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Haití llora, el mundo lo consuela


Ubicado en la parte occidental de la Isla Española, y con una población de alrededor de los 10 millones de habitantes, Haití es uno de los países con la renta per cápita más baja de todo el hemisferio occidental, es decir, que puede considerarse el Estado más pobre de toda América. Los indicadores sociales y económicos lo colocan en puestos descendentes detrás de otras naciones en vías de desarrollo y de bajos ingresos desde los años 80.

El 95% de los haitianos son principalmente de ascendencia africana, y el restante 5% está compuesto por blancos y mestizos. La esperanza de vida es de 57 años. El promedio de hijos por mujer es de 4,86 (el promedio más alto del continente americano). Tan sólo el 52,9% de la población está alfabetizada. En cuanto a salud, incluso antes del terremoto del 12 de enero de 2010, casi la mitad de las causas de muerte eran atribuidas al VIH/SIDA, infecciones respiratorias, meningitis y enfermedades de diarrea, incluyendo el cólera y la tifoidea.

Dentro de este deprimente escenario, la naturaleza se ensañó contra este pueblo el último 12 de enero, con una magnitud de 7.0; dejando incontables cifras de muertes, destrucción, imágenes dantescas y apocalípticas, literalmente indescriptibles, solo elocuentes con las  descripciones gráficas televisadas a la que tenemos acceso, casi bajo escombros es lo que se visualiza de aquel país.

Pero dentro de toda desgracia hay un halo de aprendizaje, el mundo se ha solidarizado con Haití, los grandes líderes han depuesto sus diferencias para hacerle frente a la situación y acudir en ayuda del hermano país. Los hechos son aleccionadores, médicos, rescatistas, enfermeras, policías, personal de rescate, sin importar sus diferencias, están trabajando juntos para mitigar el dolor del pueblo caído, se abrió un paréntesis en el convulsionado mundo de hoy y todos miran hacia el hermano pueblo, dispuestos a ayudar, quedando las diferencias ideológicas o políticas en segundo lugar.

Este mismo resultado, cuando es producto de las guerras, se puede evitar. Algún día entenderemos que los desastres naturales son inevitables, pero estos mismos resultados, producto de las desgracias y empobrecimiento, provocados por el hombre, se pueden impedir, algo bueno podemos aprender del Haití de hoy, a sobreponerse de las desgracias, y que podemos trabajar todos en comunión por un mundo mejor y sin diferencias.

*El autor es Tercer Secretario de Carrera Diplomática y Consular.

101 años de Panamá América

 
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