Haití: ¿Habrá luz al final del túnel?
¿Es posible que el largo calvario del noble pueblo haitiano se le abra, al menos, la puerta de la esperanza? En estos momentos, parece que hay posibilidades, pero son tantos los imponderables que cualquier apuesta sobre la crisis casi crónica que vive ese país transita por el camino de las mayores incertidumbres.
La República de Haití está entre las naciones más pobres del mundo y para que pueda abandonar esa indecorosa posición harán falta mucho más que las tradicionales manifestaciones de solidaridad y que concurra una serie de factores, todos necesarios.
Aunque suene literario, una de las primeras condiciones para que el calvario haitiano comience a merecer atención constructiva es que la América Latina lo sienta y suma como suyo. Debemos reconocer que muy poco hemos hecho para demostrarle a ese pueblo que lo consideramos como nuestro hermano.
El 7 de febrero, nuevamente asumirá la presidencia Jean Bertrand Aristide, el carismático líder sin cuya participación, por lo menos en los tiempos presentes, es imposible cualquier concertación política que ayude a enrumbar el país por la senda de la recuperación.
Después de un accidentado proceso de repetidas elecciones que provocaron rechazo y duras críticas de la comunidad internacional, el ex sacerdote convertido en político vuelve a desempeñar el cargo de presidente contando, además, con el apoyo del Organo Legislativo. Es casi seguro que a los actos de su instalación concurrirán muy pocas representaciones de alto nivel, pero ello no cambiará el hecho de que, a partir de hoy, él será el detentador del poder político legal, que sumará a su indiscutible ascendencia sobre los sectores más pobres de la nación.
Gobernar una nación de las condiciones en que se encuentra la República de Haití e iniciar con posibilidades de éxito la disminución de su dramático niveles de pobreza requerirá de un liderazgo aceptado interna y externamente, pero, además, de montos extraordinarios de ayuda internacional que si llega tarde o atada a condiciones muy rígidas sería de poca utilidad.
Es previsible que la oposición interna y externa al presidente Aristide continuará tratando de levantar rechazo a su gestión, pero dependerá de éste, principalmente, que encuentren eco. Si las acciones que emprenda desde la presidencia convencen a la comunidad internacional de que sus intenciones son las de gobernar en forma democrática, sus posibilidades de recibir ayuda externa y vencer la resistencia de sus opositores serán mayores.
Por su parte, la comunidad internacional, en la circunstancias presentes tendrá que darle al presidente Aristide un mínimo espacio de maniobra y ayuda básica para que pueda, a corto plazo, presentar soluciones a un pueblo que parece haber llegado al borde del abismo.
Cómo establecer el equilibrio entre las garantías que debe dar el nuevo gobierno para inspirar confianza en su gestión y el papel que debe jugar la comunidad internacional, para propiciar resultados rápidos, pero, a la vez asegurarse de que se producen las condiciones hacia la consolidación democrática, es el dilema que veremos desarrollarse en los próximos meses.
La República de Haití está entre las naciones más pobres del mundo y para que pueda abandonar esa indecorosa posición harán falta mucho más que las tradicionales manifestaciones de solidaridad y que concurra una serie de factores, todos necesarios.
Aunque suene literario, una de las primeras condiciones para que el calvario haitiano comience a merecer atención constructiva es que la América Latina lo sienta y suma como suyo. Debemos reconocer que muy poco hemos hecho para demostrarle a ese pueblo que lo consideramos como nuestro hermano.
El 7 de febrero, nuevamente asumirá la presidencia Jean Bertrand Aristide, el carismático líder sin cuya participación, por lo menos en los tiempos presentes, es imposible cualquier concertación política que ayude a enrumbar el país por la senda de la recuperación.
Después de un accidentado proceso de repetidas elecciones que provocaron rechazo y duras críticas de la comunidad internacional, el ex sacerdote convertido en político vuelve a desempeñar el cargo de presidente contando, además, con el apoyo del Organo Legislativo. Es casi seguro que a los actos de su instalación concurrirán muy pocas representaciones de alto nivel, pero ello no cambiará el hecho de que, a partir de hoy, él será el detentador del poder político legal, que sumará a su indiscutible ascendencia sobre los sectores más pobres de la nación.
Gobernar una nación de las condiciones en que se encuentra la República de Haití e iniciar con posibilidades de éxito la disminución de su dramático niveles de pobreza requerirá de un liderazgo aceptado interna y externamente, pero, además, de montos extraordinarios de ayuda internacional que si llega tarde o atada a condiciones muy rígidas sería de poca utilidad.
Es previsible que la oposición interna y externa al presidente Aristide continuará tratando de levantar rechazo a su gestión, pero dependerá de éste, principalmente, que encuentren eco. Si las acciones que emprenda desde la presidencia convencen a la comunidad internacional de que sus intenciones son las de gobernar en forma democrática, sus posibilidades de recibir ayuda externa y vencer la resistencia de sus opositores serán mayores.
Por su parte, la comunidad internacional, en la circunstancias presentes tendrá que darle al presidente Aristide un mínimo espacio de maniobra y ayuda básica para que pueda, a corto plazo, presentar soluciones a un pueblo que parece haber llegado al borde del abismo.
Cómo establecer el equilibrio entre las garantías que debe dar el nuevo gobierno para inspirar confianza en su gestión y el papel que debe jugar la comunidad internacional, para propiciar resultados rápidos, pero, a la vez asegurarse de que se producen las condiciones hacia la consolidación democrática, es el dilema que veremos desarrollarse en los próximos meses.