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Hambruna de planilla estatal


La ruidosa pataleta con la que reaccionaron los recién designados para el próximo usufructo de la cosa pública una vez se asomaron a la planilla estatal y calcularon, rápidamente, que no podían deshacer y hacer nombramientos a rajatabla, es un síntoma preocupante, aunque para nada inesperado, sobre el verdadero alcance de la plataforma electoral que, en gran medida, le garantizó el triunfo a los candidatos de oposición.

La oferta electoral que encabezó el señor Martinelli voceó, hasta el cansancio, que su gobierno se orientara por los intereses del pueblo y no por los de los partidos que lo apoyaron. La consigna, nada extraña entre el montón de quimeras que se dicen en campañas políticas, sonaba inequívocamente exótica si tomamos en cuenta que era abanicada por banderas de partidos tradicionales que nacieron, crecieron y se desarrollaron manejando al gobierno y sus mil tentáculos con la única premisa de sus intereses particulares. Esas organizaciones, todas de matriz liberal o conservadora, abusaron, con impunidad, de las instituciones públicas; gozaron, con gula, de la planilla que financiamos todos e hicieron de los cargos notorios una extensión de sus negocios o una plataforma para lucirse, sin gracia pero con mucha pena, en el papel de funcionarios.

Ahora, pese a la cantidad de agua que ha pasado bajo el puente, no han cambiado mucho y lo han pensado poco. Todo indica que la pancarta de que los intereses del pueblo serán primeros no sobrepasará el límite de una campaña publicitaria cualquiera: sencilla, penetrante, pero inconfundiblemente ficticia.

Ninguno de los designados ha protestado por el retraso en un programa; nadie se alarmó si tal o cual proyecto no alcanzó sus metas, y nadie tampoco, que se sepa, fue a la TV para borronear sus ideas con medidas concretas y realizables a corto plazo. Se fijaron, con la curiosidad de un prestamista, en la planilla; se les engarrotan los dedos calculando, de día y de noche, cuan grande será el poder del que dispondrán, y se ríen, para adentro, de la gran vida que les espera. Y al gran público nos pedirán la gracia de los famosos cien días.

No dudo que se encuentren errores o malas jugadas en la planilla estatal, pero aún así, esos hallazgos no tendrán la magnitud, el alcance ni justificarán lo que los futuros gobernantes hicieron en el pasado lejano y reciente cuando fueron gobierno.

Lo que nos enseña el período de transición es que los intereses personales y los del partido volarán más alto, mientras en la pista quedarán regados y desempleados humildes hijos del pueblo que fueron, paradoja del destino, los que con su voto abrumador e indiscutido, bendijeron a los firmantes de sus inevitables e inminentes cartas de despido.

101 años de Panamá América

 
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