Haití: una prueba de fuego
AIPE- Veo las imágenes de Haití y me estremezco. Por el horror de lo que vive y el espanto de lo que puede venir: epidemias, hambrunas, ley de la selva y el machete.
Visité hace 25 años este alucinante y sufrido país y aún recuerdo el particular olor de pobreza que sentí el primer día en Puerto Príncipe. Nunca lo había percibido de esa manera, casi como un aroma incrustado en la atmósfera de una nación que parecía atrapada entre la magia y la maldición.
Conocer la primera república negra independiente del mundo, que expulsó a los amos blancos tras una insurrección nacida de ceremonias de vudú; recorrer el campo deforestado de la otrora más rica de las colonias americanas y hoy el país más pobre de los pobres de Occidente; escuchar sus historias de lucha y opresión bajo las dictaduras de Papa Doc y Nene Doc, fue una experiencia tan estimulante como triste.
Recuerdos que me fluyen ante la tragedia que le ha caído encima a un país ya colapsado. ¿Por qué un terremoto tan devastador tenía que golpear de esa manera al más frágil de los pueblos? La Naturaleza a veces parece deliberadamente cruel en la forma como manda sus mensajes. Pero no es culpa suya sino de la pobreza. En 1989 hubo un terremoto de la misma escala de 7.0 en zona urbana de California y los muertos no llegaron a 70.
El drama de Haití, que no tenía nada y ahora tiene menos, es una prueba de fuego para la capacidad de solidaridad de un mundo globalizado.
Pero la urgente prueba de solidaridad pendiente mal podría convertirse, en nuestro Hemisferio, en una competencia de populismos ideológicos o protagonismos personales. Que ojalá -siempre lo más difícil- llegue a donde toca. Y, por encima de viejas rivalidades, Obamas, Castros, Lulas, Chávez y compañía deben concentrar esfuerzos en darle la mano al vecino devastado. Y no solo durante estos días de desolación y tragedia. Cuando pase el impacto, vendrá el verdadero desafío: la reconstrucción.
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