niños aprenden que la primera enmienda garantiza la libertad de expresión y de prensa al extremo que el Congreso tiene prohibido legislar sobre ella; la quinta dice que nadie puede ser forzado a incriminarse, y así otras que recitan de memoria, como tablas de multiplicar.
Los estadounidenses llevan su constitución, más que en su mente, en su espíritu. Y la visita de sus escolares, en obligado y sobrecogedor peregrinaje al "mall" de imponentes monumentos de Washington D.C. levantados en homenaje a los forjadores de su país, no hace sino comprometerlos en el respeto y defensa absoluta de sus instituciones.
Por eso es que, tomando en cuenta nuestra realidad de total inmadurez política, es que seguimos teniendo serias reservas a una constituyente, inclinándonos más bien por la alternativa menos traumática de una reforma, aunque aceptemos que sería agregar unos parches más a esa colcha de retazos que nos legó la dictadura militar en 1972, cuya naturaleza autoritaria y centralizada persiste pese a la vasta reforma de 1987.
La tentación por querer resolver nuestras carencias con una constituyente conlleva así más riesgos que beneficios. Dudamos por ende que estén dadas aun las condiciones extremas necesarias para convocar al poder originario, que es el pueblo soberano. La ocasión la tuvimos tras la invasión norteamericana y la caída del régimen militar en diciembre de 1989. Pero pasó y no lo hicimos, prefiriendo seguir con la misma carta fundamental. El problema no es tanto las leyes y la Constitución, somos los hombres y mujeres que conformamos esta patria.
Por lo común pues, todas las constituciones contemporáneas en América Latina tienen por denominador común el procurar solucionar con su texto toda la carga de problemas sociales, políticos y económicos de su entorno, quedando reducidas a rígidas ilusiones de un mundo imposible.
Hay sin embargo constituciones que dan envidia, no tanto por lo bien redactadas, como por la magia de captar la esencia del alma de un pueblo en unas pocas líneas, dejando los detalles al tiempo. Una de ellas es la de Estados Unidos de 1787 con más de 200 años de incólume existencia. Ha sido reformada una veintena de veces, es cierto, pero son tan pocas, que el común de sus ciudadanos las memorizan, identificándolas con su número. De niños aprenden que la primera enmienda garantiza la libertad de expresión y de prensa al extremo que el Congreso tiene prohibido legislar sobre ella; la quinta dice que nadie puede ser forzado a incriminarse, y así otras que recitan de memoria, como tablas de multiplicar.
Los estadounidenses llevan su constitución, más que en su mente, en su espíritu. Y la visita de sus escolares, en obligado y sobrecogedor peregrinaje al "mall" de imponentes monumentos de Washington D.C. levantados en homenaje a los forjadores de su país, no hace sino comprometerlos en el respeto y defensa absoluta de sus instituciones.
Por eso es que, tomando en cuenta nuestra realidad de total inmadurez política, es que seguimos teniendo serias reservas a una constituyente, inclinándonos más bien por la alternativa menos traumática de una reforma, aunque aceptemos que sería agregar unos parches más a esa colcha de retazos que nos legó la dictadura militar en 1972, cuya naturaleza autoritaria y centralizada persiste pese a la vasta reforma de 1987.
La tentación por querer resolver nuestras carencias con una constituyente conlleva así más riesgos que beneficios. Dudamos por ende que estén dadas aun las condiciones extremas necesarias para convocar al poder originario, que es el pueblo soberano. La ocasión la tuvimos tras la invasión norteamericana y la caída del régimen militar en diciembre de 1989. Pero pasó y no lo hicimos, prefiriendo seguir con la misma carta fundamental. El problema no es tanto las leyes y la Constitución, somos los hombres y mujeres que conformamos esta patria.