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Hambre y terrorismo


Definitivamente que el mundo ha cambiado, no sólo por efecto de la globalización económica, política y social sino por la globalización del terrorismo, cuya impronta de carácter ideológico, se adjudicaba específicamente a ciertas latitudes como España; solía ser un asunto de los "etarras", de Israel, Palestina, Medio Oriente, y salvo algunas excepciones, como Colombia (Darién) y Perú, eventualmente EU y Argentina, el continente americano no sabía lo que era vivir con la vida pendiente de un hilo. Lo miraba a lo lejos y desde lejos. Eso ha cambiado y creemos (si no varía y aunque varíe, la estrategia) para siempre.
La violencia sólo engendra violencia, de tal modo que inscribirse en ella es introducirse en una espiral de la que difícilmente se retorna sin grandes costos materiales e inmateriales. Es todo lo que diremos en estos momentos respecto al conflicto mundial. Mucho se ha dicho y se seguirá diciendo, tal vez no lo suficiente, pero dejamos el tema en manos de expertos. La guerra ha estallado y ¡Dios salve al Rey y a la Reina!, pero sobre todo, como dirían los mexicanos, ¡Dios nos coja confesados!, a todos los que poblamos esta tierra.
Hoy quiero referirme a otro tipo de violencia, la que cotidianamente nos rodea y a la cual nos hemos vuelto inmune: la violencia y el terrorismo del hambre a la que es sometida más de la mitad de la población del mundo. El hambre y la miseria pueblan, asolan la tierra, y se ciernen como un fantasma apocalíptico que nuestros mezquinos intereses nos impiden ver, sino recordemos el cónclave de Devos.
En esta ocasión nos valdremos de la casuística para ilustrar la situación que cotidianamente viven millares de panameños(as). Se trata de una familia sostenida por una jubilada de la Dirección Metropolitana de Aseo, de 65 años de edad, que para fines de identificación llamaremos Martina.
Martina tiene pocos meses de haberse jubilado en virtud de que para estos efectos, no satisfacía el requisito mínimo de cuotas, determinado por la ley de la Caja de Seguro Social. Aunque fortachona y orgullosa de su oficio (barría calles), nos trasluce un dejo de tristeza y ansiedad.
Nos conocimos en el Banco General cuando se nos acercó para que le explicáramos algo respecto al cambio de un cheque, que por el valor de $6.00 dólares le había pagado un sujeto a cambio de un trabajo doméstico realizado. Sudorosa caminó una buena distancia hasta el banco, pues "no tenía ni para el pasaje".
¿Por qué ese individuo no le pagó en moneda circulante? A lo mejor no tendría efectivo, pero ¿por qué no lo cambió él o la acercó al banco?, sobre todo, si cuando salimos vimos que la esperaban dos nietecitas de 10 a 4 años de edad, dormida la más chica, en brazos de la otra, que como muchas niñas pobres son madres afectivas a temprana edad. La pequeña sólo portaba una mamadera con agua, como sustituto de la comida y las otras nietas al igual que Martina, sólo habían comido aire. El estado de desnutrición de las dos niñas era obvio y alarmante, lo que me hizo recordar con tristeza aquella frase del apóstol Martí: "Los niños nacieron para ser felices", ¡Mentiras me dije, Martí!. En este siglo, como en muchos otros, sólo algunos niños nacen para ser felices. Eso sin desvirtuar el ideario del poeta, anhelado intensamente en nuestro corazón.
Porque no es cierto que la felicidad radique en la falta de alimentación, vestuario y oportunidades, para un adecuado desarrollo de la vida. Conversando un poco más con Martina nos enteramos de que vive en una comunidad alejada de Pedregal, jefa de una familia integrada por ella, un hijo inválido, producto de un accidente automovilístico (para quien requiere una silla de ruedas) y tres nietas, la mayor de quince años, a cargo de ella porque la madre de las niñas murió de parto en el Hospital Santo Tomás, en pleno siglo 20 y cuyo padre, salvadoreño, se marchó a su país en "búsqueda de zapatos" para la venta. "Nunca más volvió!.
Como podemos apreciar, Martina carga con un fardo que a su edad resulta injusto y oneroso. Una carga que comparten muchos ciudadanas(os) de la Tercera Edad, como constatamos en un estudio que un grupo de estudiantes de la Maestría en Género y Desarrollo realizamos el año pasado; y esta constatación nos pesa en la conciencia, porque resume el carácter y la calidad de nuestra sociedad. Una sociedad donde cada día son más abismales las desigualdades sociales, producto de una alta concentración de la riqueza; que tolera la injusticia social, que por consiguiente no es una sociedad, justa ni democrática.
Esa verdad que en cuanto a leyes proteccionistas de la mujer y la familia hemos avanzado, pero también es cierto, absolutamente cierto, que los mecanismos e infraestructura para reglamentarlas e implementarlas deja mucho que desear, para muestra un botón: la reciente reformulación de la Ley 27 contra la violencia, cuya discusión parlamentaria retrató de cuerpo entero el sistema patriarcal hondamente arraigado en nuestras estructuras sociales. Por decir lo menos, algunas participaciones de los honorables padres de familia resultaron ideológicamente cavernícolas. ¡Qué tristeza! A estas alturas no estoy segura qué tanto apoyo reciban los(as) jueces y fiscales para su cumplimiento. Sólo puedo señalar que en el caso de las pensiones alimenticias, las odiseas y los malabares que tienen que realizar las mujeres, a pesar del Código de la Familia y de los juzgados correspondientes, son tan desgastadores que muchas prefieren someterse al terrorismo del hambre.
En consecuencia, o nos organizamos solidariamente para que la sociedad y nosotros(as) cambiemos, o a la vuelta de pocos años, no muchos, recogeremos niños(as) y ancianos)(as) famélicos(as), si es que no se mueren antes. Es hora de que los Padres de la Patria y los administradores de la Cosa Pública, ejecuten políticas de Bienestar Social, más allá de cumbres y encuentros juveniles de triste recordación. Es hora de que justifiquen los altamente vergonzosos salarios que devengan a costa de la miseria de más de la mitad de la población, porque de lo contrario resultan tan terroristas como los talibanes.

101 años de Panamá América

 
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